El rasguño de la Überfrau



Creo que empecé a odiar leer desde que empecé a leer. Es un acto que te separa, para bien o para mal, al menos lo es en México, donde no es normal ni esperado que nadie lea. El hecho me afectó, sobre todo, porque crecí rodeado de hombres de Saturno, hombres de la gran actividad, del físico. Trabajadores, atletas y amantes. Y el hombre más cerca de mí, el árbol-guía, es un hombre de Marte, va hacia la guerra y todo en él es presentar batalla. ¿Quién es Mercurio, dios de los ladrones y de los poetas, al lado de señores de la guerra y de los semidioses de las Olimpiadas? Por eso le desarrollé un rencor secreto a mi tendencia a la lectura, porque me comparaba y porque me comparo todavía. 

En primaria me gustaba una chica llamada Jully (Juliana), y ella sabía que me gustaba. Nunca me dio por mi lado, pero sí coqueteaba conmigo, y una de sus formas preferidas de hacerlo era maltratar libros enfrente de mí. Agarraba sus libros de texto y los aventaba al aire, doblaba las páginas, las rayaba. En realidad no me provocaba ningún daño que ella dañara los libros (yo mismo los recortaba en mi casa, los de dinosaurios, y mis papás me regañaban por eso, los libros eran y siguen siendo caros). Me dañaba que quisiera dañarme, la voluntad de querer herirme. A día de hoy desconozco por qué también, a la par que me dañaba, me gustaba su atrevimiento y su crueldad, me parecían actitudes pícaras y valientes, me gustaba que me considerara lo suficientemente importante como para querer hacerme daño psicológico. En realidad no quisiera pintarlo como algo traumático ni nada así, sólo me parece divertido que desde tan temprano me asociaran a los libros, al  punto de que alguien creyera que dañarlos era dañarme. La verdad es que no fue hasta hace pocos años que comencé a darme cuenta de que algo andaba mal con mi fijación por ellos, algo que se torció internamente. Un distanciamiento de la vida. Ese es el problema, claro y definido: leer hace crecer alrededor de ti una burbuja separadora. Ya de adulto, es aburrido que todos te respeten. Es aburrido que respeten tus espacios y tus límites, al menos es aburrido que siempre lo hagan. Creo que las picardías y pequeñas agresiones son una parte fundamental del equilibrio en las relaciones humanas. Y en toda mi vida, siempre me he vuelto amigo y confidente de las personas que llegan a reventar mi burbuja lectora. Hashizume, mi mejor amigo, es un wey que tenía por costumbre llegar y cerrarme los libros de golpe, sin darme tiempo a poner marcadores en la página. Es verdaderamente simbólico que ese acto bastara para traerme al lado en donde ocurre la vida. Por esas fechas conocí a Lucero, otro gran salto hacia la vida brava. Hacia las acciones, las presencias, los sentimientos de los seres humanos, que siempre se encuentran fluyendo y chocándose entre sí. Todo encadenado, todo entreverado, todo trabado en la misma cadena. . Y es aun más simbólico que, la noche en que todo se rompió con ella, cuando me quedé a dormir en su casa y no pude dormir , fue la noche en que me puse a leer el Quijote hasta que amaneció. Fue mi retorno hacia la cueva y el letargo. En realidad me aterra la vida, aunque no me canse de reivindicarla y de endiosar la vida como el gran encuentro de las voluntades y las fuerzas, lo cierto es que esa reivindicación y ese endiosamiento son intelectuales, son actitudes literarias, pasivas, de testigo. Ser consciente de esta hiper-consciencia ha tenido como efecto secundario un secreto rencor hacia toda la vida y lo que ella contiene, incluyendo las personas. Me fascina la manera en que todas aparentan vivir sin esta constante presencia del narrador, del narrador imperfecto, al que le faltan demasiados datos y se ve incapaz de pintar descripciones y escenas coherentes. Me destruye la incertidumbre porque hace pasar hambre al narrador que vive en mi cabeza, y los motivos de los actos de la gente, sus sentimientos últimos, que permanecen en la oscuridad del inconsciente, me aterroriza desconocerlos. A mi modo, entonces, temo a la oscuridad. Siento que me es verdaderamente imposible materializar mi actitud vitalista sin ese gran pedazo de información que siempre me falta. ¡Me aterroriza herir, aunque de todas formas lo hago! Y muchas veces, el miedo a herir me ha llevado a herir. He herido, desde la inconsciencia y la incertidumbre, a personas cercanas,, personas que sé que no van a irse, las he lastimado. También he dado cosas buenas, sé que he dejado rastros buenos sobre el mundo, y detrás de mí no nada más ceniza sino flores vivas que colorean las otras existencias. Sé que he dado, no tengo duda de eso. Pero no me he dado tanto como a mí me gustaría. Todavía no me he convertido en el Jilguero, para cantar posado sobre un brazo de la cruz, para aliviar los dolores y las pasiones de los que están atravesados por los clavos de la vida. Y la literatura siempre me detiene, era mi lugar seguro, el refugio. El refugio es una tumba, un búnker para el miedo, una cripta, en donde nadie te verá ni escuchará jamás. Librarme de la tumba, desenterrarme, darme a luz a mí mismo, ha sido la lucha más grande de toda mi vida, más que mi lucha en contra de mi padre, incluso. Más que mi lucha contra la idea de lo que es o debe ser un hombre en este planeta. 

