Dios nos trajo, Dios sabrá_ir y venir a Jalostotitlán
>Esta crónica de viaje está compuesta únicamente de anotaciones hechas en mi cuadernito personal, desde el 14 hasta el 28 de febrero. Por el bien de la trama (y por el bien del trauma), no he añadido correcciones ortográficas ni estilísticas <
14 de febrero.
"Día del amor y la amistad"
Se supone que ando en Jalos, Jalisco. He tenido pesadillas horrorosas desde el primer sueño que tuve aquí, hace dos días. Delirios persecutorios, narcos que quieren mi cabeza, una escena de agua surreal donde me siento adentro de una película de Michael Haneke, una película donde todas las violencias son posibles y hasta lógicas. En el sueño yo era un niño y dejaba ir un globo azul marino de mi mano, y lo primero que sentí al verlo subir al cielo era que acababa de asesinar un pájaro. La cama de la casa de las Tías no le queda a mi cuerpo. La cama no le queda a mi sueño. Tenía la idea de venir aquí para soltar todo mi peso, pero no creí que fuera a doler tanto. Me había acostumbrado tanto al peso muerto que lo pensaba como parte de mi cuerpo y arrancarlo está doliendo cabrón. Llevo aquí dos días y ya he llorado tres veces, llorado de dolor y de miedo. Miedo a todo lo que ha muerto en mí, y miedo al hecho de que yo solito lo maté. Dos de las tres veces que yo y Lucero terminamos fueron en San Valentín. Cuando empezaba este año, ella había vuelto a hablarme. No, antes de que acabara el viejo y empezara el nuevo, en Navidad me habló. Estaba completamente disociado desayunando solo en la cocina de mi casa y me mandó una carta que me hizo bolita el corazón. Ya me había llamado gusano, perro traicionero, que merecía todo el odio que hubiera en el mundo, y en navidad volví a ser un amor, y una luz, y alguien que fue todo para ella y ella todo para mí. Yo en esa fecha no estaba ni cerquita de olvidarla, pero ya había dado mis primeros pasos hacia cualquier otro lugar que no fuera mi relación con ella. Mi mente estaba devastada porque durante siete años la había construido alrededor de nosotros, y ahora ya no tenía mi eje. Por eso me devastó, y por eso me volvió a devastar que me hablara. Ella jamás fue una mala persona, pero eso que hizo en navidad, darme esperanza, fue lo peor que me ha hecho. Yo, como la persona inmadura y pendeja que insisto ser, caí derecho de vuelta a su voz, a sus palabras, a los mundos que ella coloreaba para mí. La conversación en navidad fue como una explosión de amor frenético, el amor que en varios meses no habíamos podido entregarnos detonó ese día como un terrorismo romántico, pero la plática quedó en suspenso. Volvió a hablarme en año nuevo. Y si al principio pensaba que su contacto conmigo era producto de la debilidad, de la tristeza y soledad que los seres humanos solemos sentir por esas fechas, el hecho de que aun después siguiéramos hablando me desbarató la poca racionalidad que me quedaba. Me mandó un poema, creo que era de Perú Rossi, en el que hablaba de un hijo hipotético al que llevaríamos al zoológico. No quería volver, sabía que jamás sería la opción volver; pero tampoco quería cortar completamente el hilo que unía, incluso tenso y apunto de rasgarse, nuestro mundo que de a poco empezaba a ser dos mundos otra vez. Luego, en principios de febrero, otra vez me habló, me dijo que viajaba, y como yo estaba próximo a viajar también, hasta eso me pareció una coincidencia que era demasiado: no volvería a ser mi novia, pero le hablaría para saber que ella seguía existiendo, y ella me hablaría para lo mismo. En mi cabeza así quedó la cosa: esta mujer y yo no vamos a amarnos, pero tampoco a olvidarnos. Después de todas mis infidelidades hacia ella, mis dudas, mis contradicciones como amante y pareja, pensé