Júpiter y sus jaurías.

 

Júpiter y sus jaurías.



Ese era mi trabajo. Buscaba perros muertos en Tijuana. A veces, intentaba leer sus cadáveres para adivinar la causa de muerte. Veneno en la basura, camiones que caminaron sobre sus huesos, desnutrición o simplemente, el peso del sol sobre los lomos. Uno no sabe la cantidad de perros que mueren a diario, porque hasta para eso los perros son bien discretos, no hacen del final de sus vidas ningún espectáculo, ellos se van del mundo en las esquinas, en las sombras, en los jardines de flores marchitas, de tierra olvidada. Al verlos, me decía a mí mismo que los ayudaba porque los presenciaba, les regalaba un par de ojos que oficializaban la muerte, que la confirmaban. Y sus dueños, después, me pagaban por devolver el cadáver. Mil, dos mil, a veces tres mil, cuando el cuerpo permanecía fresco, y en las facciones de su carita aun se encontraba presente tu amigo, el que te vio crecer y que te devolvía la sonrisa en los días lluviosos. Todos los días, cuando encontraba a mi objetivo, sacaba un Camel y miraba el cielo a punto de anochecer. Por cada perro que yo encontraba, una estrella se apagaba en el cielo. Por eso Tijuana tenía tan poquitas estrellas. En fin. El mío era un trabajo como cualquier otro. Tenía mi jornada, que empezaba a las 9 de la mañana y terminaba a las 5, antes de la puesta del sol. Tenía mi hora de almorzar, en las mesas de madera de las tiendas de abarrotes, compartiendo un burrito con los albañiles de la obra, sacándole plática a los policías de la delegación. Tenía una banda, un cúmulo de individuos inadaptados y altamente funables, que me ayudaban con los encargos particulares. Esta noche llamaría a los miembros de la banda, porque ahorita, en este momento, por primera vez en mi carrera, me están ofreciendo dinero por encontrar a un perro vivo.

A veces me ofrecían dinero para encontrar a perros desaparecidos. Una vez, hace un par de meses, lo había intentado, pero pronto descubrí que era un mercado muerto. Los perros desaparecidos nunca vuelven. Es como si la tierra se los tragara. Intenté encontrar a diecisiete perros desaparecidos, y diecisiete veces me estampé contra callejones sin salida y sin principio. Los cadáveres, ese mercado, está vivo.

—¿Quién dice que hizo este desmadre?

—Júpiter. Y la jauría.  

—¿Quién o qué es Júpiter?

—Un perro. Callejero. Puta máquina de matar. Es un asesino en serie de los que son como él, y la peor pesadilla de esta pinche colonia. Nadie ha podido atraparlo, y los de control animal le tienen culo. La vez que intentó encargarse la policía, los pendejos se confundieron y dispararon al chihuahua de un vecino. Una pena por el vecinito, da tristeza ver llorar un palo tan firme como ese, y aparte que quedó viudo, se le murió la esposa, o más bien desapareció cuando volvía de trabajar en las fábricas de aquí abajo. Si lo ves, échale una ojeada a sus pinches nalgas, diosito, esa pinche cola prieta…

¿Por qué mencionó algo de unas jaurías?

—Porque Júpiter tiene un putero de lunas, muchacho. Y esos pinches perritos lo siguen y lo defienden. Igual que las lunas de un planeta lo defienden de los asteroides y de otras madres. ¿Te gusta la astrología? Te puedo leer las cartas, por 150 varos….

—No me gusta saber mi futuro, arruinaría la sorpresa. Mejor sígame hablando de ese perro.

 —Morro, yo sé que tu negocio es encontrar a los perros muertos, pero ahorita, lo que necesita la comunidad es que encuentres a uno vivo. Entre todos los vecinos juntamos pa’ pagarte, 14 mil varos si te deshaces del Júpiter y sus pinches chalanes. Se esconde en la parte alta del cerro, antes de llegar a las antenas de radio, por ahí se instaló para vigilar su reino. Al principio era bueno, porque ni los malandros se animaban a salir de noche. Pero este chingado perro salió peor que los malandros, se chinga todo lo que encuentra. No se conforma con matar otros perros, luego aparecen gentes masacradas en los baldíos, irreconocibles para sus familias. Haznos ese favor, mijo, y te llevas la feria. ¿Sí o qué?

Acepté. Entonces andaba acompañado por Carmela, pero esto iba a requerir llamar a la caballería.

LA CABALLERÍA:

-        Antonio Pessoa: Mitad poblano mitad portugués. Estudiante de bioquímica en el TEC, le apodan el Heisenberg. Neodarwinista, pseudo-existencialista, sin escrúpulos. Consume Crack para sobrevivir a la tremenda carga psicológica que suponen los exámenes finales, y su estado de drogadicción le dota de una valentía y un ingenio que pocas personas alcanzan. Es el psicópata de bolsillo perfecto.

-        Berenice Machado: Culishi, artes plásticas en UABC, baila en el Hong Kong para pagar la colegiatura, y es de las únicas chicas en todo el lugar que trabaja ahí por voluntad propia, en un supuesto salón VIP secreto ubicado en el sótano, el llamado Salón Venus, exclusivo para lesbianas americanas pudientes. Se dice que le comió la vulva a Mujer Luna Bella, sin confirmar.

-        Carolina Andaluz:  Nativa de Tijuana, criada en Los Ángeles, es una mezcla de María Félix y Marylin Monroe, pero en Nazi. Habla una horrorosa mezcla de inglés sureño y español norteño. Duele escucharla hablar, pero tiene acceso a armas de fuego porque los norteamericanos son todos unos psicópatas paranoicos. Nunca trabaja sin sus lentes rojos de Lolita y su glock 19. Nadie sabe a qué se dedica. Nadie quiere saber.

-        Adrián Guzmán: Este es interesante: trapecista en el desaparecido Circo Rolex, ahora se gana la vida haciendo acrobacias en los cruceros de Zona Río. Su abuelo fue un indígena zapatista, que le enseñó a leer las señales de la tierra y el cielo. Ganaba lo suficiente como para pagarse un cuartito puñetón en el centro, y pasaba sus días medio ido en el Zacaz, o tirado bajo el reloj de la Revu. Nunca sabía la hora, aunque llevara dos relojes en la muñeca. Sobrevivió a tres intentos de funa sin pruebas.

-        Carmela Umbral: Comunicación en la Lázaro, Pornomarxista y anarquista de closet, degenerada a tiempo completo, voluntaria en un albergue para indigentes e inmigrantes haitianos, debe mate 1 desde hace cinco semestres. Su lengua saliva gasolina y sus palabras son chispas. Si quiero llegar al fondo de este misterio con Júpiter, necesitaré su verbo para abrirme paso entre los esquivos ojos que observan los callejones del Azteca. Ha leído una sospechosa cantidad de libros sobre ingeniería social, lo cual la convierte en una proto-sociópata perfecta. Ah, sí, también es mi mejor amiga, pero eso es aparte, no relevante para la misión.

-        Marco Carló: Yo mismo. Mi única habilidad es que tengo carro. Nada especial. Una simple boca hambrienta.

