Überfrau
Creo que empecé a odiar leer desde que empecé a leer. Es un acto que te separa, para bien o para mal. El hecho de leer obsesivamente me afectó porque crecí rodeado de hombres de Saturno, hombres de la gran actividad y la grandeza física. Trabajadores, atletas y amantes, todos ellos violentos, fueron desde siempre mis ejemplos. Y el hombre más cerca de mí, el árbol-guía, pertenece a las huestes de Marte, está yendo siempre hacia la guerra y todos sus instintos son batallosos, ofensivos. ¿Quién es Mercurio, dios de los ladrones y de los poetas, al lado de señores de la guerra y de los semidioses de las Olimpiadas? Por eso le desarrollé un rencor secreto a mi tendencia a la lectura, porque me comparaba y porque me comparo todavía con esos hombres, y es menos vistoso, menos hermoso un hombre encorvado, con los ojos metidos entre pliegos de papel, las manos quietas, el cuerpo quieto por entero.
En primaria me gustaba una chica llamada July (Juliana), y ella sabía que me gustaba. Yo sé lo dije, nunca he sabido cómo se es sutil, nunca voy a aprender. Ella nunca me dio por mi lado, pero sí coqueteaba conmigo, y una de sus formas preferidas de hacerlo era maltratar libros enfrente de mí. Agarraba sus libros de texto y los aventaba al aire, doblaba las páginas, las rayaba. En realidad no me provocaba ningún daño que ella dañara los libros (yo mismo los recortaba en mi casa, los de dinosaurios, y mis papás me regañaban por eso, los libros eran y siguen siendo caros). Me dañaba, si acaso, que quisiera dañarme, la voluntad de querer herirme. Fue la primera crueldad femenina de mi vida. A día de hoy desconozco por qué también, a la par que me dañaba, me gustaba su atrevimiento y su crueldad, me parecían actitudes pícaras y valientes, me gustaba que me considerara lo suficientemente importante como para querer hacerme daño psicológico. En realidad no quisiera pintarlo como algo traumático ni nada así, sólo me parece divertido como ejemplo de que, desde tan temprano, me asociaran a los libros, al punto de que alguien creyera que dañarlos era dañarme.
La verdad es que no fue hasta hace pocos años que comencé a darme cuenta de que algo andaba mal con mi fijación por ellos, algo que se torció internamente. Un distanciamiento de la vida. Ese es el problema, claro y definido: leer hace crecer alrededor de ti una burbuja distanciadora. No creo en los clubes de lectura. Leer es para solitarios, al menos eso creía. Pero la soledad es sumamente aburrida. Ya de adulto, es aburrido que todos te respeten. Y el respeto es el combustible de la soledad. A la gente se le olvida cómo ser traviesa, o pierde el valor para serlo. Es aburrido que respeten tus espacios y tus límites, al menos es aburrido que siempre lo hagan. Creo que las picardías y pequeñas agresiones son una parte fundamental del equilibrio en las relaciones humanas. Y en toda mi vida, siempre me he vuelto amigo y confidente de las personas que llegan a reventar mi burbuja, que me faltan al respeto. Hashizume, mi mejor amigo, es un wey que, en la prepa, tenía por costumbre llegar y cerrarme los libros de golpe, sin darme tiempo a poner marcadores en la página. Ése acto, despreocupado y espontáneo, bastó para traerme al lado en donde ocurría la vida. También por esas fechas conocí a Lucero, mi otro gran salto hacia la vida brava. Hacia las acciones, las presencias, los sentimientos de los seres humanos, que siempre se encuentran fluyendo y chocándose entre