que dejarlo así era una tregua perfecta, un cómodo semi-olvido en el que, si bien no entraríamos completamente en la vida del otro, permaneceríamos visibles para el otro, no muy lejos, no muy cerca, siempre al alcance de los ojos. Ése es, rápidamente, el contexto de mi llegada a Jalos. Hoy, esta noche de este día, tales esperanzas han quedado devastadas, porque el hueco lleno de hambre que habita adentro de mi pecho me pidió más dolor, y yo accedí y me metí a ver su instagram y descubrí el horror: ella ya andaba con otro. Y no era que apenas hubiera empezado a andar con él, llevaban desde el año pasado. O sea, todas esas cosas que me dijo, que me amaba y todas las mamadas, me las dijo estando ya con alguien. No debería sorprenderme, no quisiera sentirme sorprendido, no tengo por qué estar sorprendido ni tengo derecho a estarlo. Pero a mi corazón ya no le interesa. Llorad, corazón, que tenéis razón... Por eso lloro ahora y seguiré llorando hasta no sé cuándo. ¿Cómo es posible? ¿Cómo????? ¿Ella me ama a mí y también él?? Sé que es perfectamente posible, sé que no es inmoral. Ella es una morra de corazón grandote y es esperable que ame y sienta deseo hacia dos o incluso más de dos. Y aun con este pensamiento a la mano, el pensamiento de que la conozco y sé quién es y esto que hace tiene todo el sentido del mundo, aún con eso, lloro. Pero el verdadero horror es el siguiente: yo ya sé cómo eso es posible, porque yo mismo hice cosas así, y cosas peores de las que ya le he hablado a este mismo cuaderno. Yo la he engañado brutalmente, fuera por tristeza o por hastío o por idiotez (las excusas son tan inagotables como inútiles). Yo ya sé cómo se juega chueco, pero jamás había sabido lo que era que te jugaran chueco a ti. DUELE hasta hacerme desear el suicidio. Duele que te digan que te aman cuando están amando a otro. DUELE SER EL OTRO. Duele por saber que es merecido, que es la vida emparejándome las cosas, cobrándome las que debía. Esto no tiene nada que ver con nuestra época poliamorosa, porque entonces ella y yo seguíamos viéndonos las caras y oyéndonos las voces. Ahora su voz no está cerca de aquí. Pero tengo miedo y voy a ser cobarde y ahorita no he parado de temblar y apenas puedo escribir. Ella me dijo que me amaba estando ya en amor con otro, ¿a quién vergas le importa quién sea el otro? No me atreví a entrar en el perfil del otro, aunque sé su nombre. Me imagino a algún treintón drogadicto y sin futuro laboral visible, que empieza a perder su carisma y que, incapaz de entenderse con mujeres de su edad, asalta a una menor que él. También me imagino a un atleta de su edad y carismático qué sin lugar a dudas podría propinarme una verguiza sin yo meter, siquiera, las manos. Podría no ser ninguna de las dos, y ser en cambio el tipo más equis del mundo. Nada importa quién sea él. Lo que importa es que no soy yo. Quiero morir. Estoy muerto. Yo me negaba a darle entrada a todo este dolor, pero simplemente ya es muchísimo, ya no cabe en mí igual que yo no quepo en esta cama y ya no aguanto y ojalá mis ojos ...
15 de febrero.
"Miércoles de Ceniza"
Para sorpresa de mí, he despertado y sigo siendo yo. Los ojos no me arden ni los tengo hinchados, como si no los hubiera usado ayer para llorar. Pero siento la huella del llanto por todo mi cuerpo, y lo siento porque ya no está, me siento liviano. Creo que llorar me excita. Vi la película de Spiderman 2 y me puso una verguiza, pero era necesaria. Volví a llorar, en la parte donde la Tía May perdona a Peter y en donde Peter tiene que fotogafiar a Mary Jane con su nuevo esposo el astronauta jajajaj. Pero Peter Parker nunca engañó a Mary Jane. Spiderman sí, besó a Gwen Stacy en la tercera. Pero Peter Parker no. Peter Parker jamás.
