Los fuegos de San Juan
LOS FUEGOS DE SAN JUAN
DE BRÍO BUSCADO
I.
El sol de Jalisco tarda en irse y aunque ya sea tarde, arde. Apenas por encima de los prados sin arar, apretado entre las dos oscuridades, el último fuego se propaga por los cielos de San Juan. No es lumbre de ese vivo anaranjado, es más bien un rojo seco y apagado, como el que se queda muriendo en el rescoldo. Lo acompañaban unas cuantas y altas nubes, que secas y vacías de agua, se conforman con ir reflejando lo poco que quedó de sol al día. Este solitario nuberío alumbra el principio del crepúsculo en Jalisco, y sobre lo ocre de su ocaso se recortan lumbres chiquititas y terráqueas, que brotan poco a poco aquí y allá. Una de estas lumbres es más grande que las otras, blanca y luminosa, no amarilla ni rojiza. Es una estrella brava e insolente, inconsciente de su propio brillo, rodeada de murientes lucerillos. Es la hacienda que se llama Lucero de los Güeros. Si nos acercamos a esa luz se escucha el ruido, el griterío, los pasos arrastrados...el júbilo de los bautizos tapatíos. Estaban nombrando a Ismael García. Lo estaban presentando a Dios. Isidra, su madre, no quería que hubiera escándalo. Había sido clara al respecto. Ni siquiera quería ningún festejo. Para ella, bastaba "con que Dios y nosotros sepamos..." Bastaba que estuvieran nada más los allegados, los de siempre, uno que otro amigo de esos de toda la vida, y en esos casos, decía ella, hasta uno mismo sale sobrando. Fulgor, su marido, la escuchó pacientemente... para responderle, con toda la calma del mundo, que no. Y se mandó que vinieran Mariachis, y se mataron lechones y reses, y se alquilaron carruajes que trajeran el mezcal por los caminos. Y todos los fuegos de la casa se encendieron porque estaban bautizando a Mayelito, el fruto más tierno y más alto del alto árbol García. Las antorchas y candiles de la casa se encendieron nada más se fue poniendo oscuro, al salir y crecer de las primeras sombras, como si Lucero de los Güeros tomara el relevo del sol.
La tarde de aquel día, Isidra discutió con su marido. Sentíase nerviosa, arrinconada adentro de su casa, impostora ante unas gentes que ella "ni en el mundo hacía". La desquiciaba aquella repentina y masiva invasión de su parcela vital. La invasión le recordaba al embarazo, particularmente al de Jairo, el asedio silencioso de otro cuerpo contra el suyo, el robo de los nutrientes, el robo del aire y del espacio adentro de una misma. Estar embarazada: no caber adentro de su cuerpo. Celebrar haber estado embarazada y ya no estarlo: no caber adentro de su casa. Había gritado a Fulgor delante de los que traían las cajas con botellas de tequila, mientras él bajaba la escalera principal, repartiendo varias órdenes al mismo tiempo, como si tuviera voz y manos para responder a múltiples deseos que coexistían, a excepción del de ella; su deseo, que no existía. Lo percibía satisfecho, en su elemento, fresco y saludable, como si acabara de salir de un lago cristalino y el agua le brillase por el cuerpo antes de evaporarse, embriagado por la atención que le entregaban los peones, y la picó el alacrán de los celos: ¡¿Y quién me manda compartir MI alegría por MI hijo con estos fulanos?! ¡Yo en mi vida vide a esta gente! Los estibadores y meseros, la mayoría de ellos indígenas, simplemente inclinaban la cabeza, fingiendo no haber escuchado a La Señora, aunque su gesto indicase, justamente, que escucharla era todo lo que habían hecho. Huían inevitablemente de la ira que irradiaba su mirada azul, como un cielo duro y profundo que colgase amenazante por encima de la tierra. Entonces Mayelito comenzó a berrear entre sus brazos, ella lo pudo escuchar a pesar del rebozo en que lo traiba envuelto, y cuando la india Martina se acercó para llevárselo y que no le oyeran el berrinche, Isidra le peló unos ojos de brutalidad que la empujaron para atrás. "No me molesta que llore mi hijo, ¡pero a él no va a gustarle el escándalo!". Después de eso, ella y su marido se quedaron solos en la planta baja, y la lenta furia fue siendo, de repente, mientras intentaban dejar de mirarse, un ciego y urgido deseo. Isidra se sintió asfixiada y buscó por toda su cara con la boca, hasta que dio con la boca de Fulgor, como si nada más pudiera respirar del aire de él venido. Él le estrujó las caderas; ella pudo registrar la forma exacta de sus manos grandes y llenas de callos, provocándole estremecimientos suaves, oleadas sucesivas de cosquillas y calor que irradiaban dulcemente desde su cintura... pero cuando ambos, a un tiempo, quisieron acercarse para seguir el rastro de ese estremecimiento y encontrar su origen, Mayelito se interpuso entre ambos cuerpos con su llanto. Ambos se miraron un instante, respirando recio, y entendieron que aquello era superior al niño, y rieron nerviosamente para perdonarse el uno al otro. Isidra corrió a dejar al niño en pleno llanto hasta su cuna en la otra sala, vigilado nada más por un jilguero enjaulado que pendía sobre la cuna. Isidra persignó rápidamente y al revés a su bebé, gesto que siempre hacía reír a Maye, pero ella ni siquiera alcanzó a ver su risa; cuando regresaba, aliviada porque el sacrificio estaba hecho y era la hora de la gracia y de la más dulce luz, el momento de entrar a ese recinto de calor y de belleza que era el cuerpo de su Fulgor, un peón se había metido nuevamente para llevárselo al patio, para recibir que habían traído diossabráqué. Adentro de la casa nada más quedaron ella, el eco de la risa de su hijo y el eco de los cantos del jilguero. Así, Isidra quedó más que dispuesta a, esa noche, armarle un "teatrito" a su marido. Algo consiguió, no obstante, que abandonara sus resoluciones. Fueron llegando los parientes, los amigos, los extraños...vio su casa llenarse lentamente de la gente ajena en quien ella miraba desde siempre la amenaza. Se engentó rápidamente, oía en su cabeza las palabras que ella le diría a Fulgor en medio de todos, el volumen, la furia exacta de las palabras que ella le diría. Y la escena hubiera sucedido, y hubiera sido catastrófica, y quedado en mucho más que palabras, si no hubiera sido por los ojos de Fulgor. Él le buscaba los ojos y los suyos eran tiernos, blandos, sostenidos en el aire, ojos dirigidos hacia ella a través del espacio lleno de gente. Ojos que habían venido, desde atrás de todo el allá, la miraba, la estaba mirando, no se equivocaba. Ella era La Mirada. Y cuando Fulgor salió al arco de la entrada para recibir una nueva diligencia que llegaba, cargada con la Tía Agapita y a sus siete nietos, encontró un espacio entre la barahúnda de saludos para hacerle señas desde allá, para mirarla a ella, que estaba sentada en la mesa de honor, justo enfrente de la puerta grande de la casa, y decirle con las manos que esperara, que le diera tiempo, que ahorita resolvían lo que traían pendiente. Isidra, que en ese momento doblaba los pliegues del mantel hasta formar unos picudos triangulitos con cuyas puntas se acariciaba los muslos por debajo del vestido, por pura ansiedad, apenas pudo enmascarar sus ganas de estallar en carcajadas de contento. Simuló quebrar, por accidente, un caballito de mezcal para así romper su propia tensión. Recogió los vidrios en un pañuelito bordado con la imagen de una Virgen que ascendía sobre las manos de dos angelitos morenos, cuando captó de reojo que Fulgor entraba por la puerta de la cocina en busca de más mezcales para escanciar en las mesas que se iban llenando, esquivando con su cuerpo grande y ágil a meseros y borrachos, vio eso y se dijo "de aquí soy". Pero todavía tenía que inventarse una excusa para abandonar la plática en la que, quisiera o no, se le había hecho parte. Su decisión fue sencilla: dejó a su suegra, Graciela Cruïlles Miramayor, con la palabra en la boca. Todos, a excepción de la propia desairada, dieron testimonio de su incomodidad guardando un silencio tenso. La vieja matriarca Cruïlles, de cuya asfixiante influencia escapara hace tanto Fulgor para encontrar en Isidra el remanso de agua clara pero brava, hacía de toda por traer a su yerna hacia su esfera de influencia familiar. La segunda guerra Carlista provocó la huida de sus bisabuelos de la nostra patria, primero a cruce por los Pirineos, hacia Francia, y desde Burdeos en altamar hasta fondear en Veracruz. En Mas Claror, hacienda de los padres de Fulgor, como atracción principal en la sala de estar, colgaba, enmarcada en plata, una vieja carta naútica que describía la odisea Cruïlles, desde la Meira Maiora hasta el puerto de Veracruz, rayada en los márgenes con algunos versos que escribieron su bisabuelo y bisabuelo. A la diestra de aquella carta naútica había un mapa de México, enmarcado en cualquier leña, que delineaba el sendero seguido por los Cruïlles desde las costas del Golfo hasta Los Altos de Jalisco, cruzando la república en un ecuador casi perfecto. Cuando los ponía en el primer mapa, los ojos le brillaban a Graciela y permanecía en silencio, absorta, fantaseando con aquellas tierras, a las cuales, sin dudarlo un segundo ni en su más íntimo fuero, estaba destinada a regresar, mientras que al voltear hacia el segundo, ya bajada de su nube, comentaba para nadie y para todos: ay, este país con forma de alacrán... dando entender, con su mohína, la opinión que le merecían tanto México como los alacranes. Y si una de las niñas o los niños, únicos seres humanos dispuestos a llevarle la contraria, le comentaban, inocentemente, que el país más parecía sirena, con la cola de Quintana Roo, que alacrán, Graciela se hacía la desmayada y dejaba escapar un suspiro:
—¡Ay, criaturas… beatus ille! Porque todavía no se han cruzado con el alacrán…
Siempre se trató a sí misma y a los demás como si nunca se hubieran ido de Cataluña, como si no llevaran más de medio siglo en México, y todos a su alrededor fuesen sirvientes y la palabra "rey" tuviera el peso de una piedra adentro de la sangre. Cuando miró los ojos de Isidra por primera vez, y vio que no temblaban al mirarla, se confirmó a sí misma, en satisfacción silente, que el hijo suyo sí era suyo, porque había sabido encontrarse mujer. Pero Isidra, aunque respetaba a su suegra con ese sentido de la precaución y de la vigilancia que se tienen entre sí las fuerzas similares, jamás logró tender un puente que enlazara el largo precipicio que reinaba entre sus dos presencias, de manera que Isidra, por su lado, alababa el sentido de la responsabilidad y la administración sobre las riquezas materiales de su suegra, no así el de las riquezas corporales, pues bastaba que la abuela viese a alguna niña con el pelo suelto, o corriendo descalza a través de la pradera, o con el faldón doblado hasta casi insinuar una rodilla, para que las persiguiese blandiendo un crucifijo de leña de pirul, y que las niñas gritaran con auténtico terror porque sabían que el castigo se miraba así: una franja roja cruzando las muslos, otras dos franjas, moradas, a lo largo de la espalda. Una mañana que Isidra cumplía 16, mientras se acariciaba el vientre embarazado, cepillaba a las orillas de su cama una gallo que Fulgor le regaló, una cría de gallo de pelea, de plumaje blanco, hermoso y gallardo, resplandeciente a la luz de los primeros tiernos rayos que le daba el sol, cuando un cuerpo y unas sombras se pusieron entre ella y la luz, el gallito se removió inquieto en su regazo, y vio, un poco más allá de la ventana abierta, a tres niñas corriendo sin peinar y sin zapatos, con las piernas mojadas hasta las rodillas, chillando, alejándose de los pesebres porque de ahí venía la abuela, con su crucifijo de pirul, y el cristo a ella clavado inexpresivo, ausente, como si no le doliera su cruz, cuando de repente una de las niñas, la que iba más atrás, resbaló en un charco de lluvia y de paja, y solo supo hacerse chiquita al ver a la abuela venir haciéndose grande, alzando el crucifijo contra el sol, con su luz que se partía al tocar la punta de la cruz, luz fracturada y tras ella Graciela, con los labios apretados del coraje
—¡Ya Tita Gracia, ya, por favor! ¡Yo no estaba pecando, nada más me dio calor!
—Hija, ¿sabes dónde hace más calor? Hay un lugar, el lugar de hasta abajo...
La cruz estaba a punto de bajar para dejar recuerdo sobre el rostro de la niña. Isidra, sin pensarlo, hizo al gallo a un lado, que revoloteó soltando plumas, y sacando con dificultad medio cuerpo más allá de la ventana, igual de despeinada que la niña y vestida nada más con camisón, le espetó a su suegra:
— ¡Oiga usted! ¿Qué se mete con las niñas? ¡Déjelas ya! además...
La voz le sale tan recio que ella misma sufre un sobresalto al percibir que siguió resonando, por unos segundos, en manera de eco que se negaba a morir. El sol le da a Graciela por la espalda e Isidra no alcanza a mirar cuál cara le está poniendo.
—¿Además...?
—Además yo les di permiso de mojarse, entonces no tiene qué andarlas regañando. ¿Y en dónde dice que sea pecado andar una mojada de las piernas?
La cara de la niña, Montserrat, se agranda a causa de la estupefacción que le produce lo que está escuchando. Se levanta y se echa a correr hacia sus primas, que observaban la escena a la distancia. Graciela permanece inmóvil, dándole la espalda al sol.
—¿Y a ti, niña, ¿quién te dio permiso de andar dando permisos?
En la mente de Isidra se formula, evanescente, la palabra "Fulgor", pero esta de inmediato se disipa. Se acaricia, sin querer, el vientre, mientras pronuncia en voz alta:
—Yo. Yo me di permiso. Porque lo que usted les hace no está bien.
A pesar de la firmeza de su voz, a sus ojos les costó trabajo no temblar al verla. Graciela no movía siquiera un dedo, ni siquiera pestañeaba
—Pues va a resultar que sí tenías ovarios, niña. O en todo caso, recién te crecieron...
—¿Qué es un óvalo? —pregunta ella, sin abandonar su rebeldía del todo.
Resuena hasta el último de los pesebres la risa cruel y cariñosa de Graciela. Isidra permanece en su silencio.
—Ándale, niña, vente... vente y me explicas por qué "lo que les hago no está bien"…y yo te explico a ti qué es un ovario.
—Nunca vuelva a espantar así a la niña, a todas las niñas. No les hable cosas del infierno, ni las ande correteando crucifijo en mano. Nunca.
—Sí, sí, niña, pero vamos, pues.
