(((desde adentro no se ve)))

 


ayer me dormí escuchando la frecuencia de una estrella que al parecer pulsa intermitentemente y no brilla de manera sostenida. Estas estrellas parpadeantes tienen el nombre de pulsares. las estrellas son animales majestuosos, llevan ahí todo el tiempo del mundo. son los animalones del cielo. Imagina que en el fondo del océano esperan densas formas de vida que son la síntesis de toda vida, una energía, un flujo de energía que se proyecta iiradiándose millones de kilómetros más allá de sí misma. Es fascinante, pero el mundo moderno parece espantarse ante la vastedad del cosmos que es el hábitat en donde viven estos animalones. La vida necesita espacio para desarrollarse a sus anchas, necesita pista. Detrás del miedo al vacío interestelar se esconde el miedo al vacío teológico, porque el puesto de Dios sigue vacante y cada vez nos ponemos más nerviosos aquí abajo, ya que sin lugar a dudas ALGUIEN tendría que estar a cargo aquí, ¿no? ¿quién es el encargado? Nadie. Nadie. Nadie. No puede haber ningún encargado. La sola idea de alguien dirigiendo a las estrellas, los planetas las lunas las novas y los hoyos negros es antinatural. Se trata de procesos de energía en plena lucha, una anarquía química de la que pudo brotar todo esto que somos. Pienso en la tristeza inconmensurable que podría cernirse sobre cualquier persona con la mente demasiado chica como para dimensionar nuestra soledad cósmica en un sentido positivo. Finalmente, todo queda reducido al hecho de que puedo valorar el gran vacío como una cualidad, como una ventaja para mi propia vida, mi energía y mi felicidad menos amenazadas por intrusos al otro lado del vacío, nadie espera detrás de la luna para venir a destruirnos o para llevarnos de la mano a la utopía. Arrostrar la verdad de la gran soledad es el destino de nuestra generación. No podemos fallar a la hora de darle la cara a todo el silencio, a toda la falta de luz y lo hueco que es el espacio que interconecta los fulgores, que los "constela". Estoy convencido de que la única gran misión de la humanidad puede ser esta lucha por la vida y por la expansión de nuestros límites vitales, porque toda estrella arde por instinto, y una vida natural está regida puramente por estos períodos en que la administración de la energía varía: nacemos como pequeños cúmulos nimbos de elementos que van transformándose en cuerpo, fulguramos en manera de gigantes rojas que tienen energía de sobra al grado de dar luz y calor a otros cuerpos que empiezan a girar a nuestro alrededor, alimentamos otros cuerpos, otros satélites que a su vez nos devuelven el favor (como la regulación de las mareas que es gracias a la luna) y luego viene una vejez que busca perpetuar a toda costa la existencia a través de una supresión de la energía, la enana blanca que espera morir. Todo lo que puede sucederle al cuerpo a la mente humana está inscrito en los límites del ciclo vital de una estrella. Revoluciones, órbitas, encuentros, primavera de nuestro brillo y al final la muerte, la implosión, el colapso hacia adentro de nosotros mismos al grado que nos convertimos en lo contrario de la luz, una oscuridad que come luz. Nuestra gran camada humana se deprime por nuestro tamaño, nos comparan con estrellas que en nuestra perra vida veremos ni presenciaremos y creen que eso nos vuelve pequeños, que somos miniaturas. Pero no es verdad. Porque somos nuestra propia estrella, lo seríamos si nos viéramos de lejos. Desde adentro no se ve. Porque el espacio es una relatividad. Esa estrella que intimida al pendejo del vídeo por su tamaño matemáticamente incalculable a mí podría parecerme nada más un puntito encandilante en algún lugar del cielo. Un adorno para mis meditaciones, mis inmersiones en lo hondo. Pienso en este problema tan gigante de erigir un nuevo "por qué" para la vida, pienso en cómo intimidó a las mentes grandes, las de antes. Es un miedo que llevó a Dostoievski a escribir los Karamázov. Dosto era consciente, se dio cuenta mucho más rápido que otros del problema gigantesco y silencioso que tomaba forma al fondo del teatro donde el drama humano daba la actuación de su carrera: secretamente, atrás de todas las guerras y traumas y brincos y marometas y caídas civilizatorias, la nada iba acomodándose entre los presentes, entrando en ellos, invisible, incolora, insabora...poco a poco hasta que todos de repente se dan cuenta de que  A L G O  no anda bien, algo sobra o algo hace falta, algo está mal calibrado, algo se quebró entre el ruido del drama y el escándalo de hacer bien el papel. Algo que no esperábamos entró en escena. Asusta

 Pero hubo quiénes sí vieron y sí consideraron este cambio de las circunstancias. Dostoievski vio. Vio Nietzsche. Y me parece normal que ese aislamiento de la lucidez, ese quedarse solo por estar tan lúcido, los orillara a ambos hacia la locura. Nietzsche consiguió abrazarse a ella integrándola en su vida y en su estilo, hizo su vida al estilo de su obra, amor fati, amor a la nada y la tragedia, amor al hombre que se cae de loco abrazado al cuello de un caballo. Dostoievski no se volvió loco pero o sea no mames, ludopatía, prostitutas, pobreza...bordeó los linderos de la locura con el miedo cristiano en lo más hondo del alma. Siempre se me ha hecho curioso que Nietzsche viera en Dostoievski "un alma afín", no curioso de que no lo entienda sino de que me parece algo lindo. Leyó sus textos y se dio cuenta luego luego de que él también había entendido la tragedia irreparable pero necesaria que significaba la muerte de Dios. Y aunque una actitud radicalmente contraria a él frente a esta muerte, pues el miedo cristiano latía con ganas, ya el hecho de haberse dado cuenta los pone a ambos de alguna manera en un mismo nivel de comunicación filosófica en que se entiende que el siguiente gran proyecto humano no será (no tendría que ser) de índole científica ni bélica ni ideológica, sino filosófica, existencial, esencial al por qué de la especie y la vida. La autoafirmación de la vida por la vida queda descartada ante el incómodo hecho de que, caso contrario que los animales, tenemos consciencia. El punto crucial se ubica, entonces, en cómo convertir esta consciencia en una aliada para la vida. Se trata, según mi parecer, del mayor reto al que se ha enfrentado jamás nuestra especie. Vivimos una hora crucial porque están en juego las definiciones, qué es bueno, qué es malo, qué es bello y horrible, etc. 

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