No creo en Dios, pero acompañé hace rato a la Tía Patrocinio a por ceniza de Jesús, y me arrodillé bajo la voz del padre y murmuré palabras en las que no creía. Pero no se sintió como mentir. Me tiznaron la frente con ceniza negra y casi vuelvo a llorar. Dios, la cruz, el espíritu santo no serán verdad, pero son verdad los centenares de gentes de rodillas, son reales sus rodillas entumidas, son de a de veras sus lágrimas, la fe y la devoción que ellos les tienen. Y es real lo bravo con que sufren, con que le dan la cara al dolor. No le dicen que no a la penitencia, no esperan ansiosos que la pena acabe. La gente católica sabe sufrir, porque toda su vida es un gran evento católico, la vida de toda esta gente...Tienen los brazos abiertos a la lumbre del infierno y no les espanta la idea de ir ahí. Tengo que tenerle miedo a algo. Tengo que tener motivos para agachar los ojos. Mi rebeldía absoluta para con todo en esta vida ha sido estúpida, ha sido egocéntrica y me ha aislado. ¡No puedo ser rebelde todo yo! Y ahora veo que este viaje es para eso, para eso vine de tan lejos. Esto es un golpe de estado en contra de mí mismo. Tuve que venir tan acá para enfrentarme a mi pesar, mi dolor que tanto rato yo he escondido se hizo grande con el tiempo, lo dejé que brotara y creciera y ahora no hay pa dónde hacerse porque amenaza con ocupar todo mi adentro y dejarme a mí afuera de mí. Mi dependencia de la marihuana, mi dependencia emocional de las mujeres, mi dependencia de la putísima depresión, el frenesí sexual post-noviazgo (durante tres meses mi verga fue pública), todo eso me lo traje acá para matarlo. Ahora lo veo. Llevo cuatro días sin marihuana y llevaba meses fumando a diario todo el día y se está saliendo de mi cuerpo al fin. Siento cómo sale de mi cuerpo.¡Por eso me ha dolido tanto mi dolor! Sólamente quería salir y yo no lo dejaba. Pero dolor no es todo lo que soy. La tristeza que dejé crecer ahora está madura, ahora se me alza como enorme monstruo, en el único lugar en donde no hay adónde correr: adentro de mi cráneo, piel adentro. Quiero amar ya en serio, quiero cuidar mi salud, quiero tenerme tantito respeto. Ya no le quiero tener miedo a mis miedos. Ya basta del niño hecho bolita. Ya es hora de que salga el hombre.
18 de febrero.
"Pajaretes"
Quiero un pajarete desde que sé que existen, desde que mi abuelo me contó que existían, pocos días antes de venirnos para acá. Leche bronca, chocolate molido, café y alcohol de caña de 96 grados. Básicamente agua de lumbre sabor Frappé. Según eso la hora ideal es muy temprano, antes de que venga el sol, porque las vacas, si durmieron bien, "traen ganas de que las expriman". Me gustaría que alguna vaca corroborase dicha información, pero no es posible. Hoy el primo Jairo vino por nosotros, como a las 5 de la mañana, y mi abuelo decidió pasarse de verga. No me despertó. El primo le dijo "¿y qué onda con el gallo no va a querer probar los pajaretes?" Y mi abuelo le respondió "nah pinche gallo madreado que se quede jetón, al cabo el alcohol lo pone mal al wey". Cuando venían de regreso, el primo Jairo me traía un pajarete en un termo; mi abuelo se lo tomó en el camino. La única justicia fue que a mi abuelo le pegó una indigestión cabrona y no ha salido en todo el día del baño. Me quedé sin probar los pajaretes, pero quizá me hubiera ido igual que a mi abuelo, quizá Dios haya empezado a quererme. Quién sabe.