Las reglas de la misión eran simples, las de siempre: La nave un Toyota Camry 2002; el soundtrack, dos discos de Pink Floyd y uno de Valentín Elizalde. Dos Gallos y medio, indica, obviamente. La glock, el bat de béisbol de cuando mi a abuelo jugaba en las ligas locales, licencia de conducir falsa, INE falsa, una lata de Jack Daniels sabor limonada. Huevos y ovarios. Y como estábamos buscando algo llamado Júpiter, en fin, un telescopio Celestron de 70 milímetros.

Hay un detalle que se me pasó mencionar al principio. Mi trabajo es, también, describir la muerte de estas pobres criaturas. En la lettera de Miguel redacto un supuesto informe forense, en el que especifico las circunstancias bajo las cuales la mascota de mis clientes había fallecido. Todas mis declaraciones habían sido mentiras. Era obvio que averiguar las circunstancias de la muerte de un perro no hubiera dado muchos frutos, puesto que nadie se preocupa por preservar la escena del crimen, ni notificar a ninguna autoridad. A veces, la gente ni siquiera nota que el cadáver estaba ahí. Pero la gente quiere saber cómo murió, porque lo amaban. Da igual, da igual la causa de muerte porque el resultado ya está dado y nada puede cambiarlo, pero es que somos humanos, somos seres fáciles de lastimar, y lastima menos saber que tu perro se fue bajo la sombra alargada de un ciprés, rodeado de pájaros que no paraban de cantar, con el pelo cobijado por una brisa de mañana, descansando sobre un charco de hojas secas. Aunque la verdad, siempre, fuera otra. Eso era lo más difícil de mi trabajo, ver la verdad. No era el rastreo, ni las miradas hostiles, ni las correteadas que me daban los perros y los cholos. Mi castigo era ser el único que sabía la verdad, y yo lo había asumido, me había vuelto parte de mi propio sacrificio, era un samurái que cada día, antes del desayuno, practicaba el Harakiri frente al espejo. Ese día, como no me enfrentaría a ningún muerto, sino más bien, a un fantasma, no practiqué el harakiri. Pero ahora sé que debí hacerlo.

Empezó a las 9 y media de la mañana. El carro lo traería Carmela, porque se lo había prestado días antes para movilizar unos carteles con propaganda pro-china. Estaba estacionada delante del Oxxo, cerca de la banqueta donde se formaban los taxis. Tenía el pie izquierdo descalzo recargado sobre el hueco de la ventana, y el agua de la lluvia le goteaba desde los dedos. Fumaba uno de sus asquerosos marlboros, en un acto que ella llamaba “hidratarse los pulmones”. El humo del tabaco era absorbido por su Ushanka, que le aplacaba el enmarañado pelo güero. Con el pie que tenía libre, dibujaba garabatos sobre el cristal húmedo del carro, flores y espirales, estelas de vapor, planetas salidos de su órbita, entre las figuras más reconocibles. Al ver que yo me aproximaba, arrojó el cigarro hacia un charco, y este se apagó al instante.

—Llega tarde, camarada.

—Tú también llegaste tarde.

—Sí, pero yo llegué tarde antes que tú, o sea que el impuntual eres tú.

Me subí al asiento del copiloto.

—¿por qué llegaste tarde?

—Motel.

—¿Coges antes de mediodía?

—Yo no cojo, cabrón, yo culeo, soy Culishi. Es una diferencia sutil pero trascendente.

—¿Qué tal estuvo?

—Eyaculé tres veces consecutivas, empapé todas las sábanas y el colchón, tuve dos orgasmos y me cosquillearon los ovarios, la tenía de medio metro…

—A poco, mamona.

—No. Mi rostro le recordó a su exnovia a la mitad del coito y se puso a llorar.

—¿Y tú qué le dijiste?

Carmela gira la llave, y el carro empieza a ronronear.

—¿Decirle algo? Me salí de ahí en chinga. Yo no iba ahí para involucrarme sentimentalmente con nadie, eso no era lo acordado. Quería culear, quería pene y sexo, no un episodio epifánico de nostalgia erótica. Siempre me pasan estas mamadas, wey. A la raza le cuesta entender que la morra tijuanense promedio se pone caliente como una burra y quiere ponerla. Me piensan como si fuera un símbolo, como si yo, así, por mis huevos, fuera a salvarlos de algo, o reparar sus cicatrices, ¿de qué tengo cara para que piensen eso de mí?

Avanza hacia el boulevard. En las banquetas, innumerables perros con las patas rotas o infectadas hacen filas afuera de las pollerías, de las taquerías, de las panaderías, esperando el momento en el que tendrán que matarse por una ración compuesta por las migajas de las sobras.

—Tienes cara de urgida.

—¡Exacto!

—No sé qué decirte, deja de escoger y coger pendejos. Aclara las cosas desde antes, cita tus anteriores experiencias y explica que no quisieras repetirlas.

—Es que eso rompe la ilusión, wey, el misterio, la adrenalina….

Mientras me río, Carmela se pasa un semáforo en rojo, casi chocando con una calafia. El calafiero parece preparar una riquísima batería de insultos, adquiridos y coleccionados tras años de experiencias cercanas a la muerte y el asesinato vial. Pero Carmela sube las ventanas, y sus groserías se convierten en gestos estúpidos y silenciosos. En la radio suena un álbum de jazz japonés, con uno de esos solos horribles e interminables de batería. Tomo la carcasa del disco, nomás por matar el tiempo mientras llegamos a recoger al resto de la banda; la tipografía rezaba verticalmente: SCENERY, y un hombre melancólico, texturizado con puntitos rojos, miraba hacia abajo, hacia un piano, probablemente.

—Carmela, ¿te gustan estas mamadas? Estos pinches discos son ilegibles, no entiendo cómo puedes disfrutar de sonidos que literalmente tu cerebro no puede interpretar. Es como garabatos, pero en sonido.

—Es de Miguel, baboso. Fui a dejarle mota a su cantón y se lo robé porque no quiso despedirse de beso. La vez de la fiesta de Halloween bien que me anduvo dedeando, y ahora salió puritano el wey, pinche hipócrita, ¿puedes creerlo?

Observo a Carmela por un instante, trato de separar sus palabras de la insoportable batería que quiere escapar de su prisión de bocinas.

—Morra, prométeme que no vas a violar a Miguel, por favor…

Me pongo el cinturón de seguridad.

Carmela no manejaba con las patas nomás porque ya le habían quitado el carro una vez cuando intentó hacerlo. Pero a veces pienso que, si manejara con las patas, lo haría mejor que como lo hace con las manos. Esta morra…parece que trae hormigas en las palmas, o que alguien le hace cosquillas en los huesos, o que su sangre, al frotar sus venas, le produce unos microcalambres. Maneja de la verguísima, es como la combinación entre taxista y borracho.

—Deja de exagerar mamadas y mejor márcale a la perra gringa esa, la nazi, la puta fascista, la nacionalista hija de perra, ¿sabes de quién hablo? ¿no? La que te la mamó en primer semestre, la…

—Sí, ya sé de quién hablas, morra.

