Elogio del Castigo



1. La literatura es un pedazo de mundo

Hay un texto capital de Marx que está MUY vergas. Si entendemos que, a nivel psicológico, el socialismo suple en el individuo el vacío dejado por la religión, podríamos deducir que El Capital vendría a ser la biblia, las sagradas escrituras, el libro santo de los rojos. Pero existe rodando por ahí un textillo olvidado que, a mi juicio, resume en poco más de una cuartilla la esencia de todo Marx, que lo pinta no como un tenaz científico de lo social ni como un activista político, sino como un humanista cínico, juguetón y vivaracho. Se trata de Elogio del crimen, y lo considero, a todas luces, un texto literario. De ahí su (para mí) superioridad a El capital, texto filosófico. La literatura supera a la filosofía como experiencia humana, porque la literatura se encuentra contaminada de mundo. Históricamente, la filosofía ha sido la bitácora de los voyeurs, apostados en sus atalayas, con los prismáticos a mano, anotando descripciones de las cosas que están lejos. Esto yo no me lo saco de debajo del sombrero, fue algo postulado por el propio Marx (su dicho ese famoso de que los filósofos deben transformar). La literatura, por el contrario, es producto del roce, del choque y del eventual encuentro. Esta diferencia entre ambas formas del discurso las define, las limita y desde luego que modula su naturaleza, y aunque es posible que existan excepciones de simbiosis, en las cuales la literatura está obligada a coexistir con un discurso filosófico (véase todo Nietzsche) o viceversa (véase todo Milán Kundera) estas excepciones son en serio raras, como avistamientos de unicornios, o algo por el estilo. Elogio del crimen es el unicornio más hermoso. Analiza un problema plenamente social, económico, político, sí, su cuestión, su obsesión es el sistema económico que tiene a occidente tiranizado, sí, pero la manera de entender ese problema, de plantearlo y de emitir un juicio es absolutamente literaria. Hay un matiz sutil de ironía durante todo el texto, una como risa que Marx se esfuerza y no se esfuerza en esconder y que se deja leer fácilmente entre líneas. El elogio del crimen es, efectivamente, un panfletito que habla bien de los malandros, una loa a los rateros, porque plantea el robo como el alma del capital (ve dejándose ver la ironía, ¿la alabanza de un personaje que da vida al más monstruoso sistema económico?)... Se establece una clara contraposición entre dos clases de criminal: el criminal de guante blanco y el criminal sin guantes. Es decir, Marx plantea la tesis de que el empresario capitalista, el dueño de los medios de producción, mantiene una relación estrecha, no explícita, con el criminal callejero, sucio y armado con filo o con fuego. Claro está que mientras uno roba, asesina y atemoriza desde lo individual, desde las limitadas capacidades de su fuerza y astucia física como individuo, el otro lo hace desde lo social, amparado en el sistema de relaciones sociales, siendo la causa última de que este sistema exista. El empresario, para Marx, vendría a ser el peor de los criminales por el mero hecho de que le roba más a más gente (la plusvalía). Evidentemente, y como se trata de un texto literario, su significado es polivalente, funciona al mismo tiempo en varias direcciones, y otra de las direcciones es su cabal defensa de la figura, esta vez sí, clásica del criminal. De él devienen no solo las leyes que rigen a los Estados, vienen los jueces que las "hacen valer" y los gendarmes que castigan a sus violadores, y los abogados que defienden a los violadores de la ley, y los guardias que se encargarán de vigilar a este individuo incorregible, una vez que se encuentre en presidio. ¿Se ve mejor la ironía? El criminal, comúnmente pensado como el parásito, la escoria vividora, de repente se revela como el sol de civilizaciones, el centro alrededor del cual todos giramos. El centro, evidentemente, del capital. Pero sigue yendo más allá, Marx dice que, si bien esta labor del criminal, práctica y tangible, observable en juicios y legislaciones, es crucial para entender su esencia, se ve desbordada por otra fuerza secreta, que duerme en lo profundo del ratero: el ratero es una impresión, moviliza los sentimientos y reflexiones de quien lo mira cometer su crimen, de quien lo sufre y de quien de él se beneficia. El delincuente, este delincuente, a los ojos de Marx, ha prestado un silencioso servicio, desde que existe, a todo el ámbito social. literario, artístico y filosófico. ¿Y cómo podía ser de otra manera? El delincuente es el que cruza las barreras invisibles de la convivencia humana. El delincuente es un poquito prometeo robando el fuego a las divinidades. 