Y a partir de ese momento fue como si Isidra hubiera dado, sin querer, con la llave que abría el gran Ayer Cruïlles, el gran ayer que ella ni se figuraba que existía, pues en su mundo brotado de la tierra (y no perdido entre las nubes y las cumbres), el orgullo, el desprecio y egoísmo los causaba la sangre pesada, no la vieja sangre ocre catalana, el “pasado plagado de prodigios” desde el cual venían ella y su hijo
—Y también tus hijos, por su puesto, cuando les dé por nacer…
—Mis hijos serán mexicanos, doña Gracia.
—Naturalmente, hija, pero a diferencia de tantos mexicanos, ellos tienen raíz, y esa raíz es más vieja y más honda que México.
—La tierra de usted está hasta allá. La nuestra es esta misma que pisamos yo y usted. En su tierra viven de la sangre. Aquí la tierra vive de la tierra.
Y se enfrascaban, hasta que el sol azotaba contra el horizonte, en un intensivo intercambio de pasivoagresividad que jamás llegaba a reventar del todo, y en la que las dos parecían avanzar, en su rebeldía hacia la otra, hasta un punto a partir del cual aquello se habría convertido en franca grosería. Jamás fueron groseras la una con la otra, y esas largas discusiones se daban a causa, precisamente, del mutuo e inconsciente respeto en que ambas se tenían. Graciela fue la primera en sentir el respeto, lo sintió de manera instantánea, la primer vez que la miró cruzar, agarrada de la mano de Fulgor, los umbrales de la Mas Claror, y lo confirmó definitivamente la mañana en que había defendido a Monserrat de su cruz de pirul, mientras que Isidra, más hosca y desconfiada, tardaría unos pocos años en llegar a un punto comparable al de su suegra, una tolerancia, comenzando con aquella tarde en que Graciela le habló de Cataluña. Pero si iba a confiarle tal pasado, tal tesoro de la sangre, era porque ella se lo había labrado con su desafío; la historia de esa sangre era un largo y no resuelto desafío. “Un duelo pendiente”. Isidra sufría de escalofríos mientras escuchaba, de la ronca boca de su suegra, la vieja historia de las raíces que los frutos nacen olvidando, las cumbres que veladas en neblina dejan entrever los usos y costumbres de la aristocracia catalana, todos esos nombres largos y torcidos y que acaban de repente, igual que los senderos de montaña, los coloridos escudos de armas, las fastuosas bodas entre los desfiladeros, los abismos anegados en neblina, los escalofriantes alzamientos, cuando toda la sangre estaba a un tiempo fría e hirviendo y la tierra se ponía a temblar, los pastores de la sierra catalana, con su cayado y su flabiol, dirigiendo a sus rebaños cual pequeñas nubes que la tierra ya ha alcanzado, la seguridad y el orgullo con que ellos pisaban la tierra que se abría delante y debajo de sus pies, curados de todos los vértigos, tan altos como la montaña. Ella llevaba aquello metido en la sangre, y lo llevaba su hijo, y lo llevarían los hijos de sus hijos, aunque nunca hubieran visto los picachos de Meira Maiora, ni andado en sus senderos inclinados, lo llevaban y lo llevarían adentro de su sangre, en el peso de sus pasos sobre la tierra. Porque para mirar de frente a la Meira Maiora—contaba Graciela a su yerna— para ver los suelos alejarse de repente, casi pareciendo que se fueron a otro mundo, había que haber nacido sin el vértigo.
—Si vas a las alturas, niña, si tu camino es una cuesta arriba, el miedo es la carga que más pesa.
—Mis hijos no serán miedosos.
Isidra no entendía ni quería entender nada de aquello, pues entendía, instintivamente, que entender era internalizar, dar acceso a una. Lo escuchaba como cuentos de hadas, material adecuado para ponerse a ensoñar, pero no para ponerse a vivir. Para ella, la sangre jamás fue algo tan enredoso, sino que simplemente era lo que una lleva dentro de las venas y le pone color a la piel y nos hace vivir. En cuanto a “las raíces” catalanas de sus hijos, estaba decidida a tolerar que ellos se expusieran a tales historias, porque podría servirles, se decía, para hacer de ellos gente con sentido de la imaginación, pero nada más habiendo asegurado que no dependerían de tales cuentos para sentirse importantes, valiosos. Temía que sus hijos pudieran ir desarrollando, bajo la exposición a aquel efluvio extranjero y esos aires de aristócrata venida a menos que manaba de su suegra, un sentido de inferioridad que los hiciese sentirse minucias por ser mexicanos. Jamás llegó a estar más allá de ese respeto distante entre fuerzas tan parejas que se anulan mutuamente. Y si ella atendía sus historias con esa atención, sólo era para entender mejor a su Fulgor, para detectar la fina pero densa red de fantasías que su madre tejió en derredor suyo, como una capa aislante del mundo, y ayudarle a deshacerla, a salir de ella, para que Fulgor entrara al mundo, dónde ella lo esperaba, ansiosa y cargada de regalos terrenales para él. Este era el largo precipicio que reinaba entre las dos mujeres, el doble abismo hijo-marido, niño-hombre, de modo que, aunque Graciela comprobase el carácter afirmativo y terráqueo de su yerna, aunque comprobó que había en ella la rauxa avasallante, también comprendió que precisamente a causa de la rauxa podría ejercer ningún influjo decisivo en esa torrentada, igual que su yerna jamás tendría influjo en la energía de ella, más que reactiva, retadoramente, como aquella primera mañana de rivalidad filial en que las dos se tomaron la medida, y como las subsiguientes tardes y mañanas y crepúsculos en lucha.
Aquella vez, sentadas a esa mesa en el bautizo de Ismael, Graciela platicaba la historia de una prima de su bisabuela, Mariona Sentmenat Cruïlles, que por resentimiento hacia el patriarca familiar, un viejo montañés que terminaba cada frase con un golpe de cayado, se había casado a escondidas con un pastor pobre, un agricultor de Andorra, del Valle del Madriu-Claror, que se llamaba Arnau, ganándose con ello el silencio y las espaldas de su propia sangre. Fue desheredada, y al irse de la hacienda familiar, su padre agarró una hoz y desgarró una gruesa rama del olmo que crecía junto a la fuente de la hacienda, maldiciendo para siempre aquella rama del linaje Sentmenat, quitándole a aquel olmo una gran parte de su sombra y a su hija su apellido, mientras que su madre, deshecha en llanto, sin poder articular palabra, se retorcía y desmayaba junto a la estatua en el centro de la fuente seca; la estatua simulaba a un hombre pobre a los pies de María. Según le contaba su suegra, a aquella prima se le auguró de inmediato la más grande oscuridad. De pronto, su futuro se nublaba ante la perspectiva de negras torrentadas, pobreza, vituperio, enfermedad e innumerables vejaciones que esperaban pacientemente a la mujer que osaba salirse de su centro de existencia, a la que se salía del radio de su normalidad e iba hacia lo desconocido, a esa mujer la esperaban la tristeza y el enorme miedo, el repudio a la vida. Y su bisabuela, que a todo lo dicho, se llamaba Señá Violant Cruïlles, la que después cruzaría el atlántico hasta México, inspirada en el ejemplo de su prima, del brazo de un soldado liberal, también pensaba que iba a ser así, porque jamás se había visto otra cosa, jamás entre esas cumbres había sido de otra forma. De modo que media Cataluña esperaba la ruina en Mariona Cruïlles, y la ceniza brotando en su huerto, pero en el humilde huerto de Mariona y Arnau no brotaron la ceniza, el centeno ni la papa, sino un volcán que al surgir hizo crujir la tierra, quebrando la corteza resonando en un rugido que, según se diría mucho después, se oyó hasta la misma Madrid. Y el agua caliente y la lumbre que corrían dentro de aquel volcán nutrieron la tierra alrededor de sí, fue una floración de tierra como no se había mirado nunca en las cimas de la Meira, fue de repente un vergel que enriqueció a sus dueños, y nadie sintió más rencor de aquel florecimiento que el anciano Sentmenat, que hacía como que no sabía quién era ella ante los otros hacendados, fingiendo una demencia dolorosa de fingir en los banquetes, y que a veces hasta cuestionaba la veracidad de aquel suceso, de aquel volcán brotado de la nada, mirando con vidriosos ojos a la nada, meciéndose sin ganas debajo del olmo, justo abajo de la rama que, una vez cortada, ya no volvió a brotar ni a dar sombra a ninguno de los sucesivos Sentmenat. Para Graciela, que contaba todo aquello como un cuento de hadas, fascinada de su propia voz, la protagonista de a de veras en aquella historia no eran la prima Mariona, ni su bisabuela señá Violant, sino otra cosa mucho más impersonal, mucho más allá de cualquier cuerpo definido: la rauxa catalana, el bravor que se lleva en la sangre y que no puede simularse ni esconderse, la búsqueda de un riesgo del tamaño de nuestro carácter, y la rebeldía como principio del florecimiento; respeto por la rebeldía que vio aquella mañana en Isidra. Había visto la rauxa viva adentro de sus ojos, pero la había escuchado, sobre todo, en esa voz, tan firme como la de las pastoras de su tierra, que debían aprender a gritar porque entre las montañas el viento jugaba a llevarse las voces, y hacía que tardaran en llegar y a veces no dejaba que llegaran y por eso se gritaba con el cuerpo, con la voz entera, para hacerse oír, como Isidra se había hecho oír ante ella para defender a Montserrat. Ahora, delante de ella, al otro lado de la mesa, abría y cerraba como grandes abanicos sus pestañas, bailaban en sus ojos zarcos los fulgores de las velas, a ella, a la catalana, que volvía a contar la misma historia del volcán de repente ante los otros hacendados, la dejaba con la palabra en la boca por ir en pos de su esposo. Cruzó como sombra la vereda y el jardín, olvidando en el camino los huaraches, ajena a todos los tumultos, enajenada a causa del deseo que le causaba oírse decir en voz baja: Fulgor, Fulgor, Fulgor…Lo encontró solo en la cocina, parado de espaldas a ella, decidiendo si servir AGAVE BRAVO o CORRALEJO, mirando ambas botellas con aire confundido, como si jamás hubiera visto una botella de tequila. Isidra observó con atención su estampa recortada a contraluz, la silueta de su hombre, ligeramente encorvado, con la sombra en el suelo cada vez más larga, y se dio cuenta de lo triste, lo profundamente triste que era, y que si lo viera sin saber quién es, cuál era su nombre y en dónde dormía, pensaría, sin dudarlo, que era un hombre de camino a estar a solas en su casa, una casa grande y con las sombras hondas, y con el poco ruido de sus pocos pasos al anochecer. Pero percibió unos músculos vibrar bajo aquella camisa fajada que ella misma había planchado por la tarde. Recordó la suavidad de aquella tela, y de la piel debajo de la tela. Su cuerpo se acordaba. Fue a tientas por él, deleitándose en su lentitud y su silencio, saboreaba ya el bocado de un abrazo por la espalda, pero la dureza lisa del suelo de piedra traicionó su pie descalzo, la suavidad del paso delicado sonó hasta los oídos de Fulgor y él, al darse vuelta para ver quién era y ver que se trataba de Isidra, soltó las dos botellas de mezcal, provocando una montaña de vidrios húmedos entre los dos. Ella y él volvieron a mirarse, con la amenaza de una risa insinuándose en sus labios y sus cuellos, los preparativos de una risa grande entre los dos, y quedaron a nada de romper a reír, riéndose de su desastre. No sucedió. Rápidamente, una oscura, densa nube de vergüenza ensombreció la luz que irradiaban los ojos de Fulgor. Se secaron instantáneamente, quedando sin brillo. Los apartó de su mujer para ponerlos en los vidrios rotos sobre el suelo, el charco de mezcal que delataba el reflejo de la luz y que los reflejaba a ambos, con el reflejo esquirlado, perdido en perspectivas irreconciliables, una imagen estridente de sí mismos, Isidra un poco más presente, más colorida y gestual, aunque igual de desintegrada que su marido sobre los escombros, igual de borrosa. Pero ella no se miraba a sí misma en este espejo roto, miraba a su marido, lo miraba arrodillarse para recoger los vidrios, para hacerse cargo del destrozo provocado por su susto, por su esposa, por la repentina presencia de su mujer que lo llenó de arriba a abajo de un terror tan instintivo y animal que pensó inmediatamente en enmascararlo preocupándose con exageración de levantar los vidrios rotos. Quería esconder la cara para que ella no viera el poder que tenía sobre él, el estado al que ella podía reducirlo con un simple paso, dado para salir de la oscuridad e ir hacia la luz junto con él. Isidra, sin mover nada más que los ojos para seguirlo viendo, postrado, encogido, despreció a su marido desde las alturas. Pero esta sombra infecciosa de vergüenza hacia su hombre quedó fulminada en seguida por un violento haz de luz. Sangre en la mano de Fulgor, un vidrio mojado de sangre. Completamente consciente del dolor que estaba a punto de experimentar, Isidra se arrodilla sobre el vidrio para tomar la mano de Fulgor entre sus manos y besar la herida, la sangre que manaba de la herida, abundante. Sentía el ritmo con el cual salía la sangre, y supo que aquel era el mismo ritmo con el que latía su corazón. Besó la sangre apasionadamente mientras él la veía con lo más que abrían sus ojos, las dos órbitas abiertas hasta el límite, maravillado y espantado. Se besaron y la boca les supo a sangre calurosa, hierro cobijado por la tierra. En cuanto la tomó entre sus brazos se aceleró el desangramiento de la herida, Isidra la sentía mandando cálida, correrle por los pechos y los brazos, y esta oscura calidez hizo que ella se apretara más contra él, aprisionando su cuerpo al de ella. Fulgor alzó desde el duelo a su mujer, sin arrancarle las astillas de cristal que se le habían clavado a las rodillas. El escándalo estaba afuera, muy lejos de ellos. Isidra consideró que él la llevara hasta el cuarto y la tomara así, desde su fuerza, desde su iniciativa de hombre, pero decidió que no quería que fuera así. ¿Por qué iba a ser así? Ella lo besó primero en la mañana. Ella lo buscó toda la tarde con los ojos, ella lo persiguió para agarrarlo a solas. Ella insistió desde sus ganas. El honor de dirigir el amor, al menos por esa noche, le correspondía a ella. ¿Por qué no iba a ejercer su legítimo derecho de someter amorosamente a su marido? Se lo había ganado. Iba a dominarlo. Dió un brinco de los brazos de Fulgor, con una sonrisa roja pintada en la boca. Él le sonrió de vuelta, pero había vacilación y nervios en esa sonrisa. Ella volvió a aproximarse, lenta, insoportablemente, hasta quedar a la altura de su boca, inclinada hacia la boca de Fulgor, y cuando él estuvo seguro de que ya probaba, ya tenía la sangre en la boca otra vez, sintió que le quitaron algo. Isidra, riendo con crueldad, lo retaba desde el pasillo, con su sombrero apachurrado contra el pecho. Lo tentó corriendo hacia el recibidor, alzándose con una mano los holanes del vestido negro, dejando que mirara cómo iba descalza, los pies ensuciados de tierra y de polvo, los pies dejando rastro a sangre. Este detalle enfureció a Fulgor, pues su madre siempre le enseñó que "a talón pelón nomás los gallos". Cuando su madre los sorprendía, a él o a sus hermanos, corriendo sin zapatos a través de las praderas, se apresuraba a perseguirlos blandiendo el crucifijo de pirul, que luego usaba para azotarles las plantas con una fuerza que la dejaba a ella al borde de las lágrimas, como si hubiera sido ella la azotada, y luego los hijos, con los pies escurriendo gotitas de sangre, consolaban a la madre en su llanto y en su culpa. A Fulgor le herían más estas lágrimas que ningún leño, y casi las temía más que el castigo físico: una de tantas veces, habiendo olvidado su propio dolor y viviendo de lleno el de su madre, le dijo en voz baja estas palabras, que ella, por su parte, seguiría escuchando hasta el umbral mismo del sepulcro: "es mi culpa por sangrar tan fácil...". Viendo a Isidra así, corriendo adentro de su casa como loca, sintió una ira que vino a sumarse al deseo y darle el efecto de una compulsión que era inaplacable. Quería castigarla por su falta, por haber ensuciado el suceso sagrado que era un bautizo con sus pies sangrado y descalzos, por ser escandalosa y risueña y no haberse puesto las medias, por permitirse olvidar aquellas pesadas lágrimas maternales, que dejaban larguísimos rastros de agua por el rostro de Graciela, por no tener en cuenta aquel llanto que a él le ardía, por retarlo y por no someterse, y luego, mientras empezaba a dar un paso y luego otro para perseguirla, quería que ella se riera, que despreciara cruelmente toda su solemnidad, que se riera de su miedo ante Dios, del recuerdo de su madre vieja, de su ira nacida de unos inocentes y desnudos pasos. Todo lo que nace está desnudo e inocente, la culpa de la ira no era suya, pero la recibiría con apetito. Se lanzó a cazarla, escaleras arriba, yendo tras el rastro de la sangre que corría en delgados ríos bajando por sus piernas. Una enredadera de sangre que él podía oler sin necesidad de mirarla. Ella corrió pisando y manchando los holanes, con el sombrero apachurrado contra los pechos, y el eco de su risotada rebotando en las paredes. El eco de sus pies descalzos también reverberaba y retumbaba en la madera de la casa, como si afuera un pie gigante le estuviera dando de patadas. Quien hubiese llegado en ese momento a Estrella de los Güeros habría sido partícipe y testigo del escándalo y nada más que del escándalo festivo y bautismal. Ruido de meseros que gritaban instrucciones, y de hombres que, de haberse conocido hace dos horas, ya se juraban lealtades perpetuas, y relinchos que se levantaban, enseñoreados, por encima de las voces, y el violento rasgueo de las guitarras. Todo aquello era la sangre circulante de la fiesta, pero el corazón estaba más adentro, en una habitación sin luz de antorcha ni candil. Corazón pesado y en penumbras, con el aire caliente y espeso, cargado con olor a cuerpo que sufría una fiebre. Adentro de esta oscuridad, Isidra Cruz está brincando encima de Fulgor García. Él apenas si se mueve y respira, y cuando parece que el placer lo obligará a gemir, ella le cubre la boca con sus manos, ahogando el ruido antes de que nazca. No puede mirarle los labios, pero siente la sonrisa abrirse abajo de sus palmas, sus ojos verdes y grisáceos enflacar. Ella sabe que él está sonriendo y le sonríe, la oscuridad no deja que lo vea pero ella sabe que sonríe y aplasta con más ganas la sonrisa de él. Isidra endereza la espalda y lo espolea, cada vez más recio, acordándose de lo que es el cabalgar y sentir sacudirse entre sus piernas una vida bronca y musculosa, varonil, sanguínea, expansiva. Fulgor vuelve a hacer un amago de caricia y ella aplasta sus manos con sus manos, frenando el bamboleo de sus caderas, enfatizando el ritmo al que su cuerpo engullía el de él.