sí. Todo encadenado, todo entreverado, todo trabado en la misma cadena. Y es aun más simbólico que, la noche en que todo se rompió con ella, cuando me quedé a dormir en su casa y no pude dormir , fue la noche en que me puse a leer el Quijote hasta que amaneció, fue mi retorno hacia la cueva y el letargo. Ella dormía, o fingía dormir (jamás lo sabré) mientras yo, sentado en su sillita, la misma en la que tantas veces la senté sobre mis piernas y la vi dibujando, leyendo y escribiendo, leía mi libro gigantesco intentando no pensar en todo lo que se estaba quebrando, segundo a segundo. Fue la gran claudicación. Yo me declaré vencido, ante ella, ante el amor y ante la vida, sólo con el simple gesto de estar sosteniendo un libro entre mis manos mientras rechazaba acompañarla en el sueño. En realidad me aterra la vida, aunque no me canse de reivindicarla y de endiosarla como el gran encuentro de las voluntades y las fuerzas, lo cierto es que esa reivindicación y ese endiosamiento son intelectuales, son actitudes literarias, pasivas, de testigo. Ser consciente de esta hiper-consciencia ha tenido como efecto secundario un secreto rencor hacia toda la vida y lo que ella contiene, incluyendo las personas. Me fascina la manera en que todas aparentan vivir sin esta constante presencia del narrador, del Dios privado e imperfecto, al que le faltan demasiados datos y se ve incapaz de pintar descripciones y escenas coherentes. Me destruye la incertidumbre porque hace pasar hambre al narrador que vive en mi cabeza, y los motivos de los actos de la gente, sus sentimientos últimos, que permanecen en la oscuridad del inconsciente, me aterroriza desconocerlos. A mi modo, entonces, como un niño, temo a la oscuridad. Siento que me es verdaderamente imposible materializar mi actitud vitalista sin ese gran pedazo de información que siempre me falta, el qué estás sintiendo tú, qué estás pensando tú de mí. ¡Me aterroriza herir, aunque de todas formas hiero! Y muchas veces, el miedo a herir me ha llevado a herir. He herido, desde la inconsciencia y la incertidumbre, a personas cercanas, personas que sé que no van a irse, las he lastimado. También he dado cosas buenas, sé que he dejado rastros de dulzura sobre el mundo, y detrás de mí no nada más ceniza sino lirios y geranios, vivas y terráqueas, que colorean las otras existencias. Sé que he dado, no tengo duda de eso. Pero no me he dado tanto como a mí me gustaría. Y me gustaría darme todo completo. Todavía no me he convertido en el Jilguero, para cantar posado sobre un brazo de la cruz, para intentar arrancar la corona de espinas, para aliviar los dolores y las pasiones de los que están atravesados por los clavos de la vida. Y la literatura siempre me detiene, siempre la postura del lector que no tiene ojos ni oídos ni cuerpo para nadie; leer era mi lugar inseguro, el refugio. El refugio es una tumba, un búnker para enterrar tu miedo, una cripta egipcia, en donde nadie te verá ni escuchará jamás. Librarme de la tumba, desenterrarme, darme a luz a mí mismo, ha sido la lucha más grande de toda mi vida, más que mi lucha en contra de mi padre, incluso. Más que mi lucha contra la idea de lo que es o debe ser un hombre en este planeta. Sólo quiero vivir sin preocuparme cómo, quiero vivir mi yo de la forma más pura, quiero que los filtros y barreras se me caigan, se desplomen con estruendo. Las barreras eran literarias. La victoria será literaria. Por eso escribo esto, para vencerme.