Ahora bien, con esto establecido, ¿cabría extrañarnos de que el delincuente haya sido, por ejemplo, el oscuro objeto del deseo de toda la literatura picaresca de los siglos de oro? Todo un subgénero literario diseñado alrededor del criminal, de su mundo interno y de sus relaciones con el mundo. ¿Existe prueba más flagrante de lo mucho que debemos a los delincuentes como sociedad? El criminal como muro de carga, pero también como ariete. ¿Por qué eligió Quevedo, para su Buscón, a un malandro y un blasfemo? Porque el delincuente, al vivir entre los pliegues de la piel social, al asomarse a lo que tiene de hondo más abajo de su superficie, entiende como nadie la manera en que esta sociedad se organiza muy en contra de ciertos individuos y muy en favor de ciertos otros. Entiende, hasta cierto punto, la manera en que esta opera. Este entendimiento, sin embargo, es intuitivo, experiencial, es un saber en caliente, de estar ahí y de sufrirlo con constancia, que no le permite al delincuente el espacio necesario para la introspección ni madurar todas estas impresiones en reflexiones. El delincuente de repente necesita de otra voz para poder hablar. Necesita a quien lo elogie. Entra entonces, de puntillas, nuestro literato. Entra en escena Dostoievski. 

II. El mundo es pedazos que quiere juntar el que escribe.

Dostoievski, dostoievski...presentémosle con esta cita, sacada de Crimen y Castigo: "Nada se ve, nada se oye...¡pero huele a Ruso!". La boca me sabe a Vodka cuando digo Dostoievski. Dostoievski fue un hombre ruso. Lo cual quiere decir que fue un hombre del márgen. Rusia, entre Asia y Europa, en su islota de tiempos y espacios solitarios, cuna propicia para gérmenes de toda clase, nuevas virulencias más exóticas y más potentes que las conocidas por entonces en Europa. No es casualidad que de Rusia nos vienese la calentura bolchevique que luego tendría al mundo oscilando entre dos propuesta de orden mundial. Esto es algo que ni el propio Marx vio venir, quien siempre, en vida, le apostó a Alemania y a Francia como sus gallos jugados (los dos países en donde él veía más probable que se diera El levantamiento proletario). Rusia y los rusos son, digámoslo así, un caso aparte. Y el más ruso de los escritores de rusia es un caso todavía más aparte. Porque Dostoeivski hundió las manos en lo negro. Vivió en su cuerpo el vicio y el crimen, encarnó las leyes a través de su castigo, su casi fusilamiento y su exilio penitenciario en Siberia (véase cualquier sumario nota biográfica sobre Dostoievski). En un caso similar a Cervantes (el mejor escritor de España, y quien también pasó penalidades, perdiendo un brazo, la libertad y el favor de los círculos literarios de su tiempo), su contacto tan sin distancias con el mundo de su tiempo lo volvió el ser más apto para retratarlo en palabras. No es tampoco casualidad que Dostoievski señalase al Quijote como uno de los logros de la humanidad. La obra y la vida de Cervantes ofrecían a Dostievski un compañero en su consciencia solitaria de las cosas de este mundo. Y aunque, en principio, Crimen y Castigo y el Quijote sean obras aparentemente diferentes y asimétricas (sea por el tratamiento formal del relato, la ubicación temporal y geográfica, o por mil y tantos otros detalles), ambas, me parece, vencen todas sus disparidades por una resonancia común a las dos: el impulso de desnudar al mundo, de llegar al meollo de las cosas. Claro está que Cervantes escogió, para esto, la figura del loco (talón de aquiles para la razón española aurisecular) y Dostoievski al delincuente (talón de aquiles para una Rusia que dejaba atrás su piel aristocrática y veía crecerle encima la piel jurídica, autoritaria, institucional), aunque está claro que, durante todo Crimen y Castigo, se mantiene en el aire la pregunta de si no será el delincuente, antes que nada, un loco, y si no será esta locura lo que lo orilla al crimen. Ambos buscan lo  mismo por caminos diferentes, desde su tiempo, viviendo en su ahora y en su aquí.

