Esas sí son formas

Nuevo Orden



Existe gente que piensa que el arte es una especie de burbuja existencial, un páramo aparte, una suerte de vacío en el que la ideología, el contexto y la estructura política y hegemónica quedan suspendidas. Todavía tendemos a eximir al arte de la realidad que le da forma, a inyectarle la norma de la excepción, de decir que la película es sólo su visualidad. Tiemblo ante la idea de esa gente, de esa clase de público yendo a ver esta película al cine y asentir en un orgasmo revelatorio, descubriendo las bases de su eventual declive, creyendo ser consciente de estar mirando una predicción precisa y maestra. Esa persona saldrá de la sala, comentará el discurso de la película, lo pensará como la verdad. Se olvidará de la sombra gigante y profunda que supone el sistema. Incluso nosotros, los prietos, los auténticos antagonistas de nuevo orden, olvidamos la sombra que se yergue sobre cualquier creación. Quizá hayamos aprendido a no verla, o a ignorarla deliberadamente, porque la sombra es oscura, la sombra es prieta, y seguramente es muy mala. Y escribo este texto para intentar que nada de esto sea así, que no dejemos que este panfleto nos haga pendejos, que empecemos a menguar el poder que pseudo artistas como Michel Franco tienen sobre nosotros para aislarnos de nuestra propia gente, de nuestra fuerza, y de nuestra lucha. Escribo sobre una película que es una lucha de los privilegiados para eternizar su posición, para asegurarse de que lo nuevo, lo progresista y lo consciente no llegue hasta sus portones y manche de pintura verde sus audis. Escribo, como tanto otros camaradas a lo largo de México, para mandar a chingar a su madre a los privilegiados, a sus portones y a sus audis. 

Nuevo Orden arranca con una escena que está dirigida como si fuera de terror.  Una secuencia tétrica en la que se abusa de la propiedad privada y de sus propietarios. Un asalto por parte de un grupo de manifestantes prietos (de quienes apenas podemos ver sus caras) a una casa de ricos blancos. La cámara gira todo el rato alrededor de la blanquitud de las víctimas, de sus gestos de dolor, de cómo les duele separarse de ese reloj y esa cuenta bancaria que tanto les ha costado conseguir a base del trabajo de otros. Mientras eso ocurre, las sirvientas domésticas, los asistentes y en general los trabajadores de la mansión, salen a flote como los ladrones, los envidiosos y los malditos que son. Prietos malvados que esperan a que el patrón se desocupe para robarle y perjudicarle con gritos, golpes y violencia explícita. Simultáneamente, los revolucionarios encienden el caos a través de las calles, provocan destrozos, congestionan el flujo de los servicios básicos y en general alteran el status quo. Desde luego que, a nuestro guionista maestro, Michel Franco, no le preocupa hacer un análisis estructural del por qué ocurren esas marchas y levantamientos, no le importan las raíces sistémicas de la furia. A él, más bien, le interesa enfocar la cara pálida y tersa de una de las protagonistas mientras es despojada de su dignidad; por un soldado (también prieto) que no tiene cara. En general, los prietos en esta película difícilmente pueden ser clasificados como personas. Mientras que sus protagonistas caucásicos se escapan muy apenas de esa unidimensionalidad tan pobre en el desarrollo de personajes, los oprimidos sólo existen en función de los opresores, sus existencias se deben a ellos. Franco los presenta como animales salvajes, como los hostiles, como el otro, indispuesto a dialogar y a solucionar sus conflictos, porque está claro que él es el culpable de todas sus desgracias, que él decidió nacer en el lugar en dónde nació, y que él debería buscar las formas de rescatarse. Esas no son formas, señor Franco. Buscar representar una realidad sociopolítica de una geografía particular implica ir hasta el fondo, hasta el auténtico maltrato, hasta la verdadera violencia que ocurre a diario y que no sucede en ninguna protesta ni en ninguna marcha, que ocurre en las calles y los centros laborales, a plena vista, de una forma tan normalizada que hasta le llamamos ley, estado de derecho, constitución, orden. 
La representación que nuevo orden hace del orden es cobarde, es miserable en cuanto a su alcance crítico, Franco no sale del territorio de los millonarios, es su sufrimiento el único que sabe, el que le interesa retratar. Muchos querrán contra-argumentar que la película también muestra el dolor de nosotros los prietos, pero ese es un argumento que queda inválido cuando consideras que las condiciones materiales que llevaron a esos prietos a su dolor fue la actividad de los otros prietos, de los revoltosos. Se chingaron ellos solitos. Ellos y no sus patrones se han llevado a la ruina, a la violencia y a la dictadura. No hay ningún intento legítimo por visibilizar los engranajes de tiranía que los acaudalados han instaurado sobre el resto de nosotros. Franco arroja en sus imágenes una argamasa de videos, símbolos y referencias, y espera que nosotros hagamos el trabajo por él y lleguemos a la todopoderosa conclusión: la revolución es violencia por la violencia, ese no es el camino. Lo que hay que hacer es esperar a que los whitexicans dejen de aprovecharse de nosotros, hay que crear películas que concienticen a los whitexicans, y rogar porque en algún momento lo entiendan. Sólo así, pacífica, pasivamente, el cambio es posible. Porque lo contrario es jugar con fuego, quemar a todos en el proceso. Según el director, el prieto se encuentra atrapado entre su impotencia política y la indiferencia de sus amos, y entre la revolución y la emancipación y la sumisión ante la idea de que los ricos querrán detener este abuso, la película deja clara su preferencia.