—Ful...gor, Ful...gor...
Lo dice con el hilo grueso de su voz, tensado por el éxtasis. Lo dice con el nudo de su cuerpo tenso. Y aunque se le corte el nombre a la mitad, no decae la fuerz con que lo pronuncia. Él le responde con las manos, zafándolas de las de ella, haciendo lo poco que puede por acariciar exasperado sus caderas, la parte donde las caderas empiezan a ser muslos y las manos a ser caricias. Respira como el animal que siente la trampa cerrándose sobre su carne, un angustioso alivio . Intenta caricias, intenta dibujar un rastro de profundos círculos sobre su piel...que ella aplaca luego luego con sus manos otra vez. Al haber quedado libre su boca, por un instante, Fulgor aprovechó para decir:
—Chilaa...qué rico es tu amor...qué rico amor.
Isidra eleva su gemido hasta lo más alto del aire, gutural, casi gruñendo de dolor, dolor pleno y satisfecho; él entiende que ella está cerca del borde, que cada movimiento va poniéndola más cerca. Siempre empezaba caminando despacito hacia la orilla del placer, temerosa y asomándose hacia el fondo. Pero a medida que el calor iba creciendo en ambos cuerpos ella ya no caminaba, la prisa le entraba por las piernas y caderas, seguía por los muslos sudorosos, salía través de su garganta en gritos que espantaban y excitaban a Fulgor a un tiempo. Isidra se quedaba suspendida, indecisa entre la tierra firme y el vacío, sintiendo las oleadas escalofriantes que ascendían desde el vacío, el peso entregándose a la gravedad, la caída libre adentro del placer,
vórtice espiral de aguas oscuras, como Caribdis en la octava hora, como la primera hambre de Caribdis. Isidra intuía sensorialmente este océano que bullía en su sangre, en su agua. Presentía con telúrica omnisciencia la hondura de su alma, la variedad de oscuridades enroscadas a las raíces de su alma. Presentía su oscuridad y se disponía a alumbrarla, a dar su oscuridad a luz con la lumbre de su hombre. Pero en este momento crucial, algo sucede en la otra sangre. Otra clase de temblor. A Fulgor le sucede que la sangre se le va de donde más tiene que estar. La sangre huye. Hundido bajo el peso del éxtasis femenino, él apenas si lo nota. Intenta no notarlo. Pero ella no puede engañarse. Siente el sexo marchitarse entre sus piernas y acelera, sacude las caderas con violencia, segura de que todavía podrá alcanzar el cosquilleo. Se aferra a su menguante masculinidad. Brota una chispa chiquita, apenas alumbrando las profundidades de su vientre, y ella se arroja hacia el lugar del cual salió esa chispa, porque salió de una profundidad, de otro fuego ha de haber brincado, de una lumbre más grande y caliente, más honda. El pene continúa encongiéndose exprimido por el utero. Ella ruega, implora, reza por un segundo más, tan solo otro más le bastará para encontrar la lumbre grande. Él, igual de silencioso que al principio, pero ya consciente de lo que sucede, reza exactamente por lo mismo. Y cuando la fe de ambos se encuentra sobre el aire que los dos respiran, espeso de electricidad, una mancha de luz escandalosa se derrama sobre la ventana de la habitación. Isidra, desilusionada, se derrumba sobre su marido. Tiene los ojos al filo del agua y quiere mirarlo a él con esos mismos ojos, quiere que mire que quiere llorar, no como reclamo, no como castigo, sino como evidencia de que él puede, que todavía después de tantos años, él puede llevarla al borde del orgasmo y de las lágrimas, y dejarla parada en el borde mirando el barranco, con el anhelo de brincar brincándole en el pecho y que a pesar de eso ella lo seguirá mirando con amor, con más amor que antes de mirarlo. Quiere sorprenderlo con su comprensión, con su ternura. Eso le quería decir Isidra con los ojos. Pero Fulgor se levantó en cuanto miró la mancha. Tras ella vinieron las voces ruidosas, los gritos, el tumulto de que algo estaba sucediendo afuera, más allá de la prisión de sangre de su cuerpo y de su casa. Isidra mira el encuerado cuerpo de su esposo, que el sudor hace resplandecer. Mira la mancha de luz mancharle los contornos de las nalgas, el relieve suavemente delineado que le abarca la cintura, el suave juego de los músculos simétricos, moviéndose debajo de la piel que hay en su espalda. Isidra mira todo esto y siente que es hermoso y que lo ama. Pero a pesar del deseo, desde el cual lo mira, no puede ignorar el hecho de que su silueta sigue estando triste.
—No friegues...
Ella, con todo y el frío, no se recoge el cobertor sobre los pechos mientras la mancha crece en tamaño y luminosidad. Fulgor se apresura a vestirse, sin voltearse a verla.
—¿Qué es, Fulgor?
—Se prendió el cerro...Algún desgraciado tuvo frío.
Tras ponerse las botas y, dudándolo un instante, enfundarse el revólver al cinto, Fulgor se va del cuarto sin decir palabra. Se detiene, sin embargo, un instante en el umbral, casi parece que regresa a ella, que vuelve al nido de calor y suavidad que ellos habían creado durante un instante con sus cuerpos, que vuelve a reparar y perfeccionar el nido, contra los vientos, contra las lluvias, contra los fuegos forestales. Pero Fulgor se limita a agarrar y ponerse el sombrero, que había quedado colgado al lado de la puerta. Isidra siente silencio, a pesar del ruido que entraba por la ventana y que era cada vez más...por un momento, mientras lo miraba irse a apagar el cerro que estaba ardiendo, sintió la urgencia horrorosa de decirle estas palabras: "déjalo que arda..."
Salió de la cama poco a poco, y le tomó una eternidad poner un solo pie en el suelo de madera helada, alzar su abundante desnudez y ponerla enfrente del cristal, enfrente de ella misma pero borroneada, transparentada en el reflejo, invadida por la imagen de su patio, de su hacienda, de su cerro consumido por el fuego y de sus invitados viendo el fuego, sus extraños viendo un fuego que le era aun más extraño todavía. No reconocía ese fuego como suyo, como algo de ella. Ella no lo había encendido ni notado, no la quemaba ni la alumbraba a ella. No era su fuente de luz. Y sin embargo, más allá del patio y de la barda, un ardoroso resplandor está trepando cerro arriba, y todos se estaban reuniendo en torno a él. La luz del fuego eclipsaba la casa. Ella puede verlo todo. Los peones se apresuran con los baldes llenos (el incendio se refleja sobre el agua, como si el agua multiplicara los fuegos), y los niños corretean tras ellos y los perros tras ellos. Los perros y los niños, sobre todo, sentían una reverencia extática hacia aquella masa cálida y cambiante. La rodeaban con la emoción de quien ha encontrado algo que había buscado toda su vida, pero que cuando finalmente lo encuentra no sabe qué hacer, porque no puede poseerlo. En la pista quedó una pareja, que ajena a la lumbre y a la voluntad de extinguirla, siguió bailando. Isidra se les queda viendo. Junto a ellos pasa rápido Fulgor, gritando y haciendo ademanes de órdenes, de espaldas a ella y a la casa. En una esquina del patio, confundida entre otras criadas y matronas, la India Martina sostenía al sorprendido Mayelito, a una distancia segura, para que mirara el fuego. Isidra se olvida de su hijo, que mira el fuego, y se olvida de su esposo, que se dirige a apagarlo. Ella deja que la luz le dé de lleno, alumbrándole los pechos y los brazos. Ella abre los brazos a la luz. Una lágrima gorda y brillosa se le asoma por un ojo, y aunque parece que está por caer ahí se le queda, colgando en el borde. En el agua de su tristeza se refleja la pareja. Bailan pegado, se susurran cosas, se sostienen mutuamente de caer, borrachos. Ríen. Isidra Orozco siente de repente mucho frío y, para espantarlo, se abraza a sí misma, mientras afuera la lumbre crece, tan alta como la cumbre.
II.
—Juega el jiro, ¿a que no lo juegas?
La voz de Mauricio apestaba a mezcal. Olía sus palabras más que oírlas. Agarrando su gallo negro, cuya pata le sangraba entre las manos temblorosas, Pedro García andaba sintiéndose borracho. Nunca lo había estado, no sabía exactamente qué era estar borracho. Había mirado a otros estarlo, a su mamá en los velorios (sus lágrimas olían a mezcal), a su papá cada domingo en la charriada (su sudor olía a mezcal), pero no se hacía a la idea de que eso pudiera pasarle a él. ¿Oleré a mezcal? Mauricio agitaba la mano donde estaba el caballito y lo transparente se derramaba, el gallo sangraba entre las suyas y en el suelo el rojo se mezclaba con el cristalino. Todos los primos peleaban sus gallos. Uno de ellos, nieto de la tía Agapita (no se acordaba de su nombre), el más feo, oyó lo que Mauricio dijo y de inmediato se le unió.
—¡Gallina, gallina si no juega el jiro!
—¡Gallina clueca!
El de la Tía Agapita se quitó el sombrero y comenzó a dar de golpes al suelo, levantando polvo y plumas salpicadas de sangre. Los demás gallos revolotearon espantados y eso creció el éxtasis de la bola. El primo le pegaba al piso y cacareaba. Luego todos estaban cacareando. Pedro García sintió la bola, esa bola dura pero hueca que se le ponía en la boca del estómago cada que algo no le parecía. En su hombro, sintió la mano hermana y firme del primo Sergio. Sus ojos eran igual de firmes y de hermanos, lo miraban directo a los suyos. La bola se hizo chiquita, mas sin desaparecer.
—Juégalo, Bombello, pa´ que no te digan de cosas después...
—¡Pero Jairo dice que es el gallo de guerra, Checo!
—¡Pues haz de cuenta que ya es la guerra!
—¡Que juegue el jiro o que ya no juegue!
Su rival, justo al otro lado del grupito, lo miraba sin decir palabra. El silencio satisfecho, el suyo y de su gallo, un animal recio y güero, sin apenas un rasguño, hizo que la bola volviera a hacerse dura. Pedro hubiera preferido cualquier burla, hubiera preferido ser humillado, pero ese quedarse callado, ese reírse con los ojos mientras lo veía... miró de reojo a su Pinto, negro de abolengo y renegrido por la sangre, moviendo sin ganas una de sus alas, zangoloteando una pata en espasmos. Estaba muriéndose, pero estaba hermoso. Estaba embellecido por su muerte; el negro lustroso, el pico como larga brasa de carbón, la cresta crecida y gallarda, estirada por toda la tensión. Pedro García sintió que el corazón se le arrugaba. Su papá le decía a aquel animal, de apodo: el gallo de luto.
—Voy por el jiro, pues.
