La Crónica Francesa va en putiza y eso la daña como película



Lo que digo en el título podría resumir todo este texto que no sé qué tan largo será. Básicamente, las películas de Wes Anderson están hechas de detalles, de ecosistemas de detalles. Nunca he visto las películas de este director tanto por la trama o los personajes como por las coreografías, las simetrías y la organización enfermiza con que gestiona cada uno de sus fotogramas. Es placer crudo y listo para consumir, así que, ¿por qué no consumirlo sabiendo exactamente lo que es? Pienso que todas sus películas compiten entre sí para ver cuál se parece más a un cuadro, a una fotografía o a un dibujo en el periódico del domingo. Eso no era un problema en sus anteriores trabajos, porque los acontecimientos estaban ubicados en una historia que iba subiendo de ritmo, y los detallitos y minucias que se iban derramando eran, en fin, sustituidos por el golpe del grosor narrativo, por el drama. Aquí, sin embargo, en La Crónica Francesa, el espectador es también un lector, el lector de una revista cultural interesada en la política, la cocina, el urbanismo, las artes y la historia. Y eso significa que esta película debe leerse como se lee un periódico, despacio, sorbiendo poco a poco los pormenores, los anexos, los nombres y fotografías, los crucigramas y los anuncios. Lo que pasa es que la película va en putiza, demasiado acelerada hacia los créditos. Y duele saber que te estás perdiendo de las minucias, de las texturas en cada plano, de ese arreglo floral o la forma en que los escritorios reflejan la personalidad de los escritores. Jode que esta película sea, una y otra vez, un cuadro impresionista, una primera plana, una maqueta perfecta y un diorama multinivel, poliédrico y polisémico, y que no haya un momento para pararse a apreciar nada de eso, que todo sea como un desfile sin frenos. 

La película es exactamente como la portada de este texto, que es un fotograma de la cinta: es una issue in progress, un collage de ideas malas y buenas entremezcladas sobre la pantalla, una cadena de eventos que deben ser conectados por el propio lector, el borrador de El Ulises, el guión desnudo de una película, una colección de poemas que no terminaste de escribir, una memoria hermosa de la que te acuerdas a medias. 

Supongo que este era un destino inevitable para el cine de Wes Anderson. Toda la manía obsesiva con la perfección de cada encuadre sólo podía llevar a una paradoja, que en este caso se llama La Crónica Francesa. Cada segundo es de una belleza tremenda, plástica y resplandeciente, pero es que cada uno de esos segundos se va acabando más rápido que el anterior. Y no da tiempo. ¿Y así cómo?

Al salir de cine, tenía los ojos revueltos, ¿qué había visto? Un manchón de movimientos que se diluían, colores pastel derretidos, rostros licuados dentro de una cámara, nombres, tipografías, calles y cuadros fundidos en un parpadeo que cuando te diste cuenta que inició, ya estaba terminando. Fuera de eso, es una película bonita, que te hará reír y llegará a comprender lo que eres si estás dispuesto a escucharla. 

Comentarios

Entradas populares