La perra gringa esa, es decir, Carolina Andaluz. Como no la tengo entre mis contactos telefónicos, me veo obligado a bucear por su nauseabundo perfil de Facebook para encontrar su número.

—Yeah, hi, who is it?

—Ey, Carolina, ya mero llegamos, ¿dónde andas?

—Ando en un after, todos están hasta la madre, ¿ya mero vienes por mí? You know, I miss you, wey, I really miss your fingers between my legs, your horny creepy voice, I miss every inch of your cock…

—No voy a hablar en puto inglés, morra. Ese idioma produce cáncer de garganta. ¿Traes el arma?

—Yo soy el arma, soy el artefacto.

—Sí, sí, ¿pero traes la otra arma, la 35?

—Sure.

—Arre, te vemos en 5, ya andamos por la glorieta.

Ella cuelga.

Ya está cerca. Ahorita va a venir el Francesco también.

—De verdad, cabrón, ¿por qué las fascistas están buenísimas? Sé que soy una depravada y todo, pero tengo principios, sabes, un cierto código.

Vete a la verga.

—Es en serio, y lo he reflexionado wey. Todo se debe a que, en el corazón del fascismo, en su semilla ideológica, no está la idea de la ultranación, ni la palingenesia, sino el culto al cuerpo. Los fascistas pasan el 70% de su tiempo en el gimnasio, y el 30 leyendo artículos de Agustín Laje.

—Y al menos cogen bien? No basta con estar bueno; hay que saber hacerlo bien.

—Eso no te lo puedo asegurar, porque, como ya mencioné, tengo putos principios.

Carmela adelanta una limosina en la que viaja una quinceañera, le saca la lengua a los chambelanes, y por poco atropella a una anciana. La anciana avanza guiada por un perro. Es ciega. Ni siquiera se dio cuenta del peligro que había corrido.

Al llegar frente al Churrascaria, en el que almorzaba la más selecta variedad de ratas de cuello blanco en Tijuana, vemos venir a una especie de BjÖrk miniatura. Una caucásica de coletas y sonrisa morbosa, cargando una mochila de campamento. Nunca olvidaré el hecho de que llevaba una camisa con lo siguiente escrito en ella: HEIL TRUMP.

—Ey, baby, ¿want some hard drugs?

—Ya súbete al carro, mamona.

—If you inssist…

Entra a través de la ventana abierta en el asiento trasero. Un grupúsculo de rucos trajeados observa la escena desde la barra del restaurante, probablemente recordando la época en que una situación como esa les erectaba el pene. Un morbo y una misoginia asquerosas que ni se molestaban en disimular. En fin, octogenarios.

—Carmelita, Honey, yo te extrañé un montón, pensé en ti mientras me cogía a tu exnovia.

—¿Cogiste con Macarena? Bienvenida al mundo del SIDA.

Carmela saca otro Marlboro y se lo pone en los labios. Antes de que pueda sacar su propio encendedor, Carolina se saca uno del brasier y le enciende la brasa. Carmela la mira con desprecio y le arroja el humo de la primera calada.

—Tasty, Bitch.

—Perra franquista.

—Zurda cerda.

—Liberal pendeja.

—Stinky-hippie pussy.

—Frígida neoclásica.

—Narcomenudista iletrada.

—Totalitarias pendejas.

Adrián Galeano entra al carro por la puerta trasera de la izquierda. Como siempre desde que es una persona, lleva el pelo lamido hacia atrás, un desodorante que olía como a margaritas podridas, y una sonrisa de pendejo que por alguna razón inspiraba confianza. También estaba bien mamado, y contradecía a Carmela en su tesis de que toda la izquierda política estaba compuesto por alfeñiques y desagradables nerds.

—Miren quién llegó—dice Carmela, tirando el cigarro por la ventana—el indigenista pendejito. Qué, wey, ¿cómo van con la autogestión horizontal en la comuna del caracol? ¿Ya se deshicieron de los soldados?

—Chinga tu madre pinche piojosa, el indígena soy yo y tú eres la que anda con los pies todos puercos. ¿Sabes lo que el jabón?

—Yo me lavo la vagina con Coca-Cola, cabrón, el jabón es para mariposones como tú.

Así siguieron, debatiendo respetuosamente sobre cuestiones de dialéctica política durante quién sabe cuánto. Yo conseguí quitar a Carmela del volante y puso rumbo a la UABC, en Otay. Al llegar, me bajé al Campus para comprar un café, masturbarme en los baños de medicina, y esperar a que Berenice terminara su performance de fin de semestre. Había tres o cuatro cabrones con espejos pegados en la cara, y el cuerpo cubierto por una túnica negra. Me imagino que el mensaje habrá sido algo así como asimilar que la otredad es, siempre, una máscara que nos impide ver a los otros. Naturalmente, yo pienso que eso es una pendejada. Al cabo de un rato, la chica del centro revela su rostro, la sonrisa triste y los ojos ladeados de Berenice, su maquillaje a la Euphoria, su outfit aestethic que decía que le costó 20 varos, pero en realidad le costó dos mil. Recoge su mochila, camina hacia mí.

—Ey, morro, qué onda, ¿cómo va el negocio de robar perros en Aguacaliente?

—Sí, estoy a punto de abrir otra sucursal, de hecho.

—¿Y estoy invitada a jalar en esta nueva sucursal?

—Vas a ser la gerenta.

En el camino se nos une Antonio Pessoa, quien viene de hacer prácticas en un hospital privado, con las manos salpicadas de rojo. En el camino de regreso, la química del grupo entra en una curiosa zona de tolerancia, una especie de área limítrofe comunicativa. Florecen las conversaciones rebosantes de pendejadas.

—Entonces, en esta constante batalla entre mi pasado y yo, soy una simple testigo. Quiero saber quién soy, pero al mismo tiempo, me da miedo tener que definirme…

—¿Y qué tiene de malo si soy una pinche absolutista?

Dormía un hombre bajo mi cama. Yo sólo lo escuchaba respirar. Lo extraño, a su música pulmonar.

—Cada momento que pasa, olvido una cosa al azar, cualquier cosa de las que he conocido.

—El mío se escapó de la casa en navidad, por los pendejos que tronaban cohetes. Se devoró su propia patita y se fue corriendo, y no lo he vuelto a ver.

Llegamos cerca del Azteca.