Y mientras se daba la vuelta para ir a traer el gallo jiro, tras haber dado unos pasos más allá del rendondel, sintió un asco insoportable hacia la suavidad pulsátil que sus manos agarraban, sintió asco de estar sosteniendo una muerte. Aventó al Pinto, el sangrante, se lo dió a la oscuridad de más allá del patio iluminado por candiles. El gallo ni siquiera hizo por revolotear. Los primos habían organizado su guerra de gallos en una sinuosa contraesquina de la hacienda, desde la cual se miraba la sombra enorme y aérea del cerro frente a la Golondra, y aunque donde estaban casi no llegaba luz, había la suficiente para que se vieran entre ellos, y a sus gallos pelear hasta matarse. La luz, sin embargo, no alcanzaba para iluminar al Pinto. El Pinto no podía saber que se moría. Jamás se enteró de que lo habían matado. No podía relacionar al otro gallo, aquellos golpes, aquella navaja, aquellas luces dando vueltas en sus ojos con todo lo que estaba dejando de sentir. Sólamente fue dejando de sentirlo todo. Y al final sintió como si todo el mundo y todo el tiempo fueran nada más la oscuridad adentro de la cual dejaba de sentir. Pedro enfiló hacia las galleras. Pisaba recio la tierra, con terror, temiendo que en cualquier momento fuese a abrirse y a tragarlo y él pisara para reafirmarse en su dominio sobre ella con sus pasos firmes. Él estaba arriba, la tierra abajo; la tierra estaba abajo porque él estaba arriba, siempre siempre seguiría siendo así. Seguía sintiéndose borracho. Los gallos estaban guardados atrás de la casa y antes del mezquite. El jiro en realidad no era suyo de él, sino de Jairo, su hermano más grande. Jairo le había puesto, cuando lo hallaron renqueando de una pata en la feria de San Juan de Los Lagos, "Sacristán", porque era de plumaje enorme pero cuerpo flaco y se movía con elegancia, y mataba también con elegancia. Lo había visto desgarrar las crestas de campeones regionales de Colima, de Aguascalientes y de Guanajuato, sin el frenesí sangriento que es propio de las sangres calientes, de todos los gallos criados para el duelo. Lo del Sacristán no era crianza ni raza, sino instinto. Tenía un plumaje rubio que caía desde su rostro como un hábito cubriendo el resto de su cuerpo, negro por entero. Las patas, largas y afiladas, le daban el aura de una gárgola caída que extrañara las alturas. Una pequeña gárgola cuidando su rincón de oscuridad, todo en ese animal tenía un aire señorial, un aire de dueño de las cosas, de criatura que ascendió y volvió a caer entre sus posesiones. La puerta estaba asegurada nada más por un alambre alrededor en un clavo ocre por el óxido, como cubierto con manchas de sangre muy vieja. En cuanto Pedro asomó la cabeza, lo miró desde la oscuridad, sus dos pequeños ojos refulgiendo. El gallo alzó su cuello y lo inclinó hacia él. La gallera olía a sangre.
—Ya es la guerra, Sacristán....—murmuró Pedro García, mientras que sus manos todavía teñidas por el rojo acunaban al jiro.
Mientras regresaba al pequeño anillo conformado por sus primos, Pedro hizo un esfuerzo enorme por no voltear a ver la oscuridad a la que había aventado al Pinto. Se preguntó, como de pasada, si continuaba agonizando, si ya había exhalado su último suspiro Los primos parecían aun más borrachos, aunque nada más se había ausentado unos minutos. En el mismo lugar que estaba antes, su rival le hablaba a su gallo de cerquita, acariciándolo y ajustando la navaja al espolón. Ni siquiera volteó a mirar a Pedro cuando este apareció acunando al majestuoso Sacristán. Sergio sacó de su bota una pequeña navaja en forma de medialuna, enfundada en un trozo de cuero, se la entregó a Pedro y este comenzó a amarrarla con cordel al espolón del gallo que era de Jairo. Pero algo pasaba y él lo estaba sintiendo. Mientras el gallo rival se mostraba sereno y centrado, el Sacristán, no acostumbrado a las pequeñas manos de su nuevo peleador, se removía rebelde y picoteaba al aire, recogía las patas, las hacía chiquitas...
—Ayúdame, canijo...—le susurró Pedro a Checo. Este intentó, sin más éxito que aquel, tranquilizar al Sacristán acariciándole el buche y la cresta. Finalmente, sudando a ríos y temblando de los dedos, Pedrito consiguió amarrarle la navaja. El gallo cacareaba con un canto chillón.
—¡Vean, vean, el gallo es igual de gallina que el gallero!
Pedro se mordía los labios. Sergio se debatía entre unirse al coro de las risotadas y seguir mirando a su primo, dándole una mueca que quería ser sonrisa y a la vez disculpa por estar sonriendo. Eligió reírse. Se tronaba los nudillos, mirando al inquieto Sacristán.
—Cuidado que no venga Jairo...—dijo uno de los primos, volteando encima de su hombro.
—No va venir...está con la Orozco, yo los vide allá por el barbecho—dijo otro.
Un muchacho apenas más grande que Pedro se adelantó hacia el centro vacío del círculo que formaban los allí presentes. Abocinó la voz entre las manos y gritó:
—¡Galleros, están oyendo ustedes al Sentenciador! Y la sentencia es... ¡que la gresca sea a talón pelón! ¡Con los fierros al aire!
Pedro sintió la bola dura del estómago volverse hueca, un hoyo. Sintió vértigo.
—No friegues, Secundino...
—Es de Jairo el jiro...
—Si lo mata el otro...
— ¡Pues que lo mate primero!
—¡No va a dejarse matar!
— ¡Qué caliente se puso el palenque, señores!
—¿Con quién te va a ir peor, Bombello, con el Jairo si pierdes, o con ellos si te rajas? ...
—Checo... como si no te acordaras de quién soy... ¡va a talón pelón!
—¡Hasta que el gallo apareció!
Todos le corearon su coraje. Todos a excepción del Sacristán, a quien el escándalo le dio más nervios. Pedro careó a su animal frente al otro, se enfrentaron agarrados en el aire. El rubio rival era como si ni lo viera. El Sacristán cacareaba, aterrorizado. Lanzó un picotazo a la mano del gallero contrincante. Este se hizo para atrás del susto y aflojó la presa sobre su animal. Batió las alas. Cruzó el aire que lo separaba del Sacristán. Este se soltó y los dos, al centro de un terrozo nubarrón, se encontraron. La bronca se volvió cuestión de sangre. Volaban las gotitas explotando desde el centro de la nube y era difícil de decir cuál de ellos las sangraba. Pedro miró con espanto cómo las gotitas salpicaban las espuelas de sus botas. El hoyo en la panza. Pesado. Brincó para atrás. Sergio abanicaba su sombrero para espantar al polvo. Todos contuvieron el aliento porque estaban intentando ver. Vieron al Sacristán revoloteando bajo el espolón del Rubio, cuya navaja todavía estaba cubierta por la funda. Pero las heridas no eran de navaja. Goteaba el rubio de su pico, el Sacristán, hecho bolita a sus pies, tenía húmedas las plumas. Ahora estaba quietecito, recibiendo cada picotazo sin instinto de defensa. Ahora estaba muerto. Pedro se acordó al ver esa imagen de lo que siempre le estaba diciendo Jairo, que el gallo es un reflejo del gallero, que el gallero le presta sus bríos al animal para que se pelie en su nombre... Sergio corrió a separar el cadáver del Sacristán de su adversario, para que Jairo tuviese algo que enterrar. El Rubio se paseó soberbio al centro del anillo, con la cresta y el pico en alto. El rival volvió a sonreírse, sin escándalo, sin presumir de su victoria. Tomó a su animal con cariño y le dio de caricias. Solo entonces se atrevió Pedro a mirarlo. Ni siquiera era primo suyo, ni familia, era hijo de uno de los peones, lo había mirado varias veces, jugando sobre el suelo del establo a la gallina, saliendo siempre con la mano ilesa, mientras que el resto de muchachos regresaban con los dedos rojos por el sangrerío. Nunca presumía, aunque era el que ganaba siempre. Pedro entendió todo esto en un segundo y se sintió varias veces vencido.
—A puño limpio.
—¿Eh?
—Tú y yo, en vez de gallos, tú y yo, a mano limpia.
—Ya déjalo, Bombello, ya nadie va a decir que te rajaste...
—¿Y qué van a decir? ¿Que me ganó el entenado de mi esclavo?
—No friegues, Pedro...
Y el silencio fue haciéndose grande. El vencedor alzó los ojos desde el suelo, poniéndolos encima de los de Pedrito.
—¿Cómo me dijiste?
A Pedrito le temblaba la mandíbula.
—¿Y cómo quieres que te diga? Ni tú sabes quién te parió...no tienes mamá, y tu papá es esclavo de nosotros. Todo mundo lo sabe..
El hijo del peón se levantó de donde estaba. Su gallo parecía haberse dormido entre sus brazos. Pedro temblaba. La única cosa que quebraba aquel silencio duro era la suave agonía del Sacristán. Pero igual que el Pinto, acabó de morirse sin que nadie lo mirara ni lo oyera.
—Yo seré un entenado, Pedrito, pero lo que vienes siendo tú, eres menos que nada, y tú sabrás qué cosa es pior.
Pedrito apretó los puños.
—¡Címbralo, Pedrito!
—A ver si al Jairo le cantas las mismas, igualado...
—¡Acicátalo, Cipriano! Ya te dio el derecho.
—¿Y pa qué? Correlón como sus gallos ha de ser...ve a esconderte atrás de tu carnal... veinticuatro. Todo mundo lo comenta. Te la vives arrastrado atrás de Jairo, como si fueras su sombra. Una sombra es lo que eres.
Pedrito escondió los dedos en su puño, rugió arrojándose a él. El anillo alrededor volvió a cerrarse. Apenas tuvo tiempo Cipriano de arrojar a su animal. La derecha de Pedrito conectó con su quijada, pero esto lo hizo perder el equilibrio. Cipriano, tambaleando y escupiendo sangre, lo agarró del brazo y le pegó un jalón, cerrándole los ojos de un codazo. Pedrito sintió el cielo darle vueltas desde el piso, sintió que todo el cielo iba a venirse encima suyo, que las estrellas iban a aplastarlo. Lo que pasaba es que estaba llorando. Tenía encima del cuello la rodilla de Cipriano.
—Y vuelve a decirme entenado, ¡veinticuatro!
Los meseros, que eran de los únicos adultos que pasaban cerca de ellos por tener que dirigirse a la cocina de la casa, apenas se volteaban a mirarlos, aunque uno que otro sí mirara, de reojo y como sonreído, preguntándose en voz baja: ¿dónde andarán los patrones? Unos mariachis que descansaban la voz con mezcales, sentados a poca distancia sobre unos bancos largos de leña, reían y brindaban a la salud del vencedor. El círculo de primos celebró a Cipriano, quien tampoco esta vez se creció frente a los vítores. Sergio se adelantó para levantar a Pedrito, quien todavía lloraba, con la cara manchada de sangre y de tierra. Se iba a acordar para siempre de aquel sabor en lo profundo de la boca, tierra empapada en su sangre. Escondió los ojos en las manos, luego empujo a Checo.
—Ya Bombello, no te ardas, ya pasó...
—Aprende a perder, primo.
Cipriano, sin decir una palabra y sin voltear a ver a nadie, se alejó lentamente del círculo. Pedrito se sentó sobre la tierra ya tranquila, mirando entre sus piernas a un hermoso gallo muerto. Ya no se sentía borracho, sino ido, ido simplemente. Nadie le prestó atención y las bromas siguieron a gritos. Uno de los primos grandes, también de los de Agapita, sacó de dios sabrá dónde un botellón de José Cuervo, otro se sacó los caballitos, y así el torrente alcohólico siguió su curso. Pero cuando le llegó el turno a Pedrito, este agarró la botella en vez del caballito que le estaban ofreciendo. Salió corriendo más allá del círculo, más allá de la luz, en dirección a la sombra del cerro, a la oscuridad que rodeaba la hacienda de la Gran Golondra. Sergio todavía alcanzó a gritarle:
—¡Ya déjalo, Bombello, ya no te ardas tanto!
—De seguro que mañana se le olvida.
III.
—¿El mañana qué, Jairo? Yo te estoy mirando ahorita, yo te estoy tocando ahorita, no mañana ni pasado. Yo te quiero porque estás enfrente mío. No voy esperar a que se cumpla nada... no vas a tenerme en la espera ¡yo te amo ahorita ya! No hay caso en esperar, si ya eres mío, si ya somos nuestros, ¿por qué no ser francos con Dios Padre? Y con nuestros padres... Amamos, no es pecado si estamos amando. Yo siento tu amor de tan cerquita, Jairo, lo toco, lo escucho. ¿Puedes tú tocar mi corazón? ¿Sientes cómo te golpea en la mano? Te pega de amor, Jairo, porque te quiere.
La luna coloreó sus ojos zarcos y los hizo grises. Los labios no paraban de temblarle pero no por eso ella paró de hablar. El viento alborotaba la copa del sauce, y el rumor de las ramas se llevaba el del bautizo, aislándolos en otro mundo. Un enorme tecolote, silencioso los veía desde lo alto. Jairo se sentía en un mundo aparte. No estaba en la hacienda, no estaba en el festejo de su hermano Mayelito. No estaba en Jalisco. Estaba en otro mundo con la noche azul y con el cielo verde, y todo lo que nada más se oía era la voz de su Anastasia, tan presente que llenaba todo el aire. Así, cuando ella se calló, sintió como un silencio enorme que enterraba toda la tierra. Las palabras le bailaban en la boca. Él jamás había sido el mejor con las palabras. Pero ella no estaba pidiéndole palabras, sino algo más, que vencía a las palabras.
—Yo también te quiero ahorita, Tacha...pero entiéndeme, haz la lucha de entenderme, no es tan fácil, no es nomás decir y hacer...
—¡Sí es decir y hacer, Jairo! Ellos nos han visto juntos, desde que somos unos niños nos han visto. ¿De qué iban a espantarse? ¿crees que no sospechan nuestros sentimientos? No me interesa si ya tienes casa, si ya tienes dinero, si ya tienes futuro... no quiero en ti quien me mantenga, sino quien me quiera. ¿Puedes quererme? ¿o acaso no merezco que me des tu corazón? Dime si no lo merezco, y te juro que desaparezco para siempre...
—¡Tacha, qué cosas dices!
—Las que tú no eres hombre para decir, me obligas a que las que diga por ti. Porque si nadie las dice, nuestro amor puede morirse.
—¡Pues te amo, te amo, claro que te amo, ayer y hoy y mañana te amo!
—¡Pues pídeme, pídeme a mis papás, pídeme para casarme!
—¡Te voy a pedir, Tachita, mañana mismo me encamino para Jalos! Te voy... te voy a pedir para mi esposa.
Jairo le besaba con pasión el dorso de la mano. Volvió a mirarla. Sonreía.
—¿Y si te dicen que no? ¿Me robarías?—en ese momento su tono cambió, se hizo grave, espeso, oscuro, y los escalofríos rercorrieron a Jairo de arriba a abajo, de adentro hacia afuera—Sé verdadero conmigo, ¿me robarías, Jairo? Yo me dejaría robar por ti, es verdad, es verdad y no me importaría nada...