Entonces luché, DECIDÍ luchar en contra de mi inmovilismo y mi pasividad para ir hacia mis deseos. Mira, lo intenté con una chica del trabajo, del transporte del trabajo. Ella comenzó a hablarme (UNA VEZ MÁS) mientras leía (El Adolescente, de Dostoievski), sacándome del ensueño de ir leyendo y creyendo que las palabras pueden alcanzar la materialidad. De inmediato sentí un entusiasmo peligroso hacia esta chica, porque además era bonita y su modo de ser y de hablar era suave y amable. Aparte era sinaloense. O sea. Y yo me sentí inmediatamente atraído hacia ella. Tras unas dos semanas de pláticas amistosas, le dije si quería ir al acuario conmigo. Quería llevarla a ver los axolotes. Se negó y, contra todas mis expectativas, no me destruyó brutalmente su negativa, me seguí sentando, durante algunas semanas, con ella. Pero luego dejé de sentarme con ella. A lo mejor sí me afectó y trato de convencerme de que no, algún efecto debe haber tenido, porque mi ego es enorme y no debe ser normal que una persona pase tanto tiempo como yo pensando en su propia personalidad y en su propia historia. Pero me quedó de todo eso algo valioso: fue la primera vez en que hice eso, acercarme a alguien, preguntar, inquirir los sentimientos y disposiciones hacia mí y proponer los propios como una intención. Yo, que mi primer contacto con el amor fue a causa de que mi primera novia me agregó, mi primera novia me insistió, mi primera novia me confesó ella primero que yo le gustaba ("I think I like you"), y que me acostumbré a eso, a la posición más cómoda del mundo: el que recibe sin pedir. Me atreví a salir del domo solitario de los libros y no tuve lo que esperaba. No quiso salir conmigo y queeeeeee. Lo intenté y me siento orgulloso de mi intento. Y aparte hubo conmoción, intriga, mientras me decidía a pedirle que saliera conmigo. Lo platicaba con mis compañeras del trabajo, las mantenía al tanto de la situación. Generé emoción y expectativa a mi alrededor. Hubo vida y actividad romántica y pasional adentro de mí, tras años de letargo y entumecimiento y relaciones frívolas cuyo eje era puramente sexual. Verdaderamente, en esas semanas, bulló vida adentro mío. Y no terminó con ello, seguí con hambre de más manía emocional. Salí con una arquera mayor que yo, una preciosa Diana Cazadora que me acarició la espalda con mucho apetito y me besó en la noche, con la luna llena que nos miraba, besos profundos y experimentados, mi espalda contra la corteza de un árbol grandote. Y una vez más vida, con la llegada del amor, lo que rodea y precede al amor, la violencia, la desilusión, la traición absoluta. Vida, vida, vida. Romper la burbuja no es exponerse al daño, sino participar intensamente en los vaivenes. Y ahora soy como una antena que está sintonizando siempre, inevitablemente, la señal divina del amor. La poderosa atracción magnética hacia un cuerpo y un alma ajenas. Ahorita estoy estremecido de pies a cabeza porque sigo, insisto, no he dejado de estar enamorado. Me gusta una muchacha, creo que es preciosa y perfecta, y qué alivio, qué descanso del desierto de los días es poder pensar en una bonita muchacha. Y qué complejidad añade a mi mundo: celos, fuego delicioso, morderse las uñas, amar sus ojos y esperar verlos a diario, y sufrir cuando sé que no los miraré. Y ya no otra vez el letargo. Me rehúso al letargo, aunque casi me seduce y me avienta indirectas, ya no caigo, ya no caigo. Porque entendí que es preferible la desesperación y esa expectativa jamás satisfecha a la vida dormilona, al sueño de los sentimientos y de los impulsos, es mil veces preferible. Es mil veces más humano sufrir y vulnerarse a causa de un amor. Yo elegí la ansiedad de volver a desear el amor, y la amistad y el contacto con quienes están alrededor de mí. Me siento tan enamorado que he querido aventarme a las olas para aprender a fluir, que busco piedras anilladas en la orilla de la mar, que busco un nuevo mar que nadie haya conocido, y descender, descender, bajar hacia el escualo de la terrible presencia...
