"Si me mira, ¿a quién estoy mirando?""
Lucero y yo éramos creadores. Una pareja de artistas. Por eso nos entendíamos tan bien, y por eso nos llevábamos tan mal. Nos entendíamos porque experimentábamos la realidad desde nuestro arte, pero esa misma personalidad artística, egoísta y creadora era lo que nos detenía antes de la comunión final. Hoy pienso en que el noventa por ciento de mis problemas son problemas referentes a la escritura. Cómo expresar este sentimiento, cómo avanzar en este tramo de Los Fuegos de San Juan. Y ella entendía esos problemas, porque aunque no era escritora, escribía mejor que yo y estábamos en el mismo mundo de personas para las cuales expresarse es una inquietud y una pasión serias. Problemas reales de nuestras vida. Le ayudé con el guión de uno de sus mejores dibujos, un cómic chiquito en que una morra compraba una droga que se activaba con baba de besos. Ella dibujó una vez un cuentito que improvisé sobre una foca que se moría durante un espectáculo, dibujó al protagonista de Zoológico de medianoche, dibujó el incendio de su cara...siento una nostalgia verdadera porque desde ella no he tenido ningún vínculo creador. A ambos nos inquietaban temas parecidos, y ahora me siento bien pendejo al no tener a quién llevarle mis opiniones, mis argumentos y descubrimientos. Me muero imaginando lo que hubiera sido si yo hubiera podido enseñarle los diarios de Anaïs Nin, qué hubiera opinado Lucero de Anaïs, siento que la habría amado profundamente en ciertos aspectos (su feminismo instintivo, su pasión por el arte, su valoración del cuerpo y la mentalidad femeninas como poderosas herramientas para la creación de obra y de vida) mientras que hubiera despreciado otros (su encumbramiento del útero, la definición de la mujer desde su existencia uterina, que hablara de un "destino biológico de la mujer") … siento que Lucero es la única persona con la cual podría hablar sobre Anaïs. Este silencio es lo único a lo que no puedo acostumbrarme. Me falta mi compañera para esto, platicar y discutir pasiones sincera e intensamente. Extraño esto de ella. Nuestros comentarios de las películas y libros, nuestros debates, extraño esa corriente subterránea fluyendo entre los dos, saber a lo que se refiere el otro sin que hicieran falta las palabras. Cuando esto sucedía era mágico. Comunicación, comunión de las ideas y modos de pensar. Continuidad, una dinámica. Extraño todo eso. A lo mejor lo idealizo, alucinando...pero no creo.
Cuando pienso en lo que hubo entre los dos, pienso en la relación torturante y fructífera que tuvo Anaïs Nin con Henry Miller. Ella detestaba un montón de los rasgos de Miller (especialmente su putería y su condición de "hombre de la muchedumbre"), pero veía estas fealdades como una serie de obstáculos que le permitían ejercitar su amor por él. Y le tenía amor y brincaba por encima de las cosas que odiaba de él porque Miller era un escritor, y Anaïs Nin lo era, y ese puente, por frágil y estrecho que pudiera parecer, sostuvo su pleito romántico durante décadas. Ambos sacaron lo mejor y lo peor del otro, ambos se dieron los regalos más valiosos: la flor y la flama. Yo jamás pude saber si Lucero llegó a valorarme como escritor, si tan siquiera me consideraba uno, pero ha sido la única persona con la cual he sentido la confianza de leer en voz alta cosas mías. Eso es algo. Leerle cosas mías y esperar sus comentarios. Era una persona crítica, siempre he estado seguro de que ella era la más inteligente de la relación. Veía cosas al instante que para mí permanecían durante mucho tiempo transparentes. Por eso yo la valoraba y necesitaba de su inteligencia. Me hacía sentir enriquecido, experimentado, que estaba con una persona especial y que por tanto eso me volvía especial a mí. Jamás me di cuenta de la enorme ilusión que me hacía ser su novio, jamás se la comuniqué. Creo que no se la comuniqué porque, como ya dije, no me daba cuenta conscientemente. Es la condena y mi ceguera personal, una tragedia que sueño con resolver. No nada más con mis grandes amores (los únicos dos que he tenido) sino en mis relaciones a nivel general. Mi sueño es algún día poder expresarle con palabras y con actos a Santiago cuánto lo amo, cuánto cariño y cuánta idolatría le guardo. Lo orgulloso que me siento de saber que se apellida como yo y que vive en la misma casa que yo y que me dirija la palabra. Siempre siento como si fuera una versión de mí potenciada en todos los sentidos. Es discreto, centrado, heroico. Su fuerza, su aguante. A mí me hace sentir que soy más fuerte cuando lo miro existir. Si me desprecia, si me demerita, yo lo tengo merecido, porque yo a él lo he demeritado y despreciado. Porque Santiago me enseñó mi lado olímpico, el atleta que esperaba su hora en lo profundo de mí, dormido, ansioso de entrar a la cancha a jugar. Santiago me enseñó que el cuerpo no es nada más para el contacto y el placer, que también fue hecho para la confrontación, para la lucha cuerpo a cuerpo, la competividad, para vencer rivales. Y yo, con lo que él me enseñó, entendí que el deporte es también una excusa para la belleza. Los cuerpos esculpidos, tensos del esfuerzo y el cansancio escurriendo sudor, cuerpos haciéndose presentes en el campo de batalla. Todo el amor y todos los amores tienen algo que enseñarnos. Enseñarnos a sufrir, a sacrificar, a ser crueles y egoístas, a perseguir el orgullo y la profundidad.
Ahora veo mi vida desde otro ángulo. Me relaciono con personas que me quieren, respetan y admiran. Me desean en sus vidas, quieren tenerme a la mano. Soy solicitado y querido por casi todas las personas a mi alrededor. Simplemente estoy parado en otro punto de mi vida. Me doy cada vez más a las personas, a las relaciones, a los acontecimientos. Deseo formar parte de todo. Fundirme, identificarme. Deseo devolver multiplicado lo que recibo. La gente me da su confianza y su simpatía, y a cambio yo los despierto a la vida, los despierto a sus propios deseos. Permito que proyecten sus deseos y odios en mí para que puedan aprender a conocerse. Los jalo al lado de la vida, con carisma, con humor y con seguridad pletórica. Los hago sentirse seguros de ellos mismos, los divierto, los hago soñar. Hago de mi vida una narrativa caótica y bohemia para que ellos, comparativamente, consigan vivir adentro de su propio caos, moverse oscuramente adentro de sus sombras. Les hago que ya no tengan miedo de su oscuridad. Quiero dar el regalo de la gran confianza, quiero darlo todo el mundo, porque todo el mundo lo merece y es digno de amor. El amor atrae al amor. Esta será mi creación, y mi pareja será el mundo entero.


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