22 de febrero.
"...allá en la mesita está el cielo"
Más mamadas. Ayer el primo Maye nos había hablado de la peregrinación hacia Santa Anna, a la capilla en donde había vivido y muerto el padre Toribio Romo, canonizado santo por el mismísimo Papa (no me acuerdo cuál Papa). Mi abuelo no quiso ir porque era ir caminando. Hasta mi tío Tucán fue, y yo, por no serle desleal a mi abuelo, me fui con él de vuelta a la cada de las tías, donde, para variar, se puso hasta las chanclas viendo las noticias y se fue a dormir. Hoy el primo Félix nos trajo pero en camioneta. La capilla es preciosa y está tan solitaria...solamente las personas de limpieza rondando por ahí, y una que otra familia de weros, tomando fotos al sagrario. El sol está pesado y no traigo sombrero, allá abajo había visto que un señor vendía, a lo mejor ahorita...
Mi abuelo tiene prisa por todo. Chingue y chingue que nos trajeran en carro y ni siquiera quiere detenerse a mirar de cerca lo que vino a ver. Salimos y entramos de la capilla principal como si nos cobraran por estar parados dentro, como si cobraran la sombrita. Saliendo de la catedral bajamos por el "Pabellón de los mártires", un panteón de héroes católicos. Lo chingón era que todos esos padrecitos hablaban como un personaje de Rulfo. O sea, wacha, estas fueron las últimas palabras del padrecito José Isabel Flores Varela: "Así con soga no me van a matar, hijos; yo les voy a decir cómo me maten...pero antes quiero decirles que si alguno recibió de mí algún sacramento, no se manche las manos". Qué huevotes. O este de acá, de Pedro Esqueda Ramírez: "Dios me trajo y Dios sabrá...no, no estoy arrepentido de ser cura ni por un momento, y poco me falta para ir al cielo". Wey, son cosas del nivel de Rulfo y estos weyes las decían así nomás, nmms.
Al final valió la pena y me compré un sombrero chingonsísimo, de esos como de paja, de campesino, se me ve bien vergas
24 de febrero
San Juan de los Lagos
No las había mencionado porque no hallaba cómo abordar su existencia; pero existen. La tía Patrocinio y la Tía Trinidad son dos viejitas que ya rozan los noventa abriles, pero hablan como si fueran niñas. Hablan y hablan, y no importa la cosa que les digas o preguntes, siempre te responden con una larga historia que puede abarcar años e incluso décadas, y hacer referencia a otras historias que ya te han contado, como si tuvieran su propio multiverso de anécdotas de venganza católica. Lo primero que hicieron al llegar fue platicarnos la historia del Padre Toribio, cómo lo fusilaron en su propia casa y enfrente de su propia hermana, cómo peleó contra los federales y se fue con los de la cristiada y dio misa a escondidas del gobierno. La tía Patrocinio, que es la menor, es una narradora por naturaleza. La Tía Trinidad, más viejita, no cuenta como tal historias, pero sazona las de su hermana con detalles picantes y a menudo muy groseros, le da dinanismo a las pláticas y de repente se acuerda de cosas que no hay manera de que se acuerde de ellas, pero nadie la contradice y además sus aportes son muy bienvenidos. Son adorables, aunque se la vivan rezando todo el día y te quieran hacer que reces con ellas, aunque miren la misa en la televisión dos veces al día y en la noche se escuchen sus murmullos de que siguen rezando. El primer día que dormí aquí no pude dormir por el miedo. Pero ahora me daría miedo lo contrario, no oír nada cuando ya no hay luz. Me han recibido como uno más de su enorme familia y me han dado acceso a un méxico extinto, a una vieja mina llena todavía de piedras preciosísimas, y se los agradezco y he llegado a quererlas. Traen mucha más coto y carisma que MUCHA gente de mi edad, y definitivamente traen más coto y carisma que mi abuelo, quien no ha hecho más que amargarse y emborracharse insultando a López Obrador cuando lo ve en las noticias (y también cuando no lo está viendo).