Lucho en contra de mi inmovilismo y mi pasividad para ir hacia mis deseos. Mira, lo intenté con una chica del trabajo, del transporte del trabajo. Ella comenzó a hablarme (UNA VEZ MÁS) mientras leía, sacándome del ensueño de ir leyendo y creyendo que las palabras pueden alcanzar la materialidad. De inmediato sentí un entusiasmo peligroso hacia esta chica, porque además era bonita y su modo de ser y de hablar era suave y amable. Aparte era sinaloense. O sea. Y yo me sentí inmediatamente atraído hacia ella. Tras unas dos semanas de pláticas amistosas, le dije si quería ir conmigo. Se negó, y no me destruyó su negativa, me seguí sentando, durante algunas semanas, con ella. Pero luego dejé de sentarme con ella. A lo mejor sí afectó y trato de convencerme de que no, algún efecto debe haber tenido. Fue la primera vez en que hice eso, acercarme a alguien, preguntar, inquirir los sentimientos y disposiciones hacia mí. Me atreví a salir del domo solitario de los libros y no tuve lo que esperaba. Pero hubo conmoción, intriga, mientras me decidía a salir. Hubo vida y actividad romántica y pasional adentro de mí, tras años de letargo y entumecimiento. Verdaderamente, en esas semanas, hubo vida adentro mío. Y luego otra vez el letargo. No tan profundo ni tan silencioso como antes, pues lo que se despertó con esa chica ya no pudo volverse a dormir. Aunque, sin objeto del deseo a la vista, sin enamorada, se sintió ansioso, se mordía las uñas. pero es preferible esa desesperación y esa expectativa no satisfecha a la vida dormilona, al sueño de los sentimientos y de los impulsos, es mil veces preferible. Yo elegí la ansiedad de volver a desear el amor y la amistad y el contacto con quienes están alrededor de mí. Desde que eso pasó, ha disminuido considerablemente mi número de horas de lectura, aunque no he dejado de leer, y he leído cosas que me han seguido afectado en lo personal, el ritmo es definitivamente más lento. Entré a un equipo de fútbol, viajé a mis raíces, a Guadalajara, participo en fiestas y salidas, me expreso con mis hermanos, juego más con los familiares caninos de nuestra casa. No es la gran expansión floreciente, pero como antes, sigue siendo mejor que el viejo silencio y la vieja oscuridad cavernosa en que me hallaba refundido. Y yo aprendí, durante ese reciente período, a separar fundamentalmente la literatura de la vida. Quise achacarle a los libros todo el miedo que era exclusivamente mi responsabilidad. Quise quitarme ese peso de encima y ponérsele a autores y autoras que jamás he conocido y que, a diferencia de mí, sí vivieron sus vidas. Hice una cisma peligrosa e hipócrita, pues es obvio que los libros me han dado, me han hecho, objetivamente, más social, me han hecho profundo, puedo hacer reflexiones profundas sobre las personas y los sentimientos, puedo moverme adentro de los sentimientos porque, queriendo o no, leyendo los he estudiado a fondo. Y la gente a mi alrededor lo nota, y en parte por eso se acercan a mí, porque presienten el aura de quien piensa recio. Pero esto lo sé nada más hasta ahorita, y lo sé nada más por Anaïs. 

