El rasguño de la Überfrau
Creo que empecé a odiar leer desde que empecé a leer. Es un acto que te separa, para bien o para mal, al menos lo es en México, donde no es normal ni esperado que nadie lea. El hecho me afectó, sobre todo, porque crecí rodeado de hombres de Saturno, hombres de la gran actividad, del físico. Trabajadores, atletas y amantes. Y el hombre más cerca de mí, el árbol-guía, es un hombre de Marte, va hacia la guerra y todo en él es presentar batalla. ¿Quién es Mercurio, dios de los ladrones y de los poetas, al lado de señores de la guerra y de los semidioses de las Olimpiadas? Por eso le desarrollé un rencor secreto a mi tendencia a la lectura, porque me comparaba y porque me comparo todavía. En primaria me gustaba una chica llamada Jully (Juliana), y ella sabía que me gustaba. Nunca me dio por mi lado, pero sí coqueteaba conmigo, y una de sus formas preferidas de hacerlo era maltratar libros enfrente de mí. Agarraba sus libros de texto y los aventaba al aire, doblaba las páginas, las raya...

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