Hace rato, la Tía Patro se dislocó un hombro. No fue una lesión muy grave pero le dolía, y de lo que más me acuerdo es de mi abuelo burlándose de ella, diciéndole que no le hiciera a la mamada y que eso le pasaba por estar tan vieja. Al cabo las primas vinieron por ella, para llevarla a su doctor hasta San Juan. Vinieron por ella, entonces me quedé en la casa junto con la Tía Trina. Se quedó dormida mirando una repetición del Exatlón por TV Azteca. La tía Trina casi que vive en ese sillón en el que se quedó dormida. En lo que llevo estando aquí, puedo contar con los dedos de una mano las veces que la he visto levantarse. Ya está muy viejita y se te acerca mucho para oírte hablar, y para hablarle tienes que gritarle. De noche, aparte de los rezos de la Tía Patrocinio, también se escucha la respiración artificial de su respirador.
En la tarde voy a irme solo a la plaza. No he disfrutado verdaderamente de mi estancia aquí, y ha sido por mi pendejez de ahuevo estar al lado de mi abuelo. No lo necesito, su energía es pesada y demasiado oscura y donde esté está la tensión. Voy a irme con mi sombrerito a Plaza Mayor y que sea lo que Dios me ponga enfrente. También voy a comer algo chingón. Sin duda ha sido interesante comer casi todos los días sopitas Knorr y atún con pico de gallo, pero ahora tengo un hambre más grande y quiero quedar satisfecho.
NMMS. Pues wacha, acababa de comerme un salmón con pesto buenísimo en un restaurancito que está antes del puente. Salí y me encaminé ora sí a la plaza, y en eso que me empiezan a pitar. Volteo pa cualquier parte esperando ver algún familiar que me haya reconocido, los primos, las primas, pero no. Era un carrito muy lujoso e iban dos morras en él, una atrás, otra enfrente, en el asiento del copiloto. Traían a un chófer chaparrito que se miraba bien nervioso y no paraba de mirar hacia el retrovisor. Una, la que me habló, traía en la mano un vaso lleno de algo ambarino y con la otra mano me hacía señas pa que me acercara. Vi que tenían atrás de sí una filota de carros que empezaban a pitar, pero de pendejo FUI hacia ellas. Me dijo que me veía muy guapo con ese sombrero, que de dónde era y que hacia adónde iba. Ellas iban a San Juan. La otra morra, la del asiento de atrás, no paraba de mandarme besos y pasarse la lengua por los labios (olía fuertemente a Marihuana), y mientras su compa me hablaba me quitó mi sombrero. Se empezaron a reír y me dijeron: si nos alcanzas, te lo devolvemos. La morra del copiloto le dio un pellizco en el muslo al chofer. Y el chofer chaparrito le pisó, y yo las alcancé. Me subí en la parte de atrás, junto a la que me había quitado mi sombrero. Lo del vaso lleno de algo ambarino era tequila Pueblo escondido. Ahora yo también voy para San Juán.
Ahora es un día diferente, pero pongo esta entrada en el 24 porque no he dormido y para mí el día es el mismo. Lo que pasó ayer después de lo de las morras que me robaron el sombrero requeriría su propio texto aparte, por tratarse de mi experiencia en el sexo colectivo. Pero ahora, mientras ese texto aparece (si llega a aparecer) escribo, desde un hospital privado de San Juan, lo que sucedió ayer cuando regresé a Jalos. Voy a escribir el nuevo evento católico, el que me ha salvado.