—Tacha...
—Dame un beso en la boca. Que dure. Dámelo.
—¡Tacha!
—No me robarías, no me robarías porque eres un buen niño. Me respetas. Tiemblas si mi boca se te acerca. Te tiembla mi nombre en los labios. Mi chiquito, mi Jairo precioso, mi niño que se porta bien...
—Tacha...
—Jairo, mi chiquito tan precioso, por eso te quiero, porque eres bien portado, pero yo no sé cómo portarme bien. Prométeme que vas a ser mi niño bueno, aunque yo no te prometo serlo...
—Ta...
Tacha lo jala hacia él. Jairo siente que en su mundo aparte ya no hay aire, que se acaba cuando intenta respirar. Y cuando piensa que ya no aguanta, que va a ahogarse, que se asfixia, ella le convida de su aire y lo respira diferente, desde adentro. Como si inhalara de la boca de la vida. Las manos encuentran las manos, las caderas empiezan a buscarse. Jairo le roza los brazos, sintiendo cada vello que se eriza, se los roza muy despacio, como con miedo de herirla, pero con ganas de herirla, de aferrarla. Y él se debate entre ver el fuego o aventarse a él. Pero cualquier decisión queda de más, porque su cuerpo y el de ella ahora se inclinan hacia el fuego, se derrumban y el encuentro de los dos derrumbes los detiene de caerse, los sostiene enfrente de la lumbre. En las alturas del sauce, el tecolote ulula y se aleja, batiendo con pesar sus alas. Ellos no le prestan atención, se están besando. De repente, al intentar jalar del aire de la vida, algo interrumpe el perfume. Es humo. Huele a humo. Y más allá del bautizo, más allá de la casa, la lumbre del cerro aledaño, alumbrando el cielo la noche. Jairo abandona el beso a la mitad y Tacha se voltea hacia donde él está mirando. Empiezan poco a poco separarse.
—¿Es con ustedes la lumbre?
—No... es el cerro que está enfrente, pero si no la apagamos...
Y entonces los dos vieron la pequeña sombra que corría hacia ellos. Corría como herida de un pie, dando brinquitos. La pequeña sombra fue haciéndose grande, la sombra de Pedrito que corría para con ellos, con alma que lleva el diablo. Jairo dio unos pasos hacia él y cuando estaba por hablarle Pedro se le fue encima, se le abrazó espantado. Jairo lo sostuvo sin saber qué más hacer.
—¿Qué paso, Bombello, te espantaste de la lumbre?
Jairo sintió un temblor adentro de su hombro. Pedro lloraba con los ojos escondidos en su abrazo.
—Bombello, ey, dime qué pasó, ¿mis papás están bien? ¿qué te pasó en la pata? ¿por qué venías renqueando?
Jairo miró preocupado a Anastasia, que ahora dividía sus ojos entre el fuego y los hermanos abrazados.
—Yo lo maté, Jairo, fui yo...
—¿Tú qué Bombello, a quién?
—Fui yo, Jairo...
Jairo miraba en la distancia las pequeñas sombras de los peones que corrían cargando baldes hacia el fuego. Los miraba abanicando sus sombreros, pasándose de mano en mano el agua. No eran individuos más allá de sus siluetas. Eran un extraño y discontinuo cuerpo que corrían hacia el fuego con las manos sosteniendo agua. Comparó el tamaño de la lumbre contra el de las sombras, y sintió un escalofrío que le bajaba por la espina. Pedro lo abrazó con una fuerza impropia para un niño de tan solo 9 años.
—Fue sin querer, Jairo... ¡Fue sin querer!
El llanto no tenía como salirle de los ojos; los tenía apretados.
LA QUEMA DEL CASTILLO.
I.
Jairo abría temprano los ojos. Últimamente se levantaba antes que el sol. Sentado de cara a la ventana, con la cobija echada encima del regazo, sudaba escalofriado; había soñado fuego. Tacha le había dicho que uno sueña según cómo duerme. Que si uno dormía destapado y sin ropa, a lo mejor soñaba que llovía, que granizaba, que nevaba. Jairo arrastraba una calentura de días, y se dormía tapado y arropado. Le había dicho su tía Patrocinia que aquella era la manera de "sudar la fiebre" El grueso edredón envolviendo su fiebre. Soñó que el sol empezaba a caerse, a caer hacia la tierra. Pero no era una caída de repente, era como un globo que se fuese desinflando, flotando lentamente desde el cielo hasta el suelo. Y él podía mirar cómo se hacía más grande y más rojo a medida que venía, notaba el fuego hacerse sólido y la piel sudarle... Estaba acostumbrado a oír cómo empezaba el día, con las aves arrancándose las plumas viejas en sus nidos, sacudiendo con sus alas el rocío que había en las hojas, y a los gallos canturrear una alabanza al nuevo sol. Pero esa mañana, febril, sólamente escuchó el ruido de su propia sangre, yendo y viniendo por sus sienes. Se las estuvo masajeando suavemente, esperando la luz. Cuando sintió su caricia en la cara, la tierna y tibia mano de la luz, dejó de escuchar solo su sangre y empezó escuchar el mundo. Pero siguió pensando, toda la mañana, en la enorme estrella roja de sus sueños.
Tomó el rosario que colgaba siempre en su sombrero antes de acostarse, lo tomó y examinó las cuentas, cada perla que brillaba. Las estrujó y empezó a murmurar
—Señor, yo amo tu creación...confío en la confusa perfección de lo que has hecho; estoy enamorado de tu obra. Amo que siempre vienes a buscarme cuando no quiero salir. Cuando pienso que no hay mundo al cual salir y tengo miedo...señor, yo hice la lucha, pero no puedo no amarte, y aunque no pueda ser digno de tu amor, aunque mi amor esté pálido y flaco al lado de tu amor, yo te lo ofrezco, mi Dios, yo te lo doy... pues aparte de este enorme enorme corazón que avienta sangre nada más por ti, yo no soy otra cosa que pellejo...
Al terminar se persignaba. No lo hacía como mandaban en la iglesia, haciendo una sola cruz pasando por la frente, el pecho y los dos hombros; Jairo hacía una triple cruz. Una en la frente, otra en la boca y una última en el pecho. Cuando su madre vio eso por primera vez, al término de una misa por las pascuas, de inmediato reprendió al pequeño Jairo, pero el padre Torrente, por entonces apenas sacristán, curioso, se les acercó y le dijo a Isidra.
—No lo reprendas por eso, Isidra. Tienes que dejarlo ser. Los niños entienden a Dios muy a su modo. Los adultos tenemos nuestro Dios, y queremos que sea el mismo que el de ellos, pero eso no se puede. Nosotros estamos cansados, cargados de espaldas, agotados por el peso de la vida...y ellos apenas levantan los ojos, sin peso. Déjalos que vivan a su dios a su manera.
En Jalisco la luz se iba tarde y volvía luego luego. Fue hasta la cama donde dormía mayelito, agarró la pluma de gallo que adornaba su sombrero y le hizo con ella cosquillas en los párpados. Maye los abría uno a la vez.
—Ya levántate, Jilguero, ya mero viene el sol...
Serían eso de las 4 y Jairo ya iba y venía por los establos, con los baldes espumosos derramando leche bronca, y su hermano detrás suyo. Pero si Jairo andaba rápido y preciso, Maye contemplaba todo, aquí y allá se detenía a hacerle plática a las vacas, les preguntaba cómo habían dormido, y qué se sentía que les quitaran su leche... saludaba a las gallinas, registraba el crecimiento en el pelaje de los becerritos...así con todo, de alguna manera, no se apartaba del lado de Jairo, siempre lo estaba siguiendo, aunque se tardara en alcanzarlo, como una sombra tardía.
—Oye Jairo, ¿y a las vacas les gustará vivir aquí? A lo mejor se quieren cambiar de casa a otro rancho...
—¿Ah, sí? ¿Eso te dicen cuando les platicas?
—Es que es por sus ojos.
—¿Qué dicen sus ojos?
—Como que quieren ver algo que sea más diferente...
Ahora Jairo rellenaba el largo comedero, quebrando en puñitos las pacas de paja. Maye recogía las hebras que caían al piso y las volvía a meter al comedero.
—Pues mira, Jilguerillo, al rato que vayamos a lazar al toro tinto, también nos las llevamos a pastar para que miren otras cosas, ¿o qué?
—¿Pero no les irá a dar miedo el toro?
—Nombre, ¡al contrario! Van a andar rete-contentas...
—¿Por qué te ríes?
—Por nada, Jilguerillo.
—A mí no me da risa que digamos eso de la nada...
En la distancia, por la puerta grande del establo, se veían surgir de sus casuchas los peones. Las estructuras, de adobe y nada más de un piso, se esparcían sin orden en las periferias de la hacienda, desde donde las lumbradas exhalaban por las tardes una empalizada de franjas de humo, como una reja de neblina que contuviese el cielo más allá de los dominios de la Gran Golondra. Detrás de las casuchas, ominoso, inagotable, el verdor del cerro, renovado cada abril, escondía la tierra que en algunas partes, en los días con sol, se miraba chamuscada todavía en recuerdo del incendio. A los García no les costó olvidar el fuego, pues siempre estaban llegándoles preocupaciones nuevas que ocupaban las de ayer. Pero los peones no vivían en esa vida a la que siempre están llegando corrientes distintas, que alteran el curso principal de la corriente y obligan a quienes viven inmersos en ella a replantearse su existencia, a improvisar maneras de ser y vivir. Los peones recordaban, valoraban la memoria y con ella el pasado, y cada lumbrada que hacían, arrimados en torno a la lumbre, se acordaban de Epitasio López, padre del niño Cipriano, abrazado por las llamas del incedio mientras intentaba rescatar al patroncito Pedro. Aun con todos los años de distancia, nadie se había atrevido a pronunciar la acusación en voz alta, pero esta hervía como una intución poderosa y salvaje en el lenguaje corporal de los trabajadores. Vivían la mayoría de ellos en la orilla occidental de la Golondra. Al amanecer, como en esa ocasión, se les veía hacer fila en los abrevaderos, lavándose los restos de la cruda con el agua helada. Se arrodillaban para zambullir la cara y luego la sacaban de repente, gritando entusiasmados por el golpe de frialdad del agua. Mayelito los veía como atontado.
—Mira, Jairo, ¿por qué le hacen así? ¡Se creen vacas!
Jairo los miraba sin dejar de trabajar y se reía muy por lo bajo.
—Pues casi casi, ¿no?
y Maye se reía muy por lo alto.
—¡Ya nada más falta que les saques a ellos la leche!
—¡Ora pues Jilguerillo!
Y Jairo se agarraba a Maye a sombrerazos.
—Ora nomás por alburero, te vas a quedar sin pajarete.
—¡¿Pero yo qué dije?!
—¿Sabías que tú también le hiciste así cuando te bautizaron?
—¿Le hice cómo?
—Pues como vaca, menso.
—¿Como vaca?
—Mis papás te arrimaron a la pila del agua bendita, estabas llore y llore, y te zambulleron la cabeza, y cuando la sacaste habías dejado de llorar, tenías los ojos pelones pero ya no tenían lágrimas. Y le hiciste igual como las vacas para sacudirte el agua de la cara.
—¿Eso significa que las vacas están bautizadas?
Jairo le revolvió los rulos y se puso a ordeñar la última res que faltaba. Tras unos minutos, que Maye aprovechó para sacar su libretita y dibujar el sol saliendo por detrás del cerro, la vaca quedó finalmente exprimida. Y Antes de sacarla al corral grande junto a las demás, se alcanzó un jarrito de barro y comprobó que estaba limpio por dentro.
—Pásame tu jarro, pues. Y el alcohol y el chocolate.
—Y el mazapán...
Maye dejó su dibujo y se acercó hasta una mesita junto a la entrada del establo, apenas alcanzando su jarrito, el vidrio grueso del alcohol de caña y el saquito con el chocolate en polvo.
—¡Mira, Jairo, ya alcanzo el chocolate!
—Vas a estar más alto que mi apa, hasta más alto que yo...cuando estés más grande y te mire, voy a tener que mirar para arriba. ¡Te voy a tener que gritar pa que me oigas!
—Pues mejor me quedo así chaparro. No me gusta que me griten.
—¡PÁSAME TU JARRO, PUES!
—¡Que no me gusta que me griten!
—¡¿CON ESPUMA O SIN EMPUMA?!
—¡CON ESPUMA HASTA QUE SE DERRAME!
Jairo tomó de sus manos el jarro de barro, le vertió un chorrito de AGAVE BRAVO, un puñito de café y otro de chocolate, oprimió los bordes de las ubres de la Lupe suavemente, jalando hacia bajo. Pronto burbujeaba leche bronca humeando tibia en el pequeño jarroncito chiquito. A Maye los ojos le brillaron, tomando el pajarete entre sus manos. En eso entraron dos peones al establo, venían con los sombreros en la mano y con los ojos agachados, viéndose entre ellos constantemente. Cuando estuvieron cerca de ellos, Maye los miraba con curiosidad, mientras que Jairo, simplemente, les hablaba desde encima del hombro.
—Buenos días, Manolo... Cipriano.
—Este, buenas, Jairo... patrón. Le traíbamos lo del mes por la tierra.
—¿Y ese milagro, Cipriano? todavía es temprano en el mes.
—Patrón, usted sabe que el maíz se ha dado, y pues salió para con qué cubrir las cosas.
—Eso es bueno, Cipriano, la mano de Dios es la más grande.
—Sí, eso se sabe, este, y pues, también veníamos a decirle que...
Cipriano y Manolo se miran incómodos, ninguno se anima a decir lo que quieren decir. Finalmente, el primero suelta:
—Que si nos dejaba agarrar de su vaca, pa los pajaretes y pa los chamacos...
Sólo en ese momento, Jairo se voltea para mirarlos a los ojos. Vio que Cipriano escondía una sonrisa.
—Qué pasó con la Patuda, Cipriano, ¿a poco ya se les secó?
—Pues, por ahi se dice que, pues, anda suelto un nahual...
Jairo vuelve a exprimir a la Lupe, llenando el segundo jarrón de barro.
—¿Es eso de veras, Cipriano? ¿Y de cuándo acá te meten miedo los nahuales? Yo pensaba que eras gallo jugado.
Jairo masajeaba suavemente las ubres de la Lupe, cosa que hacía por costumbre al terminar la ordeña.
—Voy a llevarles para allá otra del establo, que también le sobró leche...esta ya quedó vaciada. Agarra el dinero, Ismael, y diles gracias.
Ismael tomó en sus manos las monedas herrumbrosas y dijo casi murmurando "gracias".
—Este, muchas gracias, patrón... patroncito.
Salieron en silencio acomodándose el sombrero.
—Cipriano.
Las sombras de ambos hombres, quietas bajo el umbral, dándose la vuelta.