Ahora bien, la novela: Crimen y Castigo es como un Elogio del crimen hiperdesarrollado. Es la consecuencia novelada de llevar los razonamientos contenidos allá hacia sus últimas consecuencias. En Crimen y Castigo, el protagonista, que se llama Raskólnikov, vive en un sucia buhardilla de San Petersburgo, es un universitario sin dinero y está perdiendo la cabeza (soy ése, se dice el lector, en secreto, a sí mismo). Este lento pero progresivo eclipse de la razón lo "orilla" a cometer un crimen: asesina a su casera. Lo que se dice a sí mismo, para justificarse la comisión del homicidio, es que esta vieja, usurera, afamada prestamista y con quien la gente va y empeña sus tesoros a cambio de miserias, merece morir. Él se las ingenia para decirse a sí mismo que lo que hace no lo hará sentir culpable ni merecedor de penitencias, porque lo que está haciendo, en el fondo, no es un delito...Y en cuanto el crimen ocurre, vemos con horror cómo se activa, silenciosa, lenta, depredadoramente, el mecanismo de la justicia. No creo que haya descripción más precisa de cómo funciona, en esencia, la justicia del capital que los monólgoos mentales de Raskólnikov; no estoy hablando d eleyes, ni de cortes, ni siquiera de castigos ni prisiones, estoy hablando de la culpa. La culpa se come a Raskólnikov desde adentro, la culpa lo decide a entregarse. El sistema, el poder, es una cosa que parece casi etérea, se encuentra diluido en nuestra mente, contamina nuestros pensamientos intrusivos, miedos, sueños e inseguridades. Dostoievski está de acuerdo con que el capital es destructivo y que daña la vida, ¿lo vuelve eso un socialista, un escritor afín al socialismo? No aceleremos, vayamos por partes. A ver: tenemos a un individuo nervioso y enfermizo, frustrado por sus circunstancias materiales y que, en sus momentos de tedio y frustración (que son MUCHÍSIMOS), empieza hacer malabares con la lógica, hasta que consigue aparecer su ocurrencia asesina como un acto redentor, revolucionario y hasta socialmente deseable, puesto que, al matar a semejante persona, él le da un servicio a todas las demás personas. Se compara, megalomaníaco, con Napoelón, habla solo, olvida para qué entró a un cuarto cuando ya está en él...en fin, que al batiúshka (wey en ruso) le falla. ¿Qué significa que Dostoievski halla escogido precisamente a un individuo así para una novela que trata acerca de la comisión de un crimen? ¿Acerca de lo que le hace el poder a los seres humanos? Que Dostoievski quiere poner a prueba muchas cosas. No sólamente la moral cristiana, con la cual mantuvo una conflictiva relación toda su vida (y que fue el motor principal para su otra obra mestra, Los Hermanos Karamázov), sino también y sobretodo, con el naciente socialismo. Para ello dibujó a un individuo que sirve como experimento a través del cual probar las tesis de esta nueva y flamante corriente ideológica. ¿cuáles son sus conclsuiones? Lo mejor de esta novela es que no da conclusiones, y eso se debe a que, como ya dije al principio, Dostoievski no es ningún filósofo, sino que es un escritor. Y la realidad no ofrece conclusiones, no da seguridades, nos avienta al remolino y, ¡que sea lo que Dios quiera! O lo que quiera el diablo, quien se encuentre más cerquita de nosotros. Dostoeivski vivió cerca del diablo. 