Pues regresé. Volví de San Juan de los Lagos. Estaba en una fiesta y estaba muy, muy borracho y de repente me entró este escalofrío, este sentido arácnido que informa que algo está saliendo o va a salir muy mal. Las morras (a quienes apodaban en su pueblo "Las chiqueado") me prestaron al chofer chaparrito para regresarme hasta Jalos. Yo venía intentando seguir la plática del conductor, pero la verdad es que la ansiedad empezaba ya a crecer y lo sabía por mis manos, por cómo me temblaban. De chiquito aprendí que la ansiedad podía canalizarse si la dirigías a una sola parte de tu cuerpo . Antes la mandaba hacia mis piernas, pero cuando crecí, no sé por qué, preferí mis manos. Entonces así venía, borrachísimo y ansiado respondiendo pendejadas (doy gracias de no acordarme qué pendejadas) a un chófer que no sé cómo alcanzaba los pedales. Me dejó sobre la calle de la casa de mis tías y en cuanto entré se materializó el presentimiento. La prima Fátima caminaba de un lado a otro con el celular en la oreja y con la cara de la angustia, mi tía Patrocinio lloraba con su brazo en cabestrillo, y en el sillón, en el mismo en que se había quedado dormida, la Tía Trinidad miraba para el techo, con la máscara de oxígeno puesta y sin siquiera parpadear. Le estaba dando un ataque de algo, apenas respiraba y no te reconocía si le hablabas. La tía Patrocinio lloraba, la prima Fátima hablaba con alguien, y yo no sabía qué hacer porque ni siquiera nos reconocía, como si no estuviera aquí. Lo primero que se le ocurrió a mi cerebro fue mi abuelo, la figura de mi abuelo, él sabría qué hacer."¿Adónde está mi abuelo, Tía" ..."Ay...tu abuelo". Resulta que al señor nomás le dio la mente para ver la situación, agarrar su 12 de tecates con la mano, levantarse y decir "A mí no me interesa nada del mundo". E irse a dormir, como si nada. Las manos me volvieron a temblar. Por fortuna, con quien la prima Monse hablaba era con el Hospital de Buenavista, de San Juan, de donde yo había venido. Iban a mandar a un camillero y teníamos que prepararlo todo. Antes de irnos, entré al cuarto de mi abuelo, lo desperté y le supliqué que se levantara para acompañar a la tía Patro, que no podía dejarla sola, que no me dejara abajo a mí. Así le dije, me acuerdo clarísimo de eso, y me acuerdo clarísimo de su respuesta. Yo le dije: "Ándele, abuelo, no vaya a llorar sola la Tía Patro...ándele, abuelo, no me deje abajo". Y él (no lo podré nunca olvidar) abrió los ojos, me miró con ambos ojos como si me viera por primera vez, aventó la mano en el aire, hizo el ademán universal de "no estés chingando". Y volvió a dormirse. Y yo quedé parado como un pendejo en la sombra, y el corazón se me arrugó de pena y rabia. Y todavía me quedé unos poquitos segundos en la sombra, viendo su cuerpo enorme inflarse y desinflarse de respiración, y pensé que así como estaba, en lo oscuro, yo tampoco lo reconocía, yo también lo miraba por primera vez. Despejamos la entrada, abrimos la puerta que daba a la calle, desenvolvimos el cuerpo de la tía de las cobijas y esperamos la ambulancia. Fueron llegando vecinos y allegados a las tías, a abrazar a la tía Patrocinio que lloraba, a consolarla y a mirar con verdadero dolor convalecer a la tía Trina. Llegó el paramédico, levantamos a la tía, la subimos a la ambulancia y nos fuimos, la prima Fátima y yo junto con ella. Atrás de nosotros, en otra camioneta, nos seguía la prima Monse. Era noche y no había nadie por la carretera, y tenía la sensación de que avanzábamos sobre un vacío, sobre un largo riel de oscuridad. Quizá fuera sólamente que yo seguía muy ebrio y estaba asustado, porque la Tía Trina hablaba de gente que ya estaba muerta como si vivieran, hablaba de la prima Fátima como si fuese una bebé. Daba susto. Estaba asustado.
