Ay de que regreses, Jilguerillo

 


Un día estaba una Ceiba en la cumbre de una colina, batiendo sus ramas, suspirando por su soledad, extrañando al Jilguerillo que antaño viniera a cantarle y alegrar sus frutos, ya maduros y sin aves que los picotearan. Hasta que, quebrando el rumor de los aires, vio surgir desde el centro de la luz misma del sol a aquel Jilguero suyo...pero no venía solo a su encuentro. Y cuando ambos, el conocido y el extraño, se pararon en lo alto de su copa, la Ceiba les dijo así:

El trato era que no regresarías

a posarte allá en lo alto

de mis ramas

donde los amores fructifican 

dónde sus hojas se juntan para proyectar sombra más fresca

donde las manzanas esperan caer

maduras, jugosas

en tus manos...

Y volviste Jilguerillo, me mentiste!

El trato también era que tú no me mentirías

que sólo volverías con el amor colgándote del pico

goteando sangre, en estertores

agonizando en tu boca el amor

¡y he aquí que lo traes entre cantos!

he aquí que te siguió volando

y que canta junto a ti...

no eres el Jilguero que se fue

y no eres el Jilguero que se irá 

porque ahora se irán dos Jilgueros, y uno de ellos no eres tú!

batiendo las alas alegres

echando a volar voces de agua

claras, limpias, azulosas...

pero acuérdate, Jilguero

que hasta el agua más clara

si es lo bastante profunda 

puede ahogar




Comentarios

Entradas populares