Yo, nomás por el mame, comencé a ver a la pandilla desde el espejo del retrovisor. Carolina Andaluz, la chicana neo-nazi con su glock y sus lentes Lolita, su camisa de mal gusto, su insignia de la esvástica en forma de cruz católica, sus medias rojas rotas y sus tenis de los 2000. En aquel momento, vino a mi mente la idea de escribir un ensayo de tres mil palabras sobre la superioridad estética de las fascistas, en apoyo a la tesis de los cuerpos perfectos de Carmela. Será para otra ocasión. Ella fue la primera mujer menor de edad en iniciar un grupúsculo neonazi en Tijuana, que se autodenominaba Tijuanazis. Ahí escuchaban a una especie de versión blanca de Jimi Hendrix, llamada German Henderrix, montaban unas orgías brutales y animales, y algunos hasta formaron agrupaciones menores antimigración, anti-LGBTQ+, pro-Trump, y una misteriosa asociación con auras de golpista, que en el futuro resonaría a lo largo del país como FREENA. Fue la primera mujer Tijuanazi en reunirse con los clubes neofalangistas de Madrid, y en empezar a reanudar los nexos de la ultraderecha que la Segunda Guerra Mundial había interrumpido. Aparte de este lindísimo historial político, era amante de los animales, y se consideraba a sí misma una “puñetera y entierrada ecologista”, o “perrita ecofacista”, como la llamaba Carmela. Sabía hablar 3 idiomas y lenguaje de señas, con el propósito de poder propagar el neofascismo entre juventudes con problemas de audición. En dos ocasiones, lo consiguió. Adicta a la pornografía, jugadora callejera de Rugby, acostumbraba dejar simbología satánica como forma de terrorismo religioso, aunque eso iba en contra del nacionalcatolicismo.

Berenice Machado, tenía más maquillaje que cara, daba la impresión de que sobre su cara llevaba una máscara de su cara. Se había pintado uno de los caprichos de Goya en el hombro derecho, y en el izquierdo un impresionismo psicodélico de Van Gogh. Luego están sus botas buchonas porque, en fin, es sinaloense. Ella era perfecta para la manipulación psicoerótica, además de que su ocupación secreta como hacker ciberanarquista rellenaba el analfabetismo tecnológico del resto del equipo. Una vez, sólo para ayudar a sus compañeros de toda la escuela, subió las calificaciones de todos, y publicó desde una cuenta fantasma una funa que produjo el despido del director. Para poder pagar su estadía en la universidad, aprovechó su generosa genética y se puso a bailar table-dances en el Hong Kong. Según relató la propia Berenice en un artículo para El País, después de haber renunciado a su puesto, el lugar era una esclavitud sexual corporativa. Y era el receptáculo de una de las mayores redes de tráfico humano en México. Berenice ayudó a las bailarinas secuestradas a organizar una defensa violenta de sus derechos, y una noche, mientras el expresidente mexicano Salinas de Gortari recibía un blow-job en la sala Hermes, todas las trabajadoras del lugar se sacaron pistolas y navajas de las bragas y los brasieres y escaparon de su prisión, a bordo de un camión que le robaron a Coca Cola. El lugar enfrentó una severa demanda por sus acusaciones de tráfico y trata, y las bailarinas se convirtieron en libertadoras feministas, y viajaron por todo el país, rescatando a las indígenas abandonadas en Chiapas, y a las pescadoras solitarias de Veracruz, y a las niñas de Ciudad Juárez. Berenice lloró de alegría cuando las vio en las noticias, satisfecha de cómo un buen acto se convirtió en una revolución.

Más atrás, está Antonio Pessoa, primer chelo en la orquesta sinfónica de Tijuana, estudiante de biomédica o una mamada así, casi adicto al crack, era nuestro psicópata personal. Una vez se metió a un salón de la prepa que estaba en llamas nomás para robarle su cartera a Julieta, y eso se lo ordenamos nosotros.  No mames, una vez le marcó a la dirección de la escuela para hacerles una falsa amenaza de bomba, y todo porque no habíamos estudiado para el examen final. En fin, un depravado útil. Luego,

Adrián Guzmán, ese cabrón es una joyita: Ex trapecista del desaparecido Circo Rolex, ahora bailaba break dance en los cruceros de Zona Río. Su abuelo había sido un ranchero convertido en zapatista, de los que tomó San Cristobal en el 94, y luego le enseñó a su nieto a leer las huellas de la tierra y el aire, a clasificar los aromas y engañar a la geografía. Cuando su abuelo murió en la Matanza de Acteal, el pobre y chiquito Adrián se quedó huérfano, y por algún motivo que nadie sabe cuál es, Adrián acabó ese mismo año lejos de Chiapas, en Tijuana. Crecería adoptado por un albergue del DIF. Una vez ahí, habiendo desarrollado capacidades cognitivas avanzadas, creció para convertirse en una bomba de tiempo marxista. A los 11 años, cansado del trato de los encargados del albergue, y de la deficiente comida que les asignaban, lideró a 27 niños en un motín contra las instalaciones; no estoy mamando. Los pobres morros se andaban muriendo de hambre, y sabían que no era escasez de comida, sino exceso de egoísmo por parte de la directiva del DIF en esa zona, que se clavaba los presupuestos alimentarios en cocaína, rosarito y bailes privados en el Hong Kong. Adrián nunca fue delatado como el líder del levantamiento, pero los guardias le encontraron panfletos de una publicación comunista en la colonia vecina. A él lo golpearon los empleados del DIF, y a los niños les dieron incluso menos comida que antes. Adrián escapó y regresó con fuego. Había pasado meses robando gasolina de los carros en La Cacho con una manguera y su propia respiración, luego le ganó el encendedor a un fumador compulsivo en una apuesta, y provocó un incendio en las entradas principales de su antiguo albergue. Nadie resultó herido y los niños lograron escapar. Los niños nunca dejarían de seguir a su libertador, por lo que formaron una leyenda urbana, una caravana de niños que deambulaban por las colinas del Monte de Los Olivos, por los cementerios de Praderas, por los túneles subterráneos bajo la Revu. Se hablaba de morros que habían construido una sociedad comunitaria y colectivista, que habían vaciado librerías enteras para construir bibliotecas andantes, montadas sobre carretillas de cemento. Se hablaba de mocosos que citaban a Fernando Pessoa y a Rainer Maria Rilke, que entablaban círculos de debate sobre cuestiones de materialismo dialéctico. Se rumoraba de niños que habían aprendido a hablar con los gatos y a pedirles favores, y luego los gatos caminaban en las madrugadas ruidosas de Tijuana para absorber palabras, sucesos, pecados, y regresar a contárselo a los niños. Se hablaba de una sociedad de ladroncitos menores de edad, que habían aprendido de los maestros italianos y rusos a través de libros de historia. Se hablaba de robos en casas acaudaladas, de lujos y excesos sustraídos de sus propietarios, de un sistema inédito de redistribución. Se hablaba de Los Ojos Invisibles. En fin, Adrián Guzmán terminaría siendo un digno heredero de la herencia política de su abuelo, y además un excelente estudiante de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas. Debido a su sobresaliente desempeño en el taller de gimnasia, entró como trapecista auxiliar al todopoderoso Circo Rolex de Tijuana. Cuando el dueño del circo fue asesinado, supuestamente, por acostarse con una de las amantes de Hank Rhon, Adrián volvió a quedar en la calle. Sólo que esta vez se aprovechó de eso, y se convirtió en un ícono del arte de cruceros. Ahí ganó lo suficiente como para abandonar la escuela y separarse un tiempo de su sociedad de camaradas, para permanecer perpetuamente borracho y deprimido en las esquinas de Revolución. Se puso tan borracho que hasta olvidó cómo leer. Ahora, había perdido la pista de su manada, y era contratado para toda clase de diferentes e innecesariamente específicos trabajos. Ya no se ha sabido nada de aquellos niños, y Adrián esquivaba el tema con unos reflejos inquietantes.