—Cuiden a sus animales. Son dadores, si uno les sabe pedir...pero los deben cuidar. Y me matan al mentado nahual. Pongan gente que vigile cuando sea de noche. Pongan trampas. Suelten a los perros. Averigüen quién es cuando no está transformado. No quiero plaga. Se sabe que tras uno llega el otro. Son como hormigas, Cipriano, son chiquitas, pero son bastantes, lastiman de a poco. Yo he venadeado nahuales, allá por el Arroyo Zarco había. Entre mi abuelo y yo los extinguimos. Si yo pude matar a tantos, ustedes podrán con uno solo.
Manolo y Cipriano se miraron, luego se tocaron el sombrero y terminaron de salir al campo. Jairo había esperado hasta aquel momento para sacudirse de la cara las gotitas de sudor causadas por su fiebre.
—Jairo, ¿qué son nahuales?
—Algo que no existe, Maye.
Jairo y Maye brindaron con sus pajaretes, mirando desde adentro del establo a los peones que se dirigían al campo abierto.
II.
—¡Salud, mi hermano en Cristo Rey!
El caballito del Padre Torrente, lleno hasta el borde de TEQUILA AGAVE BRAVO, derramó perlitas transparentes al chocarse con el de Fulgor García.
—¡Salud, por la memoria de Toribio Romo, y por la Cristiada de los Altos de Jalisco!
Aquellas palabras fueron celebradas por todos los presentes en La Polvareda. Hasta el cantinero, balanceándose de júbilo, brindó, mientras su ayudante destapaba otra botella. Era el aniversario de una gran batalla, aunque los presentes no podían recordar con exactitud cuál de todas las batallas era...de todos modos, los miembros que seguían viviendo habían acordado "encontrarse para hacer memoria". Había tenientes ancianos que andaban en muletas, y hombres maduros sin manos, y borrachos tanto alegres como tristes, y ex-Padres vestidos como salteadores de caminos. Desperdigados, sin intervenir mucho en la juerga, algunos jóvenes que no llegaban a los 20, recién ingresados a la Guardia Nacional Cristera, daban sus primeros y tambaleantes pasos en las viboreantes sendas del alcoholismo católico. Nada más un muchacho, algo más grande que los otros, desentonaba, sentado en una mesa hasta la esquina, mirando fijamente hacia la barra, con la mesa llena de botellas de cerveza y un cuaderno plagado de apuntes. Era el único que no pedía tequila.
—Ah qué mi Fulgor... Fulgor, yo platiqué, le hice plática al canónigo... le hablé de lo que hablamos la otra vez tú y yo, ¿te acuerdas? de remplazar el vino por mezcal en la consagración...el hijo, al cabo, es mucho más que un hombre, y su sangre, por ser pura, es transparente...
—Y ya me imagino para dónde te mandó el canónigo, Raúl—respondió riendo Fulgor, dándole un trago al mezcal. Se sentía, decididamente, mucho menos borracho que su compadre.
—Es que es un hombre del púlpito, Fulgor, cree que la palabra nada más puede leerse...pero tú y yo vivimos la palabra...llegamos a matar por la palabra.
—Esa es sangre que tuvo que correr, Raul, y si no nomás asómate a las milpas, ve cómo de bien se da el maíz...la tierra agradeció esa sangre y nos lo está pagando.
—Aquellos tiempos fueron fuegos del señor para purificarnos, para afianzarnos en la fe. Y si no conseguimos lavar la ofensa a Toribio, al menos el gobierno nos dejó dar misa por la paz.
—Toribio se fue sin rencor, Raul, se fue querido. Aquello no fue una venganza. No iniciamos ese pleito por Toribio, o no nomás por Toribio...
—No, no, ni es lo que quiero decir...pero se le extraña, y era apenas muchacho. Y a la mera hora, estuvo solo...
—¿Te acuerdas del Manotas? El que se nos fue por Bramadero.
—¡Hombre, cómo no! Si hasta me ayudó una vez a darles misa. Los federales nos podían caer por cualquier flanco, estábamos en un barranco, la luz la veíamos de lejos...era una cosa lejana, el sol... los sombreros se sentían inútiles, pero no podía faltar la misa. Estoy orgulloso de eso, Fulgor, eso nos diferenciaba. Éramos combatientes, guerreros enviados por Dios, pero nunca se nos olvidó por qué peleábamos.
—Por esto, Padre, peleábamos por esto...
Fulgor abarca con el gesto de la mano a todos los presentes en La Polvareda: las sobras de los hombres de Cañadas. Luego ambos, Padre y Compadre, se acaban de un trago el caballito.
—Ahí con permiso, Compadre, voy a cambiarle el agua al gorrión...
—Ándele.
Raul Torrente avanzó entre los borrachos hasta el pasillo donde estaban los miaderos. Fulgor lo miró perderse entre ellos. Miraba las miradas de esos hombres, con la noche colgando de sus párpados, los negros y entumidos párpados que hacía días que no se habían cerrado más que para parpadear. Todos los tenían, los jóvenes y viejos, los enteros y tullidos, los que ya no eran capaces de seguir tomando y los que apenas empezaban a tomar. Olía a hombre. Olor de sudor rancio, olor de aliento rancio, olor a sexo rancio. Fulgor miró hacia la esquina contraria en la que estaba el joven tomando cerveza, a la mesa de los "alas caídas". Eran las impotencias de Cañadas. Se diferenciaban de los otros porque usaban el sombrero en interiores, los tenían calados tapando sus ojos, y se alcoholizaban con extrema lentitud, sin hablar, sin comentar, sin mirar con atención hacia ninguna parte, sin mirarse si quiera entre ellos. Y a las meseras era como si ni las miraran, como si no existieran. Caso contrario del resto, que no dejaban pasar la ocasión de pellizcar el culo o la cadera a la que fuera que pasase a su costado. Las meseras, casi todas jovencitas, se esforzaban por seguir sonriendo cuando sentían el piquete. De repente lo sacó de su cabeza un repentino coro de chiflidos y de obscenidades. Cuando regresó a sus pensamientos, una muchacha había ocupado el banco del Padre Torrente.
—Buenas noches, Don Fulgor...—ella pronunciaba las palabras casi sin mover los labios, dejando la boca entreabierta.
—Muy buenas, Fati.
—Don Fulgor, escuché que mañana van a ir para lazar al toro tinto, que quieren llevarlo al coleadero, ¿sí es de a de veras?
—Jairo andaba con la idea, mija. Mañana se encamina pal arroyo.
—Pero los toros nada más se doblan ante hombres, Don Fulgor, y Jairo es apenas muchacho...
—Hombre, muchacho...da lo mismo si es García.
—Por las veces que he tratado a Jairo, a mí me da más vibras de Cruz...
—Por la vida entera en que he tratado a m'ijo, te aseguro, muchachita, que no hay toro que le pueda meter miedo.
—Don Fulgor, disculpe usted si mis palabras le ofendieron.
Fátima estrujaba una flor blanca entre las manos.
—Tú no podrías ofenderme, Fátima...a tu papá, por otra parte...
—¿Y qué tiene que ver mi papá?
—¿Esa flor para quién es?
—Era...ahora ya no es para nadie. Con permiso.
—Propio, propio.
Con la boca ahora fruncida, Fátima se aleja de la barra, ignorando las barbaridades que le dedicaban los presentes. Muy probablemente, de no haber sido hija de Raul Torrente, habría tenido que aguantar mucho más que unas palabras sucias. Ser consciente de esto, que ella no era digna de respeto por sí misma, sino solo en relación a su padre, y no solo porque fuera padre suyo, sino porque era el Padre Raul Torrente de la Parroquia de Cañadas, multiplicaba su ira. Antes de salir para la plaza, miró de reojo al joven de la esquina, y dejó caer la flor blanca hecha pedazos por sus manos. Aquel garabateó unas cuantas líneas rápidas, para luego continuar bebiendo. Afuera, estaba pletórica la plaza. Los borrachos deambulaban a sus anchas, mientras que las familias, congregadas como por instinto, esperaban, delante de la iglesia, la quema del castillo de la virgen. Cañadas se llenaba con los forasteros que aventaban a raudales los caminos, desde Talpa, desde Lluvina, desde Pegueros venían, sucios, percudidos por el sol y por el polvo, fervorosos, apasionados, de rodillas, suplicantes...Fátima recordaba sin querer una imagen una y otra vez, una mujer entrando a Cañadas, por el camino que entraba al Jalisco profundo, a los pueblos "que no estaban bautizados", agarrada por el brazo de su esposo, un güero enorme y sin camisa, con el pecho que brillaba sudoroso, y su mujer, la cara, la cabeza de su mujer envuelta en lino blanco, completamente invisible de no ser por el relieve de su cara abajo de la tela, el relieve de su rostro triste, el lino blanco más oscuro por los caminitos corriéndole desde los ojos, y rodeándole sus sienes la corona, la aureola de espinas que ceñía sus sienes, que le apretaba su sangre, los caminitos oscuros por donde habían pasado las lágrimas, y recordaba su pecho, el nopal que había en su pecho, una penca de nopal clavada al centro de su pecho que sangraba, y un solo oscuro camino que corría desde la herida, un camino de sangre, y abajo, sostenido por su brazo entumecido, un plato de peltre recogiendo cada gota de sangre, acomodándola en forma de charquito. Ella sostenía con esa mano su charquito de sangre y caminaba hacia la iglesia, agarrada al brazo de su hombre, encaminada por su hombre, llevada por su hombre hasta la iglesia abierta al día, abierta al sol, la resplandeciente sacristía que recibía a los suplicantes, a sus lloros y sus ruegos y sus muecas de desprecio hacia la vida, hacia su propia vida y hacia toda la vida, y le rogaban, le suplicaban que les dieran fuerza, tan solo un poco más de fuerzas para amar, para amar esta vida, esta creación tuya otro ratito, para amar tu mundo, para amar tu dolor otro ratito más, solamente para amarte otro ratito... Había, como aquella mujer, muchas otras concentradas en sufrir, en sufrir lo mejor posible, negando el dolor de sus rostros y sus cuerpos, sonriéndole al calvario de haber arrastrado las rodillas desde Jalos, desde Tepa, de haber arrastrado su sangre hasta dejar marcado el caminito que siguieron en su manda. La gente hacía aquellas mandas para rogarle a Dios. Era un gran dolor a cambio de un milagro. La economía del sacrificio era, sin embargo, absolutamente difusa. Unas personas, para pedir por una simple gripa, se azotaban en la espalda con magueyes, otras pedían por la prosperidad de sus negocios a cambio de ir descalzos desde un pueblo a otro. Las más llamativas de todas las mandas eran, sin embargo, las arrodilladas, mujeres que en el pasado habían llevado vidas que las orillaron a entregar el cuerpo a cambio de sustento para ellas y sus hijos, marcadas para siempre con el desprestigio y el odio de las buenas gentes, al menos hasta demostrarse arrepentidas arrastrándose en dolor grandes distancias. Esta lenta hilera de mujeres suplicantes reunía a su alrededor a las demás mujeres de los pueblos, las decentes, las mujeres blancas de ojos de color que nunca hubieron de vender la carne para llevar carne a la mesa, con las manos enredadas al rosario, con el rezo en la boca y con las hijas en las faldas, las llevaban a las niñas para que miraran "el lugar al que llevaba el vicio": mujeres jóvenes, saludables y morenas se arrastraban sangrantes hacia la sacristía abierta. A Fátima le entraba un sentimiento de humor retorcido al ver que, en el proceso de alzarle las enaguas del vestido para dejar las rodillas expuestas a la tierra, dejaban también expuestos los muslos, las caderas, sudorosas, tensas del esfuerzo. Las decentes, entonces, se persignaban elevando el volumen de sus oraciones, le tapaban los ojos a las niñas y las niñas encontraban fisuras entre los dedos de sus madres para intentar formularse el misterio de aquellas mujeres afligidas por haber pecado con el cuerpo. El grupo de los hombres, en el que tampoco faltaban los niños, también se reunía para mirar estas mujeres, sin disimular su hipócrita desprecio hacia las "margaritas", mujeres de moral liviana, gritaban algunos, y otros mujeres sin moral, y muchas otras palabras. Una fracción de los niños imitaba a sus congéneres de mayor edad, pero la mayoría, similares a las niñas, observaban boquiabiertos aquella expresión de profundo dolor y de vergüenza humana contra el cuerpo y el placer. Fátima miraba todo esto y sentía coraje mezclado con risa. Los murmullos como el rumor de un avispero, y la mujer que avanzaba silenciosa por en medio, una voz que caminaba por en medio, pero una voz cerrada, que se estaba guardando algo, que se guardaba adentro del silencio... Fátima la vio desde su esquina, la vio y sintió un desprecio enorme por la procesión de suplicantes, secreta desprecio hacia la ignorancia, el retraso que sentía en esos rituales, lo innecesario de tanto dolor, lo vulgar que era sufrir en público, hacer del dolor y el arrepentimiento un asunto que le atañe a todo el pueblo, pero adentro de todo su desprecio había un matiz escurridizo, una punzada en la boca del estómago que la llevaba a comparar su dolor, silencioso y sin drama, con el de esas otra mujeres: era envidia hacia la mujer del nopal que sangraba, porque pensó que al menos ella iba agarrada al brazo de su hombre, sintió envidia porque aquel no era su brazo, porque aquel no era su hombre. Pensó en Jairo García, pensó en que él pensaba en otra, una mujer con posesiones, con tierra a su nombre, con derecho a despreciar. Ella se quedaba a solas con todo su desprecio sin posibilidad alguna de manifestarlo. Nadie aparte de ella conocía el tamaño de todo su odio, el poco espacio que quedaba en ella para cualquier otra emoción menos oscura y pesada. Pensó que Jairo jamás sería suyo, y que por eso lo amaría por siempre. Pensó luego en todas las veces que se había puesto a pensar en Fulgor, el padre de Jairo. Había pensado en él incluso antes de pensar en Jairo, desde niña lo pensaba y se fijaba en él. A veces, queriendo pensar en su padre, atrincherado en su pequeña biblioteca, tembloroso, hombre de paz en medio de la guerra, terminaba pensando en Fulgor, quien lo cuidaba, quien era fuerte, quien sabía pelear... Cuando regresaron de la guerra, estrujó a Fulgor entre sus brazos, agradeciéndole, dándole cariño porque fue él el que le devolvió a su padre, él se lo llevó y lo trajo entero, y ella había llegado a guardarle un cariño de los grandes, demasiado grande como para tenerlo escondido mucho rato. Porque ella no había conocido a su padre. Él pertenecía a la sacristía, y siempre iba de blanco, y todos lo llamaban "Padre". Hizo la lucha, rezó interminables Padresnuestros, pero jamás consiguió verlo con ojos de hija. Y luego, a la mitad de su vida, la había mandado a que estudiara, a la Capital, lejos en el tiempo y el espacio, y aunque el padre Raúl Torrente le había dicho que era para darle su futuro, ella sabía que era para quitársela de encima, para poder darse entero a la iglesia, y a las madres que se lo llevaban los domingos para que almorzara en otras casas, y a los pecados que la gente le confiaba porque él sabía qué hacer con ellos. Pero era amigo de Fulgor García, habían peleado juntos cuando la cristiada. Aquello fue lo que amigó a Raúl con Fulgor. Porque a Fulgor, a los García, nadie los quería, como nadie quiere en ningún lado a los que tienen de más. Y si bien los García no eran presumidos, ni maltrataban a la gente que mandaban, no podían transparentar el hecho de que ellos estaban viviendo otra vida, una vida de abundancia, con la palabra mañana llena de significado, con la esperanza de un mañana, mientras que la mayoría vivían teniéndole miedo a ese mismo mañana, y no querían pensar que estaba viniendo, que siempre estaba viniendo un nuevo mañana. Que la Hacienda de la Gran Golondra brillaba día y noche, y eso, de un modo o del otro, acaba por encandilar a los demás. Y entonces va Fulgor, el joven y apuesto heredero de los bienes de su padre y se mete a la guerra, sin que nadie se lo haya pedido, sin que nadie haya volteado a verlo para ver si estaba pensando en meterse a pelear, llegó un día, los campesinos congregados en la iglesia, pero no para una misa, no para ningún bautizo, no en celebración de vida alguna, sino para hablar en voz alta de dar muerte, de usar la muerte para defender su forma de vivir, de mantener a la muerte en la puerta, sin que entrara, y entonces se abren los portones de la iglesia apareciendo en el umbral la sombra de Fulgor, su enorme sombra que casi eclipsó toda la luz de afuera, y que caminó con paso decidido al frente, hacia donde estaba el por entonces sacristán Torrente contabilizando las cooperaciones, y Fulgor hurgó en su enorme bolso con su enorme mano y derramó billetes de los serios en la cesta, billetes que los demás nunca habían visto, y luego se desfaja su revólver y también lo echa en la cesta, y temblaron los maderos de la bóveda porque gritaron todos a la vez de júbilo, porque el rico, el terrateniente, el dueño de las cosas, estaba de su lado. Mientras miraba la pistola entre las donaciones, el sacristán Raul Torrente volteó horrorizado a Fulgor, y tras tragar saliva con bastante discreción, le susurró: "Puedes guardarte esta limosna, hijo, porque es para los tiempos de la guerra". Fulgor, con toda la calma del mundo, le respondió, casi sonriendo y como disculpándose: "Ya es la guerra, sacristán". Desde entonces ella decidió que le agradaba, que su valentía le era necesaria, a ella y a todo Cañadas, recordaba las caras de los jornaleros, confiados como nunca se habían visto cuando escuchaban a su padre, una seguridad pletórica que su padre jamás consiguió infundir en ningún rostro que no fuese anciano, la seguridad de los agonizantes, de que los esperaba el cielo, esa era la seguridad que su padre era un experto en dar, confianza para morir, ganas de morir. Pero frente a gente viva, caliente, sólo conseguía silencios, ojos cerrados, ojos bajos, entrega, humildad forzada. Aquellos jornaleros habían madrugado para verlo y pedirle que los guiara, que asumiera el mando de la causa que se estaba levantando en los poblados. Aquí y allá los Padres se ponían a la cabeza de los combatientes sin dudarlo, como si fuera una parte más de la misa, sin pensárselo, sin sufrir decidia. Los que no peleaban habían escapado para oficiar unas misas clandestinas que eran cada vez más peligrosas porque el ejército las perseguía con saña, las castigaba con ejecuciones en el paredón, vistosas, llamativas, solemnes. Muchos soldados disparaban con el padrenuestro en la boca, llorando pidiendo perdón por atentar contra un Padre; se volvió cosa corriente por entonces escuchar, de boca de arrieros y de vagabundos, que estos soldados, antes del fusilamiento, gritaban las palabras: "Perdóname, Padre, porque voy a pecar". El padre de Fátima no perteneció ni a uno ni a otro: fue un tercer tipo, mediocre e inclasificable, y del cual apenas se dieron especímenes en el Bajío: eran los llamados "Guardias de Santos", miedosos que no combatieron ni dieron la misa a escondidas, proclamando que el camino del señor no era, de ninguna manera, "un sendero señalado por la sangre". Fátima pensaba en todo esto viendo la sangre en regueros que conducía hasta la Parroquia de Cañadas.