Desde que todo eso pasó y sigue pasando, ha disminuido considerablemente mi número de horas de lectura, aunque no he dejado de leer, y he leído cosas que me han seguido afectando en lo personal, el ritmo es definitivamente más lento. Le gante lo notó y fue clara al respecto: ya no leo como antes. Porque ya no vivo como antes. Hice espacio para otras cosas en mi vida. Reordené los muebles en la habitación de mi cabeza. Entré a un equipo de fútbol (ARRIBA ECLIPSE FC), viajé a mis raíces, a Guadalajara, participo en fiestas y salidas, salgo, me expreso con mis hermanos, juego con los familiares caninos de nuestra casa, como si yo fuera uno más de ellos. Me revuelco en peleas de perros, porque soy, estoy aprendiendo cómo ser un perro. No es la gran expansión floreciente, pero como antes, sigue siendo mejor que el viejo silencio y la vieja oscuridad cavernosa en que me hallaba refundido. Y yo aprendí, durante esa reciente efervencia, a divorciar fundamentalmente la literatura de la vida. A ver en la literatura al enemigo. Quise achacarle a los libros todo el miedo que era exclusivamente mi responsabilidad. Quise quitarme ese peso de encima y ponérselo a autores y autoras que jamás he conocido y que, a diferencia de mí, sí vivieron sus vidas. Hice una cisma peligrosa e hipócrita, pues es obvio que los libros me han dado, me han hecho, objetivamente, más social, me han hecho darme cuenta de mi profundidad, puedo hacer reflexiones profundas sobre las personas y los sentimientos, puedo moverme adentro de los sentimientos porque, queriendo o no, leyendo los he conocido a fondo. He aprendido a conocerlos, a verlos como algo normal. Es normal y es hermoso y arde el sentir cosas. Y la gente a mi alrededor lo nota, y en parte por eso se acercan a mí, porque presienten el aura de quien siente recio, de quien piensa recio. Pero esto lo sé nada más hasta ahorita, y lo sé nada más por Anaïs.
Anaïs Nin es la escritora más importante de mi vida porque desgarró definitivamente el velo que, en mi cabeza, separaba vida de literatura. Ella fue el desgarramiento verdaderamente original, porque lo que ella escribió está hecho de vida pura, tomado crudamente de la vida rica y expansiva que ella tuvo el privilegio de vivir. No hay ficción en sus escritos, si dejamos fuera la ficción que imposta la propia memoria sobre los acontecimientos que uno experimenta y que creo que es inevitable por la propia naturaleza de los recuerdos. Pero lo que cuenta es la voluntad, y su voluntad fue transparente. Lo escribió todo. Cada orgía, cada libro, cada destrozo y rompimiento, abundantes y precisas descripciones de sus viajes, de sus impresiones de los otros, de los cuerpos de los otros, de sus secretos y sus relaciones con artistas y psicólogos y princesas y amantes. Y no se guardó ni los nombres reales. Todo retratado por su fino y poderoso pulso de poeta, de bailarina y actriz. Su vida, que también su obra, son la prueba definitiva de que no hay vida sin literatura ni vida que no sea literaria. En cada ser palpita y se prepara para dar el salto al escenario una vida de florecimientos y de asesinatos a sangre caliente. En cada persona se encuentra un semillero de potencias, de energías como racimos de serpientes, enredadas, tirando cada una en direcciones diferentes. Y eso me incluye. Adentro de mi sangre serpentean las víboras, y no sabía reconocerlas como mías ni hacerlas mías. No mascotas, no compañeras, no animales de caza, sino ingredientes directos de mi yo, mi composición vital. Este blog, sin yo saberlo, se encaminaba a recoger las enseñanzas de Anaïs. Lo que comenzó como una auto-funa apocalíptica fue tomando la forma de una exposición desinhibida de todo lo que se me cruza por el corazón y la cabeza. He intentado que lo sea. Y fue Anaïs, ella señaló el camino de estas revelaciones. Y lo que me parece más curioso de todo, es que ella misma se enfrentó al mismo dilema (el hecho de sentirme menos humano y menos involucrado en la vida porque siempre vuelvo aquí, a contarle todo a mi blog), pues Henry Miller la acusaba, al menos al principio de su relación, de encontrar en El Diario un refugio aislante de la vida, un preservativo existencial. Él pensaba más o menos como yo, pero al conocer y entrar en lo profundo de Anaïs, se dio cuenta de que El Diario era una reafirmación, un canto triunfal que emergía de la garganta de la vida, una canción telúrica, volcánica, una voz terrestre que tendía hacia lo más alto y elevado la fumarola de sus fuegos interiores. Y, como todas las personas que la conocieron, acabó rindiéndose a su hechizo. Todo gracias a lo que escribió. A que lo escribió todo.