—Marco, dime, ¿cómo has estado?

—Confortablemente entumecido, Adrián.

En verdad, se me estaba entumiendo la mano con la que manejaba.

—Carmela, una pregunta.

—Estoy en desacuerdo con todo lo que estás a punto de decir, pendeja.

Se me estaban entumeciendo los ojos.

—Pasa tu insta.

—Acid_clit69

Alguien desenrolla un blunt sobre el tablero y lo va llenando de deliciosa mota.

—Todo lo que no soy, es invisible para mí.

La primera parada estaba cerca de un cementerio, alrededor del cual habían encontrado la muerte 3 chihuahuas, todos de una misma dueña. Berenice se encargó de interrogarla mientras nosotros buscábamos evidencias en los alrededores.

—Señora, lo que me interesa saber es, ¿recuerda haber visto una manada de perros, liderada por un perro distinto, o comportamiento inusual en los perros de la colonia?

—No, pues, los pinches perros están raros desde siempre. Ya ves cómo a las 3 de la mañana se ponen ladre y ladre, y luego van y aúllan, como que se creen lobos, muy raro todo.

—Y aparte de eso, ¿alguna otra cosa?

—Yo me pongo en el sobre, todos los lunes, de 8 a 1, joven, me gano la vida honestamente, dios sabe que nunca le he robado nada a nadie, yo soy persona trabajadora, y me mataron a mis niñitos, los tenía desde que mi flaco se fue pal otro lado…y me los dejaron todos rasguñados, los mataron con saña, algo horrible, joven. Noche a noche, yo rezo rosarios, diez por criatura, pa que el señor me los encamine pa con él, ¿eda?

La segunda parada fue con el cajero de la abarrotera. Un obeso y melenudo otaku, con una voz monocorde, el sonido más aburrido el universo.

—¿No han murmurado nada tus clientes, we? Andamos cazando al pinche perro que se chingó a doña Licha. O, bueno, que dicen que se chingó a Doña Licha.

—¿Quién es Doña Licha?

—La señora de los tostilocos.

—No me gustan los tostilocos.

—Bueno, pero neta, ¿no has escuchado alguna pista, lo que sea sobre una manada de perros?

—Me dan miedo los perros, mi papá era policía, y un día mató al mío de puro coraje.

La tercera fue con un grupúsculo de policías, que descansaban sobre las patrullas, devorándose unas conchas de chocolate, relajándose tras un largo día de pedir y recibir abundantes mordidas.

—Buenas tardes, ¿ustedes son policías?

Los cabrones uniformados se sobresaltan con mi pregunta, uno se amarra la fornitura, otro se ajusta el chaleco, dos de ellos carraspean y uno se pone los lentes. Tardan segundos enteros en responderme, y sólo me responde uno de ellos, sin sonar seguro.

—S…í, joven, nosotros somos oficiales de policía.

—Ah, qué bien. Miren, oficiales, ando buscando a una manada de perros, todos dirigidos por un perro grande y bravo. Algo así como su organización, pero en caninos. Ya han dejado cadáveres en la colonia y me estoy encargando de encontrar al perro. Soy un empleado subcontratado por el Centro de Control Animal de Tijuana. Necesito cualquier pista que me pueda llevar a la captura del canino.

Los cerdos se miran los unos a los otros, uno se rasca la barbilla mientras mira a otra parte, a una pila de basura amontonada en las orillas de un terreno baldío. Finalmente, uno se anima a tomar su radio y hacerle un par de preguntas.

0-15, central, reportando X-26, solicitando datos sobre un posible 6-9, en el sector 3-X. Cambio, central.

Una maraña de voces y estática vociferan en la frecuencia, pero ninguna de esas voces dice nada sobre Júpiter.

—No se preocupen oficiales, sé que son funcionarios ocupados y tienen otras responsabilidades. No quisiera distraerles de su inestimable labor. No les quito más su valioso tiempo.

—Sí—grita Carmela, asomándose desde el carro—, ocupados, extorsionando morros de secundaria y cobrándole por protección a las doñas en el tianguis, ¿verdad? No hay que interrumpir su importante servicio a la comunidad.

—Mucho cuidado con cómo se expresa, muchachita—dice un policía, envalentonado.

—Sí, debo tener cuidado con mis palabras, no le vayan a hacer daño a nadie, ay no. Que alguien haga algo contra mis palabras, por favor. Soy peligrosa para el cabrón con el arma.

—Una grosería más y queda detenida.

Carmela, en un gesto que nunca he vuelto a ver en nadie más, le para el dedo mayor. El dedo mayor del pie izquierdo. Dos policías se ríen, una mira a Carmela, más excitado que insultado. Carmela se pone se cubre los ojos con la ushanka y finge dormir.

—Es bastante extraño que nadie sepa ni madres, ¿no? —me dice Adrián, mientras cambia de canción en canción—Es como si la pinche colonia nos rechazara, y estuviera protegiendo a ese perro.

—En este grupo no hay espacio para las conspiraciones, Adrián, ya tenemos suficiente con las pendejadas supremacistas de Carolina.

—I’ve had enough de los marxismos supremacistas de Umbrella, still, nadie le dice nada, nadie la mira feo, nadie se burla de sus…political statements…what a Bunch of fucking simps.

—Mis “politicol steitmens” están basados en un modelo científico y validado a través de la articulación política de estados, putita, tú eres una pendeja que necesita de pseudociencias para sentirse superior por ser una pinche desabrida güereja.

 —Carmela—interviene Adrián—, tu preferencia política está respaldada por autoritarismo dictatoriales y represivos. Ninguna de las dos tiene ninguna idea de lo que significa militar y luchar por ninguna causa, sólo son malabaristas del verbo, niñas ricas de la Lázaro. Ustedes el fascismo y el comunismo lo utilizan como un accesorio, pero no forma parte de ustedes.

—¿Qué dijiste, pendejito? ¿Todavía crees que el nacionalsocialismo es un fascismo?

—Regrésate a Chiapas, wey, a ver cuánto les dura su pinche sueñito anarquista decolonial. Cuando quieras aprender auténtica política, le caes a mi depa, y te traes a tu hermano…

—Cállense a la verga—les digo, harto de polémicas—, esta no es una buena calle para gritar.

Habíamos entrado en territorio cholo. Aquella era una zona del cerro en la que las pandillas se comunicaban mediante cantos de animales. El problema era que esos animales no existían, y el aire se llenaba de gemidos y gruñidos espantosos. Identificamos el brillo neón de una pequeña Michoacana, abierta entre dos casuchas de cemento que se desmoronaba, pintadas con cartelones de propaganda política. En esas paredes podía leerse una especie de cronograma político de la ciudad: en pintura fresca y reciente, un póster para la consulta sobre el juicio a los expresidentes, de MORENA; bajo eso, un póster de AMLO, postulado en las elecciones de 2018 bajo el amparo del PES. Tras ese póster, uno más viejo, erosionado por el tiempo, en el que el mismo AMLO se postulaba para el mismo puesto, pero en 2006, esta vez con el PRD y el PT. Una señora que arroja agua de trapeador sobre la banqueta cancela estas cavilaciones.