Una vez, mucho después de la cristiada, cuando Fátima cambiaba de su cuerpo y de su mente y se sentía aterrorizada por los cambios, arrinconada adentro de su propio cuerpo, como si hubiera de compartirlo con un huésped silencioso que actuaba como si esta fuera su casa y no la de ella, y mientras intentaba hablar con Dios acerca de estas transformaciones, escuchó a su padre y a Fulgor sentados en un patio de la iglesia, sus ecos que la iglesia engrandecía y mezclaba en un solo ruido indistinguible, habían tomado y decían cosas en medio de un patio oscuro porque no había nadie aparte de ellos dos, y ella había dormido, exhausta de rezar hasta que se pusiera el sol, dormida encima de las bancas de la iglesia, silenciosas, sin siquiera un solo aliento de una voz orando, y al acercarse a los patios de atrás, a los jardines con paredes, su padre y Fulgor platicaban, y Fulgor, lo recordaba, había dicho:
"El chiste es pelear, padre, el chiste es ir y hacer pleito con quien sea...ayer fue para tumbar un presidente, mañana es para poner a otro...no le hace en cuál bando, no importan los lados, padre, no importa el lado en que uno esté parado, pero sí importa estar peleando, y nunca dejar de pelear.. yo ya no puedo dejar de pelear, padre, después de toda aquella sangre con que usted y yo y todos regamos la tierra, yo ya no puedo dejar de pelear—de cuando en cuando Fátima veía alzándose frente a la cara de Fulgor unas serpentinas de humo blanquecino, y el pequeño brillo rojo de un cigarro consumiéndose en sus dedos—Yo lo sentía desde antes, yo siempre fui peleonero, me entraba lo bravo y era una cosa normal, ¿no? Es normal que los niños sean así. Pero aquello fue otra cosa porque no era un pleito, hubo algo diferente en mi violencia de entonces, —la luz resplandeciendo entre sus dedos estaba temblando, era una temblorosa luz—hubo miedo, miedo en medio de todo, Padre...yo supe lo que era estar espantado de algo por primera vez. Jamás me había cruzado por la cabeza que un día voy a morirme, en que me espera la tierra, la tierra de lo hondo, y en que no sé cuál día va a ser, yo nunca había pensando en el día en que iba a vivir adentro de la tierra , Padre, y temblé tanto, me decía que tenía frío, pero yo sabía que era el miedo entrando en mí, entrando por quién sabe dónde...o a lo mejor el miedo ni siquiera entraba sino que ya lo traiba dentro, desde antes, desde antes de todo, desde que nací...y fíjese usted, lo peor del caso es que no pensé en mis hijos, Padre, no pensé en mi esposa... ella tan allá en su soledad... y esto sí me lo perdona, Padre, pero ni siquiera pensaba en el Señor, ni en Cristo Rey...pensaba en mi cuerpo, me abrazaba el cuerpo lleno de miedo por mis brazos, por mis piernas, por lo frágil de mi calavera, tenía miedo por mí, por mi pellejo fácil de rasgar, tenía miedo por mí y nada más por mí, y no sabe, usted no sabe cuánto me arrepiento de ese miedo, porque, hasta el día de hoy, hasta ahorita que le estoy diciendo esto, yo no he dejado de sentirlo... mañana es el bautizo de mi Maye, Padre, y no sé cómo sentirme feliz, no sé cómo enseñarle a mis hijos a que sean felices, yo era feliz antes de todo lo que hicimos, yo era alegre, padre, yo no estaba roto..."
Y antes de seguir hablando, porque iba a seguir hablando, Fulgor, arrimándose al Padre Torrente, tiró una de las botellas de mezcal con que los dos se daban ánimos de hablar, y lo que ella había tomado por frutas colgando de un árbol, un árbol en el centro del jardín amurallado, volaron espantadas por el ruido que hizo el vidrio al reventarse, y el árbol, sus hojas, sus ramas, su copa, quedaron vacías. Fátima al ver y escuchar aquello se sintió tan confundida, ¿cómo iba a ser? ¿Fulgor, aterrorizado frente a algo, espantado de la muerte? Y ella, que siempre despreció a los hombres débiles y escuálidos, a los que hacían la actividad a un lado y que eran parecidos a su padre, sintió un impulso maternal de correr hacia Fulgor para defenderlo de todos sus miedos, para limpiarle el espanto de los ojos y la boca, de apretarlo a su pecho fuertemente, sintiendo cómo respiraba, convencido de que gracias a su abrazo él continuaría viviendo, peleando, haciendo la guerra. Pero no hizo nada de eso, sino que siguió espiándolos desde adentro de la iglesia, donde la oscuridad ya era absoluta. Los dos hombres se abrazaron en silencio mientras la oscuridad los iba consumiendo, lo oscuro los unía porque borraba los límites entre ambos. De pronto, Fátima no sabía si miraba dos cuerpos o uno solo, grotesco y desequilibrado, abrazándose a sí mismo en medio de la oscuridad,
Fue unas semanas después, cuando su papá por fin la envió a la capital a que estudiase, que ella comenzó entenderse con su corazón. En la Ciudad de México, en la Universidad Autónoma, se encontró más hombres parecidos a su padre. Todos con el cuello rígido de ver las páginas, con los ojos borrosos, que ya no veían sino ideas, letras, abstracciones de la vida, porque la vida les era demasiado, lo vivo les quedaba grande a aquellos hombres chicos y por eso andaban encorvados, metidos adentro de sí mismos, temerosos. Fulgor podía permitirse el miedo, ella lo entendió también estando lejos, porque Fulgor se enfrentaba a la vida, y era natural que el miedo le viniese, aunque fuera una sensación que él no entendiera, porque mientras que para su padre y para aquellos universitarios el miedo era una emoción normal, habían entrado en lo hondo del miedo, vivían desde el miedo, para los que eran como Fulgor el miedo no llegaba a tanto, era una sensación, algo que interrumpía, un hormigueo pasajero, que se iría pasados los instantes, que no se quedaría a vivir adentro de su vida, aunque dijeran lo contrario. No era miedo hacia la muerte, sino respeto hacia la vida.
Fátima estudiaba para ser veterinaria, porque odiaba a los hombres de Jalisco, pero cuánto amor le tenía a sus animales. Las vacas eran amorosas, y parecían darse cuenta del amor de una, con sus miradas, con sus mugidos, con su lenta y sabia comprensión terráquea de los ritmos, de la tierra, del cielo y de las aguas que venían del cielo. Los caballos eran más difíciles de amar, pero justo por eso era un amor estimulante, frenético, condensado. Cabalgar sobre de uno, sin saber si eso que se escucha es la sangre golpeando en el cuerpo o el golpetear de los cascos, con los muslos palpitantes e irritados, agarrándose a la crin tupida de los purasangres. Describía la anatomía de los caballos en sus clases, trazabas las curvas de las ancas y los racimos de venas saltonas de sus cuellos, pero no estaba pensando con la mano ni con la memoria, pensaba con la piel, pensaba con los nervios, pensaba en lo bien que se sentía tener un purasangre entre las piernas. Por eso le salían mejor que a nadie. Todos le chuleaban sus diseños, le preguntaban si había estado inscrita en los conservatorios, o si había tenido maestros en su infancia. Ella se limitaba a poner pelones los ojos y decir: así me salen, no sé por qué sea... Pero mentía. Era el amor, era el amor guiando sus manos. El mismo amor que la había llevado a querer convertirse en médica para los animales, para que Jalisco abandonara esa oscuridad que arrastraba de siglos, de darles remedios extraños a las vacas cuando no podían parir, de hacer ungüentos malolientes para los borregos, de rezar pa que pusieran las gallinas. Le apenaba aquel atraso, aquella ignorancia. Ella pensaba acabar con todo eso. Porque en el fondo, y aunque odiase a casi todos sus hombres, ella sentía amor hacia su tierra, sentía amor por Jalisco. Y a la hora de acostarse, como no podía dormir (los ruidos venían a despertarla, las luces, y ella no podía evitar la sensación de estar perdiéndose de algo, grande y significativo), se ponía a pensar, dejaba que su mente fuera por donde quisiera, y siempre acababa en Cañadas, su Cañadas tan pequeña e ignorante, tan oscura e invisible en cualquier mapa por chiquita. Intentaba extrañarla y, aunque la amara, no podía, no le salía natural extrañarla, no encontraba nada a qué aferrarse, nada que no fuera Fulgor, el padre, el esposo, el hombre que era ajeno, como el güero enorme de la suplicante, como su propio padre, que era el Padre de todo Cañadas. Amaba Jalisco, se decía esto y pensaba sentirlo, pero no podía adivinar el por qué de ese amor, como si adentro de ese ambiguo amor flotasen otros sentimientos, más difíciles de definir.
Se adaptó rápidamente al ritmo de la capital. Rápido olvidó la sacra hora de dormir. Allí la noche era otro principio, el principio de otra cosa, un tiempo nuevo. Comenzó frecuentando las clases nocturnas, las que les daban de forma gratuita a los obreros, pero salió de allí porque los asistentes, jornaleros viejos y jóvenes trabajadores de las fábricas, le recordaban demasiado a los hombres de Jalisco, en el sentido de que todos la acosaban con descaro. En la última clase a la cual fue, lo conoció. Él era otro que, como ella, no encajaba visualmente con aquel conjunto de seres humanos. Estaba educado, llevaba ropa, si bien no lujosa, muy limpia. Los obreros que tomaban sus escuetas notas en pedazos de papel para torta, estaban, en cambio, sucios, porque venían de sus turnos, y olían a su trabajo, a establo, a humo, a sótano lleno de grasa. Se preguntó qué haría en ese lugar alguien como él, alguien con su aspecto plenamente universitario. Ella iba porque no se animaba a salir de Ciudad Universitaria por la noche, no se animaba a aventurarse de pleno en el Distrito Federal, y no le parecía que hubiera mejor manera de dar uso a su insomnio que yendo a esas clases, en que al menos se podía dar cuenta de lo rezagada que estaba la educación básica rural respecto de la citadina. Más de noche, cuando terminaban las clases y todos regresaban a sus dormitorios o a sus vecindades en la voraz ciudad, ella se quedaba recargada sobre la pared del aula, viendo los caminos que llevaban o a la Facultad de Medicina o la Facultad de Química, dependiendo de para dónde torciera una sus pasos. Entonces sintió que ya no estaba sola, que su soledad se había roto de repente, y miró de reojo a su derecha para descubrirlo.
—Buenas noches, ¿tienes lumbre?