La tía Trinidad está bien. Fue una broncopulmonía pero se repondrá. En cuanto entramos a su habitación nos saludó con un sonoro "¡QIUBO!". Pasamos en vela la noche por ella, aquí nos amaneció. Dormí junto a la prima Monse en un sillón muy largo. Ha sido mi mejor sueño desde que llegué aquí a Jalos, Dios bendiga los sillones de hospital privado, y Dios bendiga a la Tía Trinidad por haberla hecho tan recia. No hubo pesadillas, no hubo dolor de huesos. La tía estará bien. Hace rato le marqué a mi abuelo, para saber si iba a venir a verla, para ver si nos traía algo qué desayunar. Me mandó a la verga otra vez, pero eso ya no me sorprendió.
Jamás volveré a confiar en mi abuelo otra vez. Jamás tendré figura paterna. Jamás voy a tener un padre. Pero ahora sé que no lo necesito. Ya no me siento débil ni enfermizo. Ya no siento que tenga que haber alguien atrás mío, sosteniéndome. Ya no es miedo todo lo que soy.
26 de febrero.
Toros es acróstico de Otros
Estoy en la barra de La Casa Verde, una cantina, y estoy mirando una lida de toros que están pasando por la tele. La gente de este pueblo ama los toros, pero ama más a los que son sus asesinos. Aquellos toreros están manchados de sangre. Pero no es su sangre. Es la de los toros que no saben que los sangran, solo sienten mojadas sus espaldas. No tienen ni derecho de saber que los están matando porque salen al ruedo muy drogados, pero ahí están de todas maneras, agonizando y en euforia, y traen la sangre colgándoles del lomo, la saliva en hilos qué se hacen en la tierra charcos. Ellos no saben que se mueren. Los toreros son cobardes vestidos de payasos.
28 de febrero
Nota desde al avión
Y yo sintiendo el cielo aparecer bajo mis suelas, llenándome de aire y de nube entre los pies. Esas son las nubes arrimadas al avión, pero puedo ver también las de hasta más allá, asoleándose, con el blanco abrillantado por el sol, por su lumbre, como si quemara oro. Volteo mis ojos para adentro y pienso. Pienso en lo que allá me espera. Las viejas caras con sus viejas voces, la enorme confusión en que anduve sumido tanto rato, lo desperdiciados que quedaron tantos pasos. Los años que ahora miro y son borrosos. La infelicidad que usé para encerrarme adentro de mi miedo, el sentirme una calaca, el verme al espejo y no ver más que una nada en forma de muchacho...vivía nomás interesado en el ayer. Nunca más. Nunca más rondar entre las ruinas, ni esperar verles algo cambiado, algo nuevo, algo acabado de nacer. Todo se fue con el fuego, pero no hay porqué para también yo arder. No me engaño, hay miedo, hay terror a recaer en la espiral que para mí se llamaba Lucero, mi relación con ella, mi relación con mi abuelo, mi relación con toda mi familia que se desmoronaba, mis traumas y mis vicios. Pero hay cosas nuevas, una nueva fuerza que busca una nueva dirección por la cual salir de mi cuerpo y hacerse presente en este mundo. Los fuegos que la sangre ma la evaporaron, han sido ya apagados por mis lágrimas. Y corre libre por mis brazos la enredadera de mis venas, yendo y trayéndome la vida, el aire, lo azul, la luz que el cielo a todos nos reparte. A todos nos toca una poca de luz, y yo ya aprendí a abrir los ojos. Puedo hacerlo. Puedo ver al sol a los ojos y sin parpadear. Voy a hacerlo. Lo voy a hacer porque me quiero, porque me amo y no sabía qué se sentía; no sabía qué se sentía quererme y era todo lo que siempre quise. Me había olvidado de mi amor. El enorme peso muerto ha muerto.
Tijuana, déjate venir.


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