Anaïs leyó a Nietzsche, mi otra estrella. Su relación con él con el tiempo cambió. Primero escribió:
Cuando tenía diesciciete años y escribía tanto, sentada cerca de una ventana, viendo caer la nieve, ¿por qué no vinieron a mi lado Nietzsche, Henry, June, Allendy, Rank, Spengler y todos los Titanes? Hacía tanto entonces para merecerlos.
Reconoció su grandeza, su adelantamiento intelectual. Me parece tan impresionante no sólo el cómo pone a un autor ya no vivo al lado de personas presentes, al mismo nivel que los presentes, sino también el que los llame "Titanes". Es la exaltación de la fuerza y el poder que seduce a toda la juventud. Por eso creo que Nietzsche triunfó tanto sobre mí, también lo conocí muy joven. Es una experiencia avasallante entrar en sus ideas, estar expuesto a ellas. Físicamente avasallante. Anaïs sintió el temblor. Pero después del temblor original hay réplicas. Estas son menos intensas pero más precisas, son finos matices. Y los matices van adquiriendo relevancia. Más adelante, en el mismo diario (Incesto), ella también sufre su Titanomaquia contra Nietzche:
Le digo que las citas son literarias. Sólo sirven cuando se relacionan con las ideas, no con la experiencia. Que nadie me diga; >>Lo que siento por ti, lo dijo Nietzsche con estas palabras<<
Hay una ironía cabrona en el hecho de que, justamente, esté citando a Anaïs mientras se expresa en contra de las citas. Pero como ya he dicho, su vida era su obra y viceversa, así que aplica, porque estoy citando vida. El caso es que ella, aunque fuera una mujer fácil de deslumbrar, también era lo suficientemente inteligente como para desengañarse ella misma. Alimentaba con pasión las ilusiones, las volvía reales a base de creer en ellas, para después asesinarlas, menguarlas con su sentido crítico y con su psicoanálisis. En otros diarios, se vuelve a expresar, en términos de rebelión, contra Nietzsche. Nietzche, quien era otro atormentado por la transparente barrera entre ideas y vida real. Escribió en Ecce Homo:
"Habían pasado diez años en los cuales la alimentación de mi espíritu había quedado propiamente detenida, en los que no había aprendido nada utilizable, en los que había olvidado una absurda cantidad de cosas a cambio de unos cachivaches de polvorienta erudición. Arrastrarme con acribia y ojos enfermos a través de los métricos antiguos, ¡a esto había llegado! Me vi, con lástima, escuálido, famélico: justo las realidades eran lo que faltaba dentro de mi saber, y las «idealidades», ¡para qué diablos servían! Una sed verdaderamente ardiente se apoderó de mí: a partir de ese momento no he cultivado de hecho nada más que fisiología, medicina y ciencias naturales, incluso a auténticos estudios históricos he vuelto tan sólo cuando la tarea me ha forzado imperiosamente a ello. Entonces adiviné también por vez primera la conexión existente entre una actividad elegida contra los propios instintos, eso que se llama «profesión» (Beruf), y que es la cosa a la que menos estamos llamados y aquella imperiosa necesidad de lograr una anestesia del sentimiento de vacío y de hambre por medio de un arte narcótico, por medio del arte de Wagner, por ejemplo".