—¿Se les perdió algo, jóvenes?

La señora tiene un acento especial, melódico. Tiene las manos llenas de callos y el pelo recogido en un chongo. Ella es quien nos dará la pista.

—Sí, buenas…buenas tardes, disculpe que interrumpamos su trabajo…

Nombre, pa’ eso primero tendría que tener un trabajo. Aquí ya no viene nadie. Todo el día me la paso leyendo los libros que me dejó mi niño, antes de que se fuera pa la UNAM.

—No cualquiera llega hasta allá, su hijo debe ser inteligente.

—El más inteligente, sí, pero eso no cuenta si uno es pobre. Ya ahorita, sin dinero y sin clientes, no le voy a poder mandar su dinerito para que se pague su renta. Y su trabajo de medio tiempo apenas le da para la comida. Si no me busco otro lugar pa´ chambear, él se tiene que buscar otra universidad para acabar su carrera.

Ninguno sabe qué responderle, pero la señora no espera respuestas. Se ha acostumbrado a hablar sola.

—Pero, pa qué los entretengo con mis tragedias. Díganme si les puedo ayudar.

—Mire, andamos buscando a un perro, a uno bravo, que ha causado problemas por la colonia.

La señora camina hasta ponerse detrás de la barra, limpia la superficie de los refrigeradores.

—Los perros bravos no existen, oiga. Hay dueños que son unos hijos de la chingada, que maltratan y abandonan a los animales. Pero las mascotas siempre son un reflejo de uno mismo. Un perro que es amado, que es protegido, no es un perro malo. Un perro que sólo conoce la violencia, que aprendió a punta de madrazos, no es su culpa que se haga violento…él es la víctima, siempre.

De pronto, se acerca hacia ella un perrito salchicha, parecido al que tenía Sabo en su casa, pero negrito. La señora carga al perrito entre sus brazos.

—Ya llegada la edad, a uno nomás le alcanza para el amor. Nada de rencor, nada de tristeza, nada de ira…eso nomás le consume a uno el cuerpo. Pero el amor es el único sentimiento que nos da algo, en lugar de quitarnos.

—Eso es…muy bonito.

—Pero sé que no responde a su pregunta. Vea, ustedes están buscando mal, no deberían andar buscando a ningún perro, deberían andar buscando a una persona.

Afuera de la tienda, termina de oscurecer.

—Es obvio que la doña andaba mal. Está cegada por el abandono. Hay que seguir buscando al puto perro, Marco, ya andamos cerca.

Por alguna razón, quiero creer en lo que me dice Carolina. ¿Está mal que me deje influenciar por una fascista? Pero es que su oral es tan…

—Yo digo que la doña tiene razón y nos pongamos a buscar entre los malandros. De seguro es un pinche pitbull de esos gigantescos, que desayunan morrillos.

—Y yo estoy de acuerdo con Carmela, lo cual es muy extraño.

—Conozco la calle más culera de toda la zona—dice Antonio—, está en el límite de los cerros, hasta arriba del Segundo Cañón. Da la casualidad que es la única calle desde la que puede accederse al baldío donde murieron los tres chihuahuas, debe ser por ahí, cerca de ahí. Yo digo, ¿no?

No teníamos muchas opciones

—¿Cuántos años tienes, Umbral? ¿Tienes edad para fumar?

—Sí, Adrián, soy mayor de edad. Y no, no vamos a coger.

La fascista ríe mientras pone balas en el cargador de la 35.

—Si quisiera contraer la clamidia no acudiría contigo.

—Ay, imbécil, yo sé que hasta pagarías por uno solo de mis piojos, puto. Y no de los que traigo en la cabeza.

—Toda tu estética pseudo-hippie me da ñáñaras, Carmela. No eres más que una morra de La Cacho con demasiado tiempo libre.

—Vivo en el Mariano, imbécil, y no sabes nada sobre mi vida, no sabes nada así que cierra el hocico, ¿entiendes? Marco, bájalo del carro, ya no soporto a este pinche clasista.

—¿Clasista? ¿yo?

—YA CÁLLENSE A LA VERGA.

Se callan.

—Gracias, Toño.

La quinta parada es una banqueta en la que nos sentamos todos para descansar, justo antes de entrar al segundo cañón. Se abren galletas y latas de whisky, se reproducen los mejores éxitos de Valentín Elizalde, se verifican rumores en Google Maps y se investigan los grupos de Facebook creados en la colonia para recabar datos. La ciber-nazi me comenta que tres niños de diferentes calles subieron fotografías de perros desollados en diferentes puntos, pero todos triangulados adentro de una zona a través de la cual sólo se accede desde el Cerro Colorado, la misma que mencionó Toño. Era una calle escarpada, en la que el pavimento se rendía frente a la tierra y las piedras del territorio. Recogimos la basura al terminar de descansar y aceleramos hacia la calle Hueyitzitzimicitlalli. La calle estaba compuesta por ruinas de madera y gravilla, y habitada exclusivamente por malandros, pordioseros y drogadictos. Mientras empezaba a reconocer los signos de riesgo en aquella avenida fantasma, me estacioné junto a un árbol sin hojas. Antonio tomó el bate de mi abuelo y se recargó en posición amenazante sobre el cofre del carro, girando el arma entre sus manos con una pasión desinteresada, mientras silbaba María Bonita. Carmela encendió su tercer cigarro de la tarde y se pasó la palma por la planta del pie izquierdo. Adrián le quitó los ojos a su volumen de El Estado y la Revolución y salió para hacer ejercicios de estiramiento. Carolina me abrió la bragueta y empezó a darme sexo oral, mientras yo revisaba un cuaderno con apuntes.

TODOS CERCA DE LA CALLE MÁS ALTA

PERROS MASACRADOS

MÍNIMO UN INDICENTE DIARIO

DEJARON DE REPORTAR LOS ATAQUES HACE UN MES.

NADIE PARECE DISPUESTO A AYUDARNOS…

El reflejo de unas luces sobre el retrovisor me distrajo. Una pick-up vieja con una sirena sobre el capote, manejada por el mismo policía que, en la mañana, había hecho la consulta a través del radio, con un pastor alemán a su lado, en el asiento del copiloto. El perro aúlla. Berenice, que le estaba pintando las uñas a Carmela, tomó el arma de Carolina y la escondió bajo el asiento. Adrián se apresuró a guardar con discreción el churro que estaba forjando sobre el tablero. El policía se bajó lentamente, y noté que no traía ni la placa ni el uniforme. Traía tenis.

—Jóvenes, me temo que en esta área no se va a poder estar en un rato, si me hacen el favor de salirse de aquí…

—Usted no trae placa, ni uniforme—adelantó Adrián desde el carro—, ¿Cómo podemos saber que es policía?

—Me vieron en la mañana, jóvenes. No se hagan pendejos. Ese perro que andan buscando es asunto de la policía.

—El asunto de la policía es la corrupción y la ineficacia. Además, usted no puede probarnos que es un policía, cualquier pendejo le pone sirenas a una pinche pick-up.

El hombre, sin dejar de sonreír, se saca una pistola que llevaba oculta en el cinturón.