Llega hasta el punto de mostrar videos e imágenes de protestas reales, de la pinta del Ángel de la Independencia, del policía incendiado por matar al obrero Giovanni López, de teñir estos documentos con un aura de “advertencia”. Los colores de la revolución de nuevo orden y, por ende, los colores de lo que entiende por destrucción, son el violeta y el verde, curiosamente los símbolos cromáticos del movimiento pro aborto y los colectivos feministas. Lo suyo es una dialéctica del dominio, un diálogo entre mexicanos ricos para exhortarles a que dejen de ser tan malos, a que no se pasen tanto de la línea, a que no denigren y abusen de sus lacayos para que no llegue el día en que tengan que causar toda esta violencia, porque como gente pobre e ignorante, no saben manejar los movimientos políticos, y de sus ganas de vivir dignamente sólo pueden salir dictaduras fascistas, que no se explican en ningún momento de dónde han salido ni cuál es su dinámica como nuevo orden más allá de pedir dinero, pero, una vez más, los pinches prietos, los morenos, harán el trabajo por mí. Ellos asentirán ante esta película estúpida y reaccionaria, y contribuirán a perpetuar su propia esclavitud disfrazada de trabajo, vestida de orden. 

Lo suyo es un movimiento, como diría Cortázar, meramente dialéctico. Es una película que condena la caída del privilegio whitexican, un desesperado intento por mantenerlo y aferrarse a él, de resistirse a la revolución. No propone, no examina, no cuestiona y no se explica ni a sí misma, Las protestas nos llevarán al totalitarismo, esa es toda su premisa, su guión sólo da para eso, así de impotente y de patético es el planteamiento narrativo mediante el cual, durante hora y media, hay sinsentidos, prejuicios y manipulaciones simbólicas.

Al final del día, es el orden de siempre. El mexicano es un lobo para el mexicano, el pez por su boca muere, esas no son las formas.

Espero que tu película fracase tanto económica como ideológicamente, Michel. Espero que, en un acto solemne, comunitario y profundamente mexicano, todos te mandemos a chingar a tu padre, para después salir del cine y destruir no uno sino varios órdenes, y que entiendas que la violencia no es ausencia de poder, sino su cristalización y su punto álgido. Ahí, espero, entenderás que estas siempre han sido las formas.

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