Fátima, mirando que empezaban a caer gotas, se sacó una laira grabada del abrigo y se la dio.
—Gracias...
Y se quedó parado al lado de ella, viendo los faroles que alumbraban por pedazos las veredas de Ciudad Universitaria. Las cosas estaban llovidas, estaba llovida la luz. Se despedazaba en pedacitos de translúcida humedad. El muchacho encendió su tabaco, pero aquello no olía como tabaco. Era una aroma espeso que se parecía al de los zorrillos cuando estaban espantados ante un depredador. Fátima se hizo para un lado, y Andrés comenzó a reírse despacio.
—¿No fumas?
—No de esa.
—Es cannabis...
—María.
—¿Cómo? —al muchacho parecieron crispársele los nervios.
—Así le decimos en Jalisco, María...huele igual.
—Ahh...María, me gusta, tiene cariño... es curioso, ustedes le pusieron nombre propio, y nosotros usamos el científico. Con nosotros me refiero a la ciudad. Pero ustedes todavía se entienden con la tierra, ¿no? Viven de la tierra y en la tierra...
—Es nada más un nombre.
—Los nombres importan. ¿Tú cómo te llamas?
Fátima se mira las puntas de sus zapatillas, brillosas, el mundo reflejado sobre ellas, un reflejo de luz blanca y negra, sin espacio para los colores.
—¿Has andado de mirón en cada clase y no has averiguado ni mi nombre?
—¿Cómo así que de mirón?
—Te miré en Anatomía, te miré en Bioquímica, y ahora te estoy viendo aquí. ¿Por qué el interés en perseguirme? ¿Qué te gusto o qué?
Ella no veía sus ojos porque estaban lado a lado, pero se los figuraba rojos, como queriendo llorar. Le respondió, con toda la calma del mundo.
—Pues a estas clases ya venía yo por mi cuenta, pero si te digo la verdad, sí te he seguido.
—¿Por qué?
—Porque pareces diferente a nuestros compañeros. Parece que te importan los animales.
—Pues por eso estudiamos Veterinaria, ¿no?
Él se ríe sin muchas ganas, como de un chiste muy viejo.
—Era para que los vieras: son unos vampiros. Huelen el dinero y van atrás de él. Muchos aspiran a eso nada más, enriquecerse... las criaturas no son nada para ellos.
—¿Cómo sabes que no quiero también ganar dinero? El amor no siempre está peleado con el interés. A mí me gustaría ganar mucho dinero, pero allá en mi pueblo no creo ganar nada. Sería la primer veterinaria. Y tarde o temprano, debo de volver.
—¿Quién dice que debes volver?
—Pues mi papá...
El humo del cigarro duraba aun habiendo entrado en la lluvia, no se disolvía en su agua.
—Me llaman la atención las palabras que escoges: "de donde soy", es incorrecto, deberías decir: "de donde era". Ahora eres de Ciudad de México. Uno es el entorno en el que vive. Si estás aquí, si estudias aquí, si estoy hablando contigo, es porque ya eres de aquí. Y si eres de aquí y quieres ser alguien, desobedecer es requisito indispensable. Olvídate de tu papá. Él está allá y tú aquí.
La lluvia por ratos amainaba y se hacía ruido de fondo, brisa arrulladora, gotas más livianas que caían más lento.
—Si por él fuera, andaría encerrada en un convento. Me acuerdo que me dijo: "a ti, que tanto te gusta Sor Juana, bien puedes seguirle los pasos...", obvio no se refería a convertirme en la undécima musa, sino a arrumbarme en un oscuro monasterio para sufrir a solas. Encerrarme en el silencio y en las sombras... Pero él ya no es así, o si sigue siendo así, supo esconderlo.
—Así son. ¿Y él, qué hace para vivir?
— ¿Mi papá? Mi papá es el Padre Raúl Torrente.
Queriendo reírse, tosió el humo que traía en el pecho.
—¿Es cura?
Fátima asintió, estirando la mano levemente hacia la del muchacho. Este se sintió sobresaltado, pero pronto se dio cuenta de que lo que quería era el cigarro. Él se lo puso a ella en los labios, sintiendo una pequeña quemadura en la punta de los dedos. Esperaba que ella tosiera muy recio, pero ni siquiera carraspeó. Fue como si respirara cualquier cosa. Fumó con una elegancia que en ese momento le pareció escandalosa. Se sobrepuso a su incomodidad y siguió hablando, ya sin jalarle al cigarro.
—Los hombres religiosos son miedosos. El miedo los lleva hacia la religión. Tenía un tío, vivía en Tlatelolco con nosotros...cuando llegamos de Durango, era creo sacristán. Y él disque nos cuidaba, pero siempre nos trajo, ¿cómo dicen? Con el ombligo pegado al espinazo...
Tras vacilar, volvió a jalarle al cigarro, cerrando sus ojos suavemente.
—Entonces pasó todo lo del Presidente Calles, todo lo del pleito con la Iglesia, y a él la daba miedo salirse de la casa, ir a la esquina por pan, estaba como...paralizado, y recuerdo que a él lo espantaban hasta las sombras que tenían las cosas, la gente... veía venir una sombra y apenas se aguantaba el grito, pero todos se daban cuenta de que hubiera preferido gritar. Pero él ya era una persona miedosa, desde antes de tomar el hábito. Me acuerdo que era mi hermano el que salía a comprar mandado. Él tuvo que ver por los tres. Y mi tío, una vez vuelto cura, también se volvió más miedoso, mucho más de lo que era antes. Yo pienso que la ley callista le cayó a él como un anillo al dedo, porque, de repente, todo su miedo lo tenía justificado.
—Pues, al menos en eso, su miedo sí estaba justificado. En ese tiempo fueron crueles con los curas.
—¿Y los curas no son crueles con sus fieles?
—Ten por seguro que no los fusilan.
—No, porque su crueldad es de otro tipo. Es una crueldad pasiva. No los ejecutan, desde luego, pero, ¿qué hay de robarles lo poquito que les quede? ¿y llenarles la cabeza con historias? Historias que estimulan la culpa, el miedo y la ignorancia... Y luego todas las ideas sobre lo femenino. Si fuera por la Iglesia, tú ni siquiera podrías pararte por aquí...
—¿Y tú crees que todos los curas, y que todos los fieles son iguales? ¿Que todos piensan y hacen igual? Mi padre, un sacerdote, es quien me mandó, a mí, una mujer, para acá. Sé lo que te dije, pero los hechos son que él se sobrepuso a sus prejuicios sobre las mujeres. "Mujeres", para él y para todo el mundo, es una abstracción, pero yo soy su hija. Y aunque vengo a estudiar por mi voluntad, puedo hacerla gracias al dinero que él me manda. Dinero, por cierto, que los fieles quieren darle. Nadie los obliga, nadie los manipula. Lo entregan de buena fe, porque lo están entregando a la comunidad. Eres de ciudad, y no podrías entenderlo. Es una inversión tangible, la ven reflejada en lo inmediato de sus vidas, de sus días. ¿Qué sabes tú sobre la Iglesia? ¿Tienes un tío sacristán y crees que ya conoces lo cristiano? De donde vengo, toda la vida es cristiana. Aquí lo cristiano es un domingo, una iglesia, una plaza en medio de la ciudad. Allá la cruz es la comunidad, las fiestas, la gente que conoces y respetas. En esta ciudad hay tantos miles de gentes, a diario me cruzo con cientos de ellas, y fíjate tú, eres la primer persona en dirigirme la palabra fuera de las clases. ¿Crees que cambiaría mi humilde rinconcito por este enorme anonimato? ¿Por esta gigantesca invisibilidad?
El cigarro esperaba marchito entre los dedos del muchacho. Fátima, sin pedirle permiso, se lo arrebató y volvió a alumbrarlo, y volvió a jalarle esta vez con más fuerza, y el cielo volvió a soltar el peso de sus aguas, y el ruido de fondo empezó a pasarse para enfrente. Fátima era, al mismo tiempo, consciente y no consciente de su euforia. Podía observar su euforia desde afuera sin que esta perspectiva disociada interviniese en su fluidez. Se miraba hacerlo y lo hacía. Sentía que estaba liberando las palabras que se había guardado desde su llegada a la ciudad, que se deshacía de un peso muerto. Y esta sensación de ligereza, a su vez, le provocaba más deseos de hablar, de discutir, de involucrarse con aquel muchacho que irradiaba, según a cómo ella le observase, una férrea autoconfianza y una inseguridad absoluta. Él estaba con los ojos muy abiertos y la boca apenas abierta. Iba a hablar pero se echaba para atrás, sentía cómo lo estaba arrinconando, cómo ella ganaba terreno. Y eso, para su propia sorpresa, le gustaba, le atraía. Se sentía atraído por la autoridad de ella. Ella siguió diciendo:
—Para ti es fácil juzgar, y es natural que lo hagas. A mi manera, yo también juzgué esta ciudad y a los que en ella viven. Nadie me ayudó a bajar mis cosas cuando me bajé del autobús en la central. Nadie me quería dar direcciones. Los coches aceleran cual si fuera una invisible. Y yo creí que todo mundo iba a ser así. Que no iba a conocer amigos, ni muchachos...
Ella le pasó el gallo vuelto a alumbrar. Él dudó un segundo antes de fumar.
—Pero mira, por juzgona, yo me iba a perder de todo un mundo, de ideas, de pláticas, de gente diferente a mí. Y mi perspectiva ha cambiado porque me hablaste. Si tú no me hubieras hablado, a lo mejor habría vivido callada hasta regresar a Jalisco. Pero te acercaste a mí. Cruzaste la distancia hasta mí. Cruzaste el vacío...
Él exhaló una fumarola lentamente. Ahora las hebras desaparecían en lo torrencial del agua. Le preguntó, haciendo acopio de toda su voz:
—¿Y valió la pena?
Ella se volteó de cuerpo entero para verlo. Le buscó los ojos, se los encontró. Ý él sintió como una picadura al ver que su mirada era absolutamente negra.
—Todavía ando decidiendo...¿tienes carro?
Arrojó la colilla del cigarro, y se perdió en la lluvia y en la oscuridad. Sonrió.
—Tenemos.
El taxi serpenteaba a través de la Avenida Independencia. El ruletero no fumaba mota, pero sí tomaba. Y ya con dos pulques encima, resultó que siempre sí fumaba. No les costó mucho trabajo convencerlo de que "les hiciera compañía". La verdad era que no traían dinero y querían safarse amigándose con él. Su esposa, les platicó, había alumbrado a su primer creatura aquella misma tarde, y la verdad es que, para cuando ellos se subieron, ya llevaba viada. Ellos, por su parte, confesaron ser una pareja joven que se había escapado de Xalapa, huyendo de sus dos familias, viciosas y violentas. Probaron fortuna en Veracruz, ella cuidando niños para las "señoras que son de sociedá", y él como ayudante en una embarcación tiburonera. Él le juró llamarse Aurelio Gómez; ella, así nada más, Dolores, aunque le gustaba que le dijeran Doloritas.
—Viera visto, Señor Ruletero, lo brava que era el agua estando allá... aquí son jicarazos comparado con allá, esta lluviecita leve... ¡ni pa regar flores!
—Y es una cosa que está muy extraña, joven Aureliano, porque fíjese que aquí, lo que viene siendo lo que es la capital, la ciudad la levantaron en el agua, estamos, como quien dice, parados arriba del agua, igual como los edificios, parados arriba del agua, son de esas cosas que uno a veces sí se pone a pensarlas y que uno dice, "¡ah chirrión!"...
—Si bien que le vengo diciendo a Aurelito, oiga, desde que salimos hechos lumbre de Xalapa, vamos a un lugar con agua, porque somos costeños, lo que sea de cada quien, y nacimos y nos criamos en el mar, y si vamos a hacer vida en otra parte, que sea una donde el agua sobre igual que allá...
—Pues mar así lo que usté dice mar, de playa, pues fíjese que sí nos hace falta, y no tener que irse manejando hasta Oaxaca o Acapulco, eso sí estaría de aquellas...eso sí que aquí de sed tampoco nos morimos, luego está usté viendo que se sueltan los diluvios...
—¿Estás sugiriendo que las revoluciones vienen del miedo?
—No, estoy diciendo que el miedo lleva a la violencia, y la violencia al miedo.
—No estoy de acuerdo. No toda la violencia proviene del miedo. Hay violencia que viene del conocimiento, violencia de la belleza, violencia de la justicia....
—¡Y tanto que dices que son miedosos, y tú mismo hablas como cura!
—Todo lo que intentaba decir es que eres una persona que parece sensible a la vida...
—Eso puede significar muchas cosas.
—Significa que quiero invitarte a un lugar en donde...discutimos, entre muchos, quiero decir, ideas...
—O sea, ¿te refieres a las clases, quieres invitarme a clases?
Ambos ríen tímidamente. Alrededor de ellos, la lluvia arrecia, pequeños ríos de luz corriendo sobre las veredas.
—Soy Andrés Ordaz.
—Ya sabía, he leído los papeles que dejas por ahí. Extraña poesía.
—No es poesía, es propaganda.
—¿Y por qué está escrita como poesía? ¿"Las llamas se han enseñoreado del castillo..."?
—Es que eso no es mío, es una cita, Stendhal.
—Es bonito, aunque no sea tuyo, lo tuyo...ahí la lleva.
—Pongo la intención de mi mensaje antes que su forma, no me preocupa si no es lo más lírico del mundo, la cita del castillo es simbólica, habla de la quema de las grandes cosas, de los grandes ideales...
—O sea que eres un pirómano, que quieres incendiar castillos...
—No necesariamente, no castillos...
—¿Y por qué no simplemente aceptarlo? Acepta que te gusta el fuego, no tienes que inventarte toda una teoría de por qué te gusta el fuego.
—Es más complicado que eso.
—Una vez vi un incendio de cerca. Estaba en una fiesta, creo que era un bautizo, y un niñito prendió un cerro porque le ganaron en los gallos. Ese niñito se quemó una pierna, se quemaron gallinas, vacas, la lumbre se hizo grande y casi alcanza la casa. Hizo falta tanta gente y tanta agua para sofocarlo que casi drenaron el río que pasaba cerca de la casa. Yo lo miré muy de lejos porque me dejaron con los niños, pero sentí el poder de ese calor. Sentí miedo. No es una cosa bonita de ver, no cuando tiene ese tamaño. Si juegas con fuego, tendrás cicatrices.
—Es una historia muy triste, pero yo no soy un niño jugando a los gallos.
—¿Y qué eres, Andrés Ordaz?
—Soy como tú, Fátima. Soy un desobediente.
Al día siguiente, fueron al club de lectura "estrella colorada" en Ciencias Políticas. Fátima encontró su asiento entre estudiantes de cabello largo y nubarrones densos de canabis exhalada. Todos hablaban al mismo tiempo, hasta que un muchacho, parecido a Andrés pero más crecido, alzó la voz por encima de las otras.


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