Carolina se ríe y se burla.

—No mames, cuico, yo también traigo fusca, motherfucker.

El policía se tensa y le apunta a Carolina.

—Baje su arma, señorita, y salga inmediatamente del carro, las manos donde pueda verlas.

Enciendo el auto.

—Ay, no estés chingando, puto.

—¡Bajen todos del carro, inmediatamente!

Pongo la palanca en reversa.

—O qué, wey, ¿le vas a disparar a unos morros que te andan haciendo el jale?

Click, la bala está en la recámara de su arma.

—¡Tienen 10 segundos!

Quito el freno de mano.

—No necesitamos tanto, cabrón—le grito.

Piso el acelerador. La transmisión chirría y los neumáticos retroceden, levantando una nube de tierra. Se escucha un disparo, luego otro, algo truena bajo el motor, y luego se oye un crujido, un crujido de vidrio y hueso. El perro llora desde la patrulla. Berenice baja por la ventana del carro y se abalanza sobre el policía. Mientras este chilla, ella saca una soga gruesa de la cajuela y empieza por amarrarle las manos. Guzmán recoge la pistola del piso, Carmela se acerca al perro de la patrulla. Algo va mal.

—Marco, ven a ver, wey, no mames.

Berenice termina de amordazar al policía, y Antonio se acerca hacia él empuñando el bate. Cuando llego a la patrulla, veo a Carmela con los ojos lagrimeados, y al pastor alemán del policía con una herida en la pata y otra cerca del pecho. Eran heridas largas y abiertas, de cuchillo. Eran parecidas a las heridas presentes en los cadáveres.

—Revísale los bolsillos—le digo a Berenice.

Ella le saca una pluma sin tinta, dos balas de 35, una estampilla de Playboy y una navaja táctica manchada con sangre.

—Hijo de tu puto padre.

—¿Lo lastimó este pendejo?

—Sí…

—No mames.

Carolina, con los ojos vacíos, le quitó el bate a Guzmán, y le dio al policía un batazo cerca de la nuca.

—Hijo de la verga, torturó al pobre animal.

—Nosotros debemos torturarlo a él.

—¿Torturarlo? Acabas de matar al pendejo.

—No se murió, todavía respira.

—Súbanlo a la cajuela, ya veremos qué hacer con él.

—¿Te parece una buena idea llevar a un cerdo medio-inconsciente en la cajuela de tu carro?

—¿Te parece una buena idea dejar libre a un cerdo al cual noqueamos y que ya nos vio los rostros? Obvio no, pendejona.

Entre Carmela, Berenice y Adrián suben el cuerpo inerte al maletero. Antonio y yo cargamos al Pastor hasta el asiento trasero del Honda. Su herida no parece mortal, pero es posible que, si no hacemos algo, se infecte.

—Tenemos que desaparecer esa madre—Dice Berenice, señalando la patrulla con los ojos. Carolina saca de su mochila una botella de caguama vacía, y dos latas de líquido extraño.

—¿Remember María, remember Quetzal? I teach them to do this, en primer semestre…

Berenice remezcla los líquidos dentro de la botella, y un aroma curioso florece. Agarra un paliacate celeste que el policía llevaba en la guantera de la patrulla y lo pone en contacto con los líquidos de la caguama.

—Gonna need some help…

Entre todos, comenzamos a empujar la patrulla hacia un barranco que estaba en el límite de la calle. Antes de que caiga, Carolina le arroja el cóctel y el fuego explota dentro. Al caer por la pendiente, lo hace en silencio. Sólo se escucha un rugido de combustión cuando ya estamos lejos del barranco, subidos en el Honda, con el cuerpo de un policía en la cajuela. Al encender el carro y pisar el acelerador, otra cosa va mal. Entonces recuerdo que el policía disparó antes de que lo atropellara, y que algo tronó bajo el motor. La llanta. Recargo la frente sobre el volante.

—No mames, el pendejo nos reventó una llanta.

—Voy a bajar a ver…

—No, no lo harás.

En ese momento, pongo el seguro de todas las puertas. Los vagabundos y malandros, que habían observado nuestro espectáculo en silencio, ahora caminan hacia nosotros. Estamos rodeados. Adrián toma el bate. Carolina se agacha y toma la 35. Carmela se acomoda su ushanka sobre los cabellos humedecidos. Ninguno pensó en defenderse; no podíamos hacer nada contra tantos.

—¿Quieren llamar a la policía?—pregunta  Carolina.

Los otros se posicionan firmemente en torno al carro. Y luego lo empiezan a empujar. Tardo un par de segundos en entender lo que ocurre.

—Nos van a aventar…igual que al policía, nos van a matar…

—No…

Giro el volante con todas mis fuerzas. Poco a poco, ellos nos incorporan de vuelta en el camino. En el brazo de uno de ellos, miro un tatuaje chiquito y desvaneciente. Es un dibujo de Júpiter, el planeta. Un escalofrío me recorre la espina. Ese mismo tipo se acerca a la ventanilla, golpetea el cristal con los nudillos. Bajo el vidrio.

—¿Saben lo que acaban de hacer? Morros…ese pinche cuico…era peor que un animal, una mierda de ser humano. Le hicieron un favor a la colonia.  Torturaba perros, se los llevaba a un taller por el Azteca y los quemaba con aceite, puras cosas de maldito.

—¿En serio?

—Yo fui el primero que lo descubrió. Pero él descubrió que lo descubrí. Cuando pensé en denunciarlo, municipales me visitaron de noche, me golpearon y me torturaron Y luego lo perdí todo, que no era mucho, pero era algo. Hay un buen lugar para deshacerse del cuerpo. Es más arriba por aquí, antes de llegar a las antenas.

Una de las mujeres que empuja el carro me mira, más allá de los ojos.

—Lo que buscan está por el cerro, antes de llegar a las cuevas, antes de la estación de radio.

—Gracias—dice Carmela.

Pasa el tiempo. Ignoramos cosas que debimos haber visto. Por ejemplo, que era una noche sin luna, y sin estrellas. Que había extraños fuegos en las esquinas del cerro. Que eran casi medianoche, y no se escuchaban ladrar los perros. Estamos en los límites de la terracería, el carro ya no puede seguir.

—Yo en la prepa me sentí bien asustada, wey—dice Carmela, acariciándose la garganta—. Cuando llegué, en primer semestre, todas las morras bien tetonas, bien culonas, con mucha experiencia sexual…me sentía fea, y vieja, aunque era de las más jóvenes. Ahí empecé con el porno. Mi educación sexual me la impartió una actriz en Pornhub. Yo le tenía miedo a cualquier persona. Me sentía intimidada por las que sabían hablar mejor, o por las que eran más sociales, o las que, simplemente con su existencia silenciosa, le caían bien a todo el mundo. No quería ser como ellas; quería ser ellas. Me odiaba, y me insultaba a mí misma de muchas maneras. Reprobaba exámenes, salía con pendejos, mentía, abandonaba. Me costó mucho empezar a aceptarme, Marco. A veces me dan ataques de pánico, y me da miedo pensar que no vaya a lograrlo. Yo existo como una extensión de mi miedo, Marco, como si mi miedo tuviera un cuerpo y yo fuera mis ojos, o mi boca, o mi vagina. Así me siento muchas veces.