Casi siempre pienso que es probable que, si Dostoievski hubiese conocido a Lenin, lo que hizo Lenin de Rusia, él habría ocupado el lugar que tiene Napoelón en la consciencia de Raskólnikov. Todavía más: veo a Lenin como un reverso de Raskólnikov. Un individuo que tuvo todo en contra suya, que sufrió, que sintió en los huesos la frialdad y el olvido rusos...y que sin embargo sacó de todo ello, henchido de orgullo y de fuerza, casi nada, una insurrección nacional que cambiaría el equilibrio del mundo. Raskólnikov sacó, de lo mismo, un doble homicidio (feminicidio, si nos ponemos serios) del que luego él mismo acabaría entregándose como culpable. Sacó delirio y mareo, sacó locura...Dostoeivski quiere preguntarse por qué esto es así, por qué en este individuo sí y en aquel otro no. Ya dijimos que no da respuestas contundentes, absolutas, pues el alma del artista está dudando siempre (sus personajes son la mejor arma que tiene para inflingirse duda él mismo, para dudar mejor), pero eso no quiere decir, para nada, que no arroje posibles veredas, esqueletos de hipótesis, a lo mejores. Pienso aquí en lo que se presenta como, a la vez, más complicado y más claro: que el alma individual, contraria a la doctrina socialista, existe, que la identidad y el ego se defienden, que no es posible "calcular" a un individuo, mucho menos diseñarlo. La tesis del marxismo histórico, en sus pretensiones de cientificismo, apuesta por mirar a lo social como si fuera un cuerpo, un enorme cuerpo carcomido por los carcinomas del capitalismo. Este cuerpo, se dicen los socialistas, debe ser sanado, reinsertado y redirigido para que no vuelva a enfermarse de lo mismo...este cuerpo será nuestro proyecto. Es decir, que para que la tesis del socialismo pueda funcionar y hacer sus propuestas realidades, el individuo debe ser una plastilina, modelable según la voluntad del artesano. El artesano es, naturalmente, el político socialista, o cualquier Napoelón. Pero hablar de esto empieza a ser difícil, porque no podemos reconocer, llegados este momento de la historia humana, un solo socialismo. Hay los socialismos. El socialismo de Marx, humanitario, creía en el comunismo precisamente como una vía para liberar al individuo, para hacerle disponer de sus tiempos y aficiones a placer, para que pudiese disfrutar su vida. El de Lenin, bueno...el debate acerca de lo que fue el comunismo de Lenin no ha terminado (y no terminará jamás), los marxistas se comen los unos a los otros, no pueden ponerse de acuerdo, se acusan obsesiva y mutamente de no ser verdaderos comunistas...los comunistas se ven incapaces de olvidar las diferencias que los vuelven individuos...¿qué hacer? El problema sale de donde se esconde, pleno: el problema es el individuo, el ego, el impenetrable <<yo>>. Incluso en un comunismo ya instalado en el poder, ¿no estamos habituados a pensar en parte de sus estrategias como una enorme alabanza al individuo, un culto a la personalidad? Stalin, su severo mirar a cada ruso...el problema sigue siendo el individuo. 

La no solución de este problema, el ocultamiento, la ceguera voluntaria ante la cuestión del <<yo>> deviene en criminales, en castigos y en países y civilizaciones completas que funcionan al servicio de esta forma de pensar, una forma de pensar a la que solo le interesan las respuestas, soluciones totales, grandes paquetes de morales y prejuicios ante los cuales, por hábito o comodidad, el ser humano acaba por cerrar los ojos, por bajar los brazos, por no hacer uso de su voz....para marinarse en su resentimiento, en la consciencia de su propia inutilidad y de su condición de esclavo y, finalmente, como si de un ritual que se diera cada ciertos ciclos se tratase, encontrar el momento en el que todos se dicen que ya fue mucho, que ya estuvo, que hay que hacer algo. Vendrá Octubre y será muy rojo...

