Odio la literatura, pero amo los libros
A pesar de todo esto, ayer me enteré de que la literatura, a pesar de todo, siempre sí existe. Me encontré con esos dos weyes que ahora son mi centro de gravedad, en ese lugar que parece el centro de (toda) la gravedad de Tijuana. Fuimos a buscar una librería que, casi igual que literatura, a lo mejor ni existía. La hora le estaba dando al sol sus últimos minutos de vida. Apretado entre otros lugares, olvidado por la arquitectura, un pasillo atravesaba el espacio. Al final del pasillo, un señor mayor conversa con una chica. Ambos son hermosos. Él le comenta a ella que vino desde Rosarito, igual que nosotros, buscando una alucinación. La alucinación es real, pero ya casi cierra. Ella lo deja pasar, porque le han tocado el corazón. Nosotros también pasamos. Quiero que sepan que entrar a esa librería se sintió como cerrar los ojos para ver hacia adentro, como si los párpados fuesen espejos. Caminando entre pilas e hileras de páginas organizadas con plumón y cinta adhesiva, perdemos el sentido de orientación. El lugar es pequeño, pero qué infinitas sus repisas. Cuartos en donde duermen temas, géneros enteros, esperando al par de ojos que los volverán reales. Y entonces lo noto, me lo avisa un escalofrío: la literatura no es otra cosa que un libro, el lugar donde se esconderán las palabras. Y mis amigos son versos vagabundos, rebotando de un índice a otro, caminando entre sus hermanos. Camino hacia ellos, pero ellos llegaron lejos, están en el mundo que fabrica mundos y que traduce silencios. La literatura es, francamente, el mundo que compartimos. El mundo que hablamos y callamos. Porque hablamos muchísimo, decimos tantas palabras tan rápido, que buscar la poesía entre todas esas palabras es como buscarle grietas a los relámpagos. Pero cuando aparece, cuando nos la encontramos, qué deliciosa experiencia, qué rastro tan real de que no toda se olvida. Y qué diferencia al decir la palabra del principio: literatura ya no significa inscripciones, notas bajas y altas, reportes finales, examen y enlaces caídos. Ya es otra palabra. Ahora convertiré a mi novia en una vanguardia, y haré de mis amigos un géneros literario. Mis mascotas serán poemas y mis hermanos ensayos. Yo soy este texto, no sé por cuánto tiempo ni en cuántos idiomas, pero lo soy.
Antes de salir, la chica nos dice que llevan ahí 12 años. 12 años resistiendo, según sus palabras. 12 años de dar refugio a tantas letras, a tantas estrofas, a tantas verdades. 12 años siendo la mejor librería de Tijuana, la librería que nuestros ojos y nuestras manos se merecen. No está hecha de madera, no contiene concreto; sus paredes son libros, sus límites márgenes. El piso es un renglón y nosotros las sílabas. Vayan ahí, maravíllense. Si van, les prometo que sabrán lo que es la literatura. Aprendemos más hojeando páginas sueltas de libros diferentes, que yendo al mismo salón una vez tras otra a leer manuales sobre leer. Se llama Libros Café y Jazz, está en la calle de la Parisina, obviamente en el centro, junto a una Monnerick. ¿Saben qué me llevé de ahí? Poemas de Jaime Labastida, de Amado Nervo y una revista de literatura y lingüística: por menos de 300 pesos. Es irreal. Es uno de los lugares más hermosos en los que he estado nunca, y me trataron como si hubiera ido cada día desde que sé leer. Nada supera ese pedacito de Tijuana.



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