—Morra, todos nos sentimos así. Está comprobado que la escuela, sobre todo la preparatoria, está basada en un modelo de competitividad. Todos nos sentimos amenazados, y superados o superables, todos tenemos miedo. Yo me sentí así hasta tercero, y fue mejor cuando te conocí a ti y a los morros. No a estos morros, si no, ya sabes, a la Quetzal, a la Mariana…me ayudaron a aceptarme, y me enseñaron a confiar en los otros. Hicieron más por mí en un semestre que mi familia durante toda mi vida. Y sé que saldrás de ese sentimiento horrible, Carmela. Lo bueno de estar creciendo es que todavía podemos olvidarnos a voluntad de ciertas cosas. Olvidarás esa parte de tu vida y la remplazarás con algo más bello.

—Sí, a veces siento cómo, adentro de mí, ya se está fabricando la nostalgia, Marco. Es como tener un chingo de mariposas en el pecho.

—No son mariposas, es el cigarro, pendeja—interrumpe Berenice.

—Sí, pero ese lo siento más en la garganta.

—Mariposas de Tabaco, buen nombre para una pintura—Bere saca su celular y anota la idea antes de que se desvanezca.

Ya no estábamos en ninguna colonia. Las calles se revolvían en una red laberíntica y semi-pavimentada. Daba la sensación de que estábamos atravesando un bucle de precariedad arquitectónica. Todas las casas, o al menos las pocas que había, eran iguales las unas a las otras, y estaban habitadas por nadie.

—Esto parece una exposición de arte moderno en el CECUT, morros—Señala Berenice.

—Pues eso les enseñan en la facultad a los pendejitos de Arte, Berenice, ¿qué otra cosa podrían crear sino es representaciones clasistas y falsamente críticas de un entorno en el que nunca se han parado?

—Nos enseñan más cosas, Carmela, no mames. No todos son blancos en ese lugar.

—¿Esa es la excusa que le pones a tu falta de talento, morra? Es natural que los arios hagan un mejor arte que el tuyo, no debe avergonzarte ser inferior.

Berenice le da una calada al cigarro, se lo quita de la boca y oprime la brasa contra el tatuaje de Carolina. El grito fue música para los oídos de todos los presentes.

En una de aquellas casas, había una extraña luz encendida. Un cuartito hecho de leña y cartón, adentro del cual sólo había un catre, una repisa con revistas porno y una televisión, en la que se veía un canal que había desaparecido de la señal local hacía años. Había puerta entreabierta al fondo de aquel cuartito.

—Vamos a ver si hay alguien y si sabe algo. ¿Qué podemos perder?

Carmela se queda con Berenice en el carro para cuidar al perrito y vigilar los alrededores. Carolina, Antonio, Adrián y yo nos encaminamos hacia el fondo, hacia la puerta entreabierta. Un fuego arde en un patiecito de tierra. Un perrito mira con tristeza hacia la copa de un árbol. Un hombre mayor ata una soga alrededor de la rama de ese árbol,

—jefe…eh, hola, ¿cómo se encuentra?

—No me encuentro. Él ya me encontró.

—¿Quién?

El hombre perfecciona un nudo, observa el cielo sin estrellas.

—El hombre que muerde.

Una vez más, nadie sabe cómo responder.

—Me encontró, me encontró…

Acerca un pequeño banquito junto a la rama del árbol.

—Y también los encontrará a ustedes…

Se ata el otro extremo de la soga en el cuello. Sube el banco.

—Y colgarán de un árbol.

El hombre avanza y queda colgado. Nadie sabe qué hacer. La primera en reaccionar es Carolina, ella corre hacia el hombre e intenta cargarlo. Adrián empieza a respirar fuertemente. Yo y Antonio corremos e intentamos ayudar a Carolina. El hombre, mediomuerto, levanta un brazo en dirección contraria a nosotros, señala algo, pero no volteamos. El hombre deja de respirar, pero su brazo permanece recto, apuntando hacia atrás. Entonces escuchamos el grito. El policía, con las muñecas ensangrentadas, sujeta a Guzmán. Tiemblo al pensar en Carmela y Berenice.

—Ahora sí, putitos, me van a tener que acompañar—dice, mientras nos apunta con el arma. Su voz suena inhumana, como de monstruo.

Carolina se posiciona tras el cadáver colgante y saca la 35. Yo me aparto lentamente hacia los lados, Antonio mira fijamente al oficial. Él baraja su mira entre los tres, y su dedo tiembla sobre la humedad del gatillo. Carolina pone la bala en la recámara. El tiempo se detiene, el viento frena.

Click. El perro despierta de su tristeza, arroja su mandíbula hacia la mano del oficial.

Disparo.

Un trozo de cabeza nos empapa con sangre y cerebro.

Click.

El policía cae de frente sobre el fuego del patio, gira, grita. Yo me abalanzo sobre él y le buscó las esposas en la fornitura. El cadáver, con los ojos colgándole por la herida de la bala, me sonríe. El policía mana sangre de la herida en el hombro. No morirá, o al menos no así. Guzmán cae el suelo, presa del pánico, y Carolina le da patadas al policía, en el pecho, en la cara, en las rodillas. Yo corro hacia el carro y mi corazón amenaza con salir a través de mi boca. Carmela está acostada sobre el tablero, con una mordida entre el pecho y el hombro; Berenice se retuerce, amarrada con soga en el asiento trasero.

—Carmela, Carmela, ey, ¿estás bien? Respóndeme, morra, por favor, respóndeme.

—No se murió, nomás se desmayó por el susto. Por favor, ¿me desamarras?

—Sí. Estás temblando, Berenice. ¿qué te hizo?

—Me tocó. Me tocó entre las piernas. Dijo que se acordaba de mí, y yo a él ya lo había mirado en el trabajo, en el Hong Kong…

—No mames.

—Él quiso contratarme una vez…le dije que no se podía y me intentó subir a su carro. Tengo miedo, Marco.

—No pasa nada, no pasa nada, ya no te hará daño, ¿okay?

—¿Lo mataste?

—No, todavía no…pero lo tenemos esposado, ya no se va a zafar.

—Mátalo.

Entre Guzmán y Andaluz traen cargando de vuelta al cerdo. Viene inconsciente por el dolor.

—No mames, wey, a este cabrón vamos a tener que tronarlo.

—Debe haber otra cosa, podemos hablar con él…

—No mames, Marco, intentó matarnos dos veces y dos veces lo amordazamos. ¿De verdad crees que el diálogo y la diplomacia están entre sus opciones?

Antonio tiene la 35 y le apunta y le está apuntando al policía. Este empieza a reinstalar su consciencia y abrir los ojos.

—No tienes que hacerlo tú, Marco. Para algo me pagas. Dime si quieres que lo mate, dime las palabras.

—Vamos a matarlo, pero será en las cuevas, para que nadie lo encuentre, o que al menos tarden en encontrarlo.

Carmela y Berenice parecen recuperadas. