Once Upon a Time in...Tijuana
Miré Once Upon a Time...in Hollywood en un cine que ya no existe. Y no sé, creo que eso habla bastante sobre la vigencia de su mensaje. Sobre cómo el cine es más que lo que ocurre adentro de la pantalla. El cine es época y es industria; el cine es una industria que fabrica épocas.
El lugar en cuestión, el Cine Tonalá, es lo más cerca que existía en Tijuana a una alternativa a esa cartelera que siempre estaba compuesta por Marvel y algunas superproducciones pendejas para rellenar los itinerarios. La vez que fui a ver lo último de Tarantino, iba con mi novia, mi mejor amigo y su novia, y fue una experiencia increíble. La recreación que hizo el director de un pedazo de tiempo y espacio es increíble, su sentido de atmósfera es increíble, su manera de comunicar el espíritu de una década y condensarlo en apenas dos horas y cacho, es increíble. La estructura de la película (que muchxs todavía se empeñan en calificar de "desestructura") funciona no sólo dentro de los mecanismos narrativos habituales que le permiten a las películas contar historias; son los propios mecanismos los que, subterráneamente, como una base invisible, refuerzan y cristalizan esa historia.
Al inicio de la trama, tenemos una serie western, Bownty Law que se convierte inmediatamente en un ejercicio de posmodernidad cinematográfica al ver al protagonista y su doble ser entrevistados por una cadena de televisión. Luego tenemos una introducción más diegética al Hollywood de los 60's, con su respectiva colonización cultural hippie. Hay un plano bastante significativo respecto a esto, en el que se ve un grupo de adolescentes hippies caminando frente un viejo mural sobre cowboys, como si todo lo que quedara de aquellos tiempos y de aquellos sueños fuesen sus rastros en la traza urbana y el imaginario social. Más adelante tenemos un tramo de la trama que se convierte en un slasher, que ocurre en las ruinas de un estudio cinematográfico en el que se filmaban westerns, hace mucho tiempo. Esto es importante, porque para aquella época, el cine de terror psicodélico y sexual, protagonizado por adolescentes, apenas iba tomando forma, pero ya se dejaba ver su presencia en un horizonte cada vez más dinámico. El sello de Tarantino, la violencia dialéctica y cómica, se encuentra agazapado hasta el final de la cinta, cuando vuelve a tomar el timón y redirige toda la película a su habitual manía de modificar la Historia, de sobrescribirla con ficción. Sólo que esta vez, hasta eso constituye una carta de amor a su medio. Un final alternativo a una historia trágica y traumática, incrustada en el corazón del imaginario hollywoodense de finales de los 60's: el brutal asesinato de Sharon Tate y sus amigos, remplazado por una soberbia secuencia de gore psicodélico metaficcional.
Por eso el formato narrativo, la atmósfera y la naturaleza de los personajes entran en resonancia con las características de los cuentos, de los ojalás y los hubiera. La presencia de un doble protagonista, Rick y Cliff, con el primero siendo el eje de la ficción y el segundo de lo real, corona el mensaje. El cine, para Tarantino, es una historia contada por sí mismo para sí mismo, una relación dialéctica y estructural entre realidad y ficción. Realidad y ficción repercuten la una en la otra, dialogan, se hacen preguntas y se desafían constantemente. El cine es una fábrica que devora su propia historia y su propia realidad para traducirla a nuevos siglos, a gentes de otros pasados. Es la fábrica de tiempo como nunca lo han sido la literatura o la pintura.
Y para comprobar esto último, basta con ver con ver el detalle y la complejidad presentes en la recreación que hizo Tarantino de la ciudad de su niñez. Basta con ver el cariño en forma neones, autocinemas, vestuarios, transportes, cielos y paisajes, formas de hacer y mirar el cine, para comprobarlo. Tarantino no aspira a reconstruir la ciudad, porque eso, en su filmografía, no tendría sentido. Él viene aquí a recordar, con todos los recortes, omisiones y añadiduras imaginarias que implica ese verbo. Aquí pienso en un texto escrito por Hugo Gris, trenzando paralelamente los significados de In The Mood for Love y Gorogoa:
Juntos a dos de sus actores predilectos, un director de arte inspiradísimo y la colaboración de chefs y locutores de radio retirados, Kar-Wai se prepara para abrir una grieta en el espacio-tiempo. Sirviéndose de texturas y colores, del sabor y los olores de platos tradicionales, del eco de viejas óperas y el humo de decenas de cigarrillos, de veinte qipaos y un par de tazas verdes con los platos a juego, transforma la realidad para vestirla, durante un instante, de otra época. Por un momento, Wong vuelve al lugar donde transcurrió su infancia.
Entre Kar-Wai y Tarantino puede leerse una similitud, pero también una diferencia, que habla en última instancia de dos maneras de fabricar el tiempo a través de una cámara, un espacio y un puñado de actores. Kar-Wai somete a sus personajes a los embates de la vida diaria, a la sinuosa rutina y la precariedad del Hong Kong de principios de los 60. Tarantino opera en un sentido contrario: es la ciudad la que se rinde a quienes la habitan y la recorren. Por un lado, una recreación museística, un homenaje a un momento en el tiempo del que solo quedan polvo y ecos; por otro, una reimaginación, un reajuste lúdico entre dos fechas separadas que se reconcilian para ser una sola cosa. Para Tarantino, imaginar el pasado implica pensar sobre el presente, y sobre el futuro.
Hoy, lo que antaño fuera una cartelera atestada de títulos y tipografías, es una franja blanca y vacía, colgando sobre una banqueta sin nombre. El Cine Tonalá está cerrado, y la zona mítico-mágica que lo albergaba, el Centro de Tijuana, es víctima de un masivo proceso de gentrificación. La industria inmobiliaria y el ocio, con su indiferencia para lo que es marginal, distinto y accesible, devorando con gula calles y pasajes enteros, sometiendo a sus gentes y sus lugares a un monstruoso proceso de traducción burguesa, limando límites y disidencias. Perdiendo, cada día un poquito más, su perpetua lucha contra el tiempo.



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