Can´t Man: Una película sobre masculinidad tóxica e impotencia sexual

 



Ant Man es una película sobre un hombre que necesita volverse grande para sentirse un héroe. Me sorprende que nadie haya notado lo tremendamente sexual y freudiana que es la premisa. Al principio, mientras conocemos al rostro bajo la máscara, Scott Lang se desenvuelve en sus diversos entornos como un auténtico fracasado; sin embargo, el momento que acaba por definir el tono psicológico de la película, ocurre cuando el nuevo esposo de su exesposa, y ahora padrastro de sus hijas, le juega un silencioso pulso de rivalidad masculina territorial. El otro tiene la casa, tiene el poder del estado al ser un oficial de policía, y tiene a las chicas. Ante esta grieta en su identidad, Scott debe abrazar su inferioridad, desplazándola desde el plano simbólico hasta el biológico. Debe volverse chiquito. Sin embargo, esto no es todo. Gran parte del mito de la masculinidad occidental contemporánea, implica el establecimiento de un dominio sobre y dentro de un determinado grupo. El otro tiene a su familia, Scott se consigue hormigas. Hormigas que, viéndolo críticamente, son las auténticas heroínas de la película. Scott Lang no sería nada sin las hormigas. Incluso el nombre que adopta (Ant Man) parece jugarle en contra: el Hombre Hormiga. Un sustantivo femenino precioso que se ve groseramente interrumpido por el perpetuo Man de los superhéroes. ¿Cuántos cadáveres de hormigas cosificadas no habrá caminado el heroico HOMBRE hormiga para quedarse con todo el crédito, para sobresalir? Es insultante ver cómo el colectivo auténticamente poderoso de la película desaparece bajo los miedos sexuales de un hombrecito inseguro. 

Cuando Scott ha propagado su dominio sobre otros seres, sólo le queda conquistarse a sí mismo. Sólo le queda convertirse en gigante. Nada casual es que esta agigantamiento del cuerpo y del ego ocurra en el lugar que dio inicio a su inseguridad sexual: la casa, el territorio. Ahí, en el cuarto mismo de su hija, jugándole un pulso a otro hombre que también es pequeño por razones psico-sexuales, se convierte en el gallardo luchador, en el estoico que se sacrifica y cuyo desinterés acaba por conseguirle sus objetivos. Ant Man se vuelve gigante, en una poderosa metáfora de erección liberada, de impotencia existencial superada. No ayuda a nada de esto que las tomas con que el señor director decida enfocar la entrepierna de Ant Man sean vistas desde abajo, como si estuviésemos ante nuestro amo. Incluso siendo chiquito, la película no para de decirnos que las hormigas, las verdaderas salvadoras, siguen por debajo de él. Si a esto le añadimos que el traje del personaje parece un pinche mameluco sadomaso, tenemos la combinación perfecta de símbolos eróticos y subtexto de represión psicosexual. 

Escribo esto porque cuando la vi con mis amigos, drogados con hongos alucinógenos, desciframos la clave de la película. Un relato de masculinidad negada pero presente, de rituales primitivos que se traducen en contextos modernos, de hombres que constantemente se miden el pene. Una auténtica vergüenza que el personaje original, diseñado según teorías de pensamiento ecologista, diese este giro tan aberrante. Sin lugar a dudas, sólo Marvel podría crear una monstruosidad como esta. Jódete Marvel, jódete muchísimo, te odio, ojalá todos te olviden, ojalá vayas a bancarrota. Lo mismo para tu patrón los pendejetes de Disney. No valen verga ninguno de los dos. 

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