Anaïs Nin es la escritora más importante de mi vida porque desgarró definitivamente el velo que, en mi cabeza, separaba vida de literatura. Ella fue el desgarramiento verdaderamente original, porque lo que ella escribe está hecho de vida pura, tomado crudamente de la vida rica y expansiva que ella tuvo el privilegio de vivir. No hay ficción en sus escritos, si dejamos fuera la idea de ficción la que imposta la propia memoria sobre los acontecimientos que uno experimenta y que creo que es inevitable por la propia naturaleza de los recuerdos. Pero lo que cuenta es la voluntad, y su voluntad fue transparente. Lo escribió todo. Cada orgía, cada libro, cada destrozo y rompimiento en términos de amores, abundantes y precisas descripciones de sus viajes, de sus impresiones de los otros, de sus secretos y sus relaciones con artistas y psicólogos y princesas y amantes. Y no se guardó ni los nombres reales. Todo retratado por su fino y poderoso pulso de poeta, de bailarina y actriz. Su vida, que también su obra, fueron la prueba definitiva de que no hay vida sin literatura ni vida que no sea literaria. En cada ser palpita y se prepara para dar el salto al escenario una vida de florecimientos y de asesinatos brutales. En cada persona se encuentra un semillero de potencias, de energías como racimos de serpientes, enredadas, tirando cada una en direcciones diferentes. Y eso me incluye. Adentro de mi sangre serpentean las víboras, y no sabía reconocerlas como mías ni hacerlas mías. No mascotas, no compañeras, no animales de caza, sino ingredientes directos de mi yo, mi composición vital. Y fue Anaïs, ella señaló el camino de estas revelaciones. Y lo que me parece más curioso de todo, es que ella misma se enfrentó al mismo dilema, pues Henry Miller la acusaba, al menos al principio de su relación, de encontrar en El Diario un refugio aislante de la vida, un preservativo existencial. Él pensaba más o menos como yo, pero al conocer y entrar en lo profundo de Anaïs, se dio cuenta de que El Diario era una reafirmación, un canto triunfal que emergía de la garganta de la vida, una canción telúrica, volcánica, una voz terrestre que tendía hacia lo más alto y elevado. En realidad creo que Nietzsche erró fundamentalmente en su visión de la mujer al asociarla con todo los servil y lo esclavo, al asociarla con el silencio y el recatamiento. Si hubiera conocido a Anaïs, si hubiera amado y sido amado en vida, ¿cómo habría cambiado el gesto de toda su obra? Cómo habría cambiado su vida misma. Quizá, en lugar de haber escrito y anhelado el advenimiento del Superhombre, habría dicho Supermujer, o una especie de Superser más allá de lo sexogenérico, pues, ¿no son los roles de género y de sexo, a su vez, un ídolo más, un dios más del ser humano moderno? Porque sé que en su alemán, Mensch abarcaba la totalidad de la especie, el ser en sí, pero su acepción, su uso posterior, mezclado con los propios juicios misóginos del propio Nietzsche, al menos para mí, han acabado por darle al término un aura varonil, masculina, en la que inevitablemente pensamos al oír las palabra Superhombre. Una Überfrau.

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