Vivimos en una sociedad filosófica. La filosofía es la razón en guerra. Los mandatarios de la antigua Grecia se dejaban guiar por los filósofos, de Roma ni se diga, la teología del medievo y el posterior humanismo...¿y no han usado las tropas israelíes las lecciones que aprendieron estudiando a Deleuze y Guattari para concrectar su guerra santa? (aclarando, eso sí, que en este último caso, esta no era la intención de los filósofos) Al final Marx sí que no predijo esto: la filosofía ha transformado desde siempre al mundo. El filósofo sigue en su atalaya, observando, sin mezclarse, pero esto no significa que carezca de poder, que no esté siempre cerca del cielo. ¿Debe esto ser así? ¿No puede ser nada más que así? ¿Qué hubiera pasado si en Rusia, en lugar de a Lenin, hubieran escogido a Dostoievski? El filósofo ha querido, siempre, estar lo más cerca del cielo. Podría hacerse un estudio del uso del cielo como símbolo de movimientos políticos y religiosos, la imagen , el hambre por el cielo... La literatura se escribe, por el contrario, en el subsuelo, con pedazos denegridos de gráfito, hallando la hoja en blanco entre los pasos que deja la gente...Ya propuse yo que la filosofía es la razón en guerra, ¿y si la literatura fuera la razón en comunión? Una comunión con este mundo, con los otros y nosotros mismos. Creo sinceramente que es posible, no a través de la literatura, desde luego (nuestras armas no son las armas de los filósofos, pues nosotros estamos desarmados), sino a través de la vida, de nuestra propia vida, de nuestras personas, de hacernos responsables de los egos. No extraño que el gobierno de la Unión Soviética jamás pudiese "fichar" a Dostoievski, apropiárselo...ese país estaba gobernado por filósofos. Los filósofos son clasificables, siguen un sistema. Los escritores no son clasificables, pues conocen lo inútil de todo sistema. Desde la mentalidad socialista, como desde la mentalidad cristiana, siempre nos hace falta algo, siempre somos comunistas o creyentes imperfectos, y esperamos, en enfriado éxtasis, o la segunda venida o la dictadura del proletariado. El comunismo y el cristianismo instalan a un policía/inquisidor adentro de cada individuo, este policía/inquisidor vigila lo que el individuo dice, lo que el individuo hace, la forma en que aparece ante los otros....pensemos por un momento en las consecuencias psicológicas, intelectuales y emocionales que supone para cualquier persona vivir en estas condiciones autoimpuestas de fe, de ciega devoción y entrega hacia un discurso que promete la felicidad al otro lado de un tiempo siempre indefinido. Por otra parte, y quizá la más horrorosa de todas las similitudes entre la cruz y la hoz, es su manera de tender una invisible red en cada pensamiento: de pronto, cada sensación, estímulo e idea es traspasada por la luz cristiana o socialista, y de pronto todo se vuelve explicable a esta luz, todo lo tiene en cuenta, ofrece una repuesta a cada duda, o voltea a mirar alrededor de ti o voltea a mirar el cielo. Todo se encuentra o en El Capital o en La Biblia. Son pociones para no pensar. Pero pensar, aun hoy, es justo y necesario. Dostoievski, con su vida llena de sombras y de lumbres, lo ha demostrado luminosamente: en esta tierra, en estos cuerpos, entre estas gentes, se puede vivir. Se debe vivir. 

Al final de Crimen y Castigo (y sin afán de hacer, en este artículo, una apología del crimen ni del criminal...), Raskólnikov comprueba que ni el capital ni la fe tienen la última palabra. Logra salir de presidio. Se entiende que reanuda su vida. Se entiende que no va al infierno. Ninguna conclusión es absoluta. Hay que vivir. 




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