Se resentía en contra de su propio y tempranísimo éxito (fue nombrado Doctor y Catedrático de la Universidad de Basilea antes de cumplir los 24 años), en contra del tiempo dedicado a la erudición, porque lo consideraba una forma de complacer expectativas, ajenas a su propia y profunda sed vital. Y se resentía particularmente en contra de los libros, lastres que le pesan a la vida, ligera y alada por naturaleza. Al menos a él le pesaron. Es sobretodo en Así hablaba Zarathustra donde más destila su veneno en contra de los doctos. No era un erudito y se forzó a sí mismo a serlo, y me parece natural que buscara culpables de su desgarramiento. Su condena hacia los libros es inquisitorial, y la entiendo. Me proyecté en su condena y la asumí como mía, porque sentí desde siempre cosas similares a las que él sintió: que los libros, el hábito lector, eran sanguijuelas del espíritu. Pero ya no puedo compartir su manera de verlo, cuando la leí en su momento lo hice y ahora ya no. Hablaba, a través de él, la enfermedad, la saciedad, la indecisión. Y aunque toda su actitud y su energía fueran rebelión, fluían hacia la destrucción y la locura. Revoluciones apocalípticas, no utópicas. Yo sigo siendo residente de las utopías. Nadie ha venido que consiguiera desalojarme, gentrificarme, despojarme de mi terrenito de utopía. Creo en la vida, en la intelección, en la fuerza de un intelecto saludable. Don Quijote sale huyendo de su hacienda, huyendo de su propio amor hacia los libros. Su amor a la literatura. Pero se encuentra con que él mismo, aunque haya huido, la lleva allá donde va, la escenifica, la apersona y la vuelve real. Las vidas pueden ser obras de arte, largas, enredosas y espinadas obras. Y la literatura es un destilado, el testimonio de lo que se vivió, un pulso que se niega a dejar de latir aunque el corazón que le dio origen ya se haya callado. Conozco del odio de Nietzsche hacia los libros gracias a que leo su libro. No puedo odiarlos completamente, porque los respeto, pero también por respeto no quiero depender de ellos. No quiero hacer de las palabras ni mi armadura, ni mi veneno. Son algo más, algo no pensable en imágenes ni en contrastes absolutos. Yo sé lo que es, y me basta.
En realidad creo que Nietzsche erró fundamentalmente en otro punto, uno directamente relacionado con su visión del conocimiento: su visión de la mujer, el asociarla con todo los servil y lo esclavo, el asociarla al silencio y el recatamiento. Son proyecciones de su propia existencia física menguada, enferma y poco agraciada. Si hubiera conocido a Anaïs, si hubiera amado y sido amado en vida, ¿cómo habría cambiado el gesto de toda su obra? Cómo habría cambiado su vida misma, su filosofía. Quizá, en lugar de haber escrito y anhelado el advenimiento del Superhombre, habría escrito Supermujer, o una especie de Superser más allá de lo sexogenérico, pues, ¿no son los roles de género y de sexo, a su vez, un ídolo más, un dios más del ser humano moderno? Porque sé que en su alemán, Mensch, supuestamente, abarcaba la totalidad de la especie, el ser en sí, pero su acepción, su uso posterior, mezclado con los propios juicios misóginos de Nietzsche, al menos para mí, han acabado por darle al término un aura varonil, exclusivamente masculina, que es completamente inadecuada, y en la que inevitablemente pensamos al oír la palabra Superhombre. Una Überfrau, ése es el colosal advenimiento que yo espero. Y ni siquiera es que lo espere porque ella ya ha llegado, ya llegó mucho antes que yo. Ya estuvo entre nosotros No fue construida por nadie que no fuera ella misma, pero estaba hecha de toda la gente que amó, un río mezclado de todas las sangres pero el cauce era una vena sutilísima, particular y apenas insinuada sobre el antebrazo, una curva, una serpiente y un cuello de cisne, sinuoso. Ninfa, musa, madre, amante, hija, hermana, esposa, Anaïs, Anaïs, Anaïs
Jamás dejaré de leer

.jpg)

Comentarios
Publicar un comentario