Verde, hierve la vida en la hierba

 


Una colina domina este valle en toda su extensión. A pesar de que nos da una sensación de infinitud, porque miramos hacia sus orillas y la tierra no empieza a acabarse y da indicios de seguir así, tal como es, hasta el fin, también hay una sensación de apartamiento. Estamos aquí, en este lugar tan grande como el mundo, pero estamos aparte del mundo, separados. Todo es tan hermoso que ni nos importa si en verdad existe; el viento, al peinar suavemente  la hierba, la hace ondear como si fuera un mar. "Quiero ir a nadar allá", me dice ella. Es mi amante y me toma de la mano. Estamos sin nada encima. Su cabello es tan largo que casi la envuelve entera, y el viento, al rodearla, la viste de su pelo. Un largo y negro vestido, que ondea como la mar herbosa, que empieza en su cabeza y acaba en sus rodillas. Tiene sentido que ella esté así, envuelta en sí misma, porque es el presente que me ha enviado la Felicidad. La sigo mientras ríe, histérica, loca, enferma de alegría, porque sentimos nuestra presencia en esta valle, y es perfecta. La hierba, tan crecida, ha recubierto el suelo en toda su extensión, formando una acolchada envoltura de verde, que ciñe la tierra y que absorbe los ruidos de nuestros pies descalzos. Todo parece irradiar su propio color, un puro y original color autónomo. Los colores aquí no son préstamos del sol. Cuando el sol termine de cruzar el cielo y se haya ido, llevándose con él su luz, las cosas seguirán teniendo los mismos colores que tienen ahorita. La hierba en la noche será verde, el cielo será todavía azul. Y aquella piedra, en el corazón de todo el valle, permanecerá en su gris perfecto, suave, redondeado. Todo será tal cual es más al rato, en la ausencia de un sol que lo alumbre, y ello nos parecerá normal, y ahora mismo, cuando no ha pasado, nos parece ya que es perfecto y bueno que vaya a ser así. Estamos desnudos, sentimos el aire, jugamos a que nos envuelve en su frescura y en su fuerza inimaginable, invisible. Giras en medio del viento y te ríes cuando parece que te lleva, te alegra que quiera levantarte y llevarte a otro lugar...pero apenas te levantas un centímetro del suelo, te vuelve a soltar, y tú caes sobre la hierba, aplastando las flores, excitada por el semi-vuelo. Y veo el húmedo vestido de tu pelo, y la geografía por él velada, y la hierba, que te quiere tanto que se enreda a ti, y me estremezco pensando que todo en este valle buscará llevarte, apropiarte, tenerte de su lado, igual que el viento te quiere llevar, y la tierra atarte a ella con sus tallos y raíces. Y me arrojo a pelear por ti contra la tierra y contra el aire que baja del cielo, que quieren tu cuerpo y tu risa. Pero ebria de felicidad me tranquilizas sin decir una sola palabra, solo con tus ojos me calmaste la ansiedad. Qué pensamiento tan tonto, pensar que unas flores o unas ráfagas de aire pudieran separarnos, desbaratar nuestro refugio, llevárselo todo....Pero sigo sospechando de una cosa: esa piedra, tan callada y aparentemente quieta. En medio de toda la vida moviéndose, entre todas las fuerzas que se disputan nuestros cuerpos, aquel silencio y aquella quietud resultaban cada vez más inquietantes. Te lo digo, te comparto mi sospecha, y tú callas como si hubiera dicho algo que no debía, por nada del mundo, decirse. Y todo en ti cambia entonces. Se abre tu vestido de cabello, algo ha abandonado tu cuerpo. Algo de su brillo, un resplandor muy específico que ya no está ahí. Tu piel que está toda naranja, naranja de cuando atardece y el cielo se siente atrevido, fogoso. Un espectacular final.  Ese atardecer anocheció en todo tu cuerpo. Finalmente, la noche que ocultabas aparece. Y el primer lugar donde aparece es en tus ojos. No es que haya desaparecido algo, entonces, sino lo contrario. No me dices que no, pero sé que no deseas que vaya hacia la piedra. Son tus OjOs dos enormes y redondos NO. Y no hay fuerza en ti cuando te tomo de la mano y te empiezo a llevar hacia allá. La piedra es la misma de cerca y de lejos. Mismo tamaño, color, misma forma de paralizada nube gris. Noto que podemos levantarla, para ver lo que hay debajo. Volteo para ver cómo te sientes al respecto de que la levante, pero me has dado la espalda. Miras a lo lejos, hacia la cumbre de aquella colina, detrás de la cual el sol se ha empezado a esconder. Pronto no habrá luz que alumbre todo esto, y veremos las cosas cual son, sin la mentira de la luz. Hundo mis dedos por debajo de la base de la piedra; tierra negra, chiclosa, mojada.  Algo se remueve. El agua de tus ojos cae. Levanto la piedra; debajo, esperaban insectos, viscosos y largos gusanos de piel blanquecina, brillantes cucarachas de gruesas antenas, cadáveres de escarabajos... y oscuras arañas, igual de quietas que la piedra, apenas distinguibles de la tierra negra; sus muchas patas, que sobresalen, son raíces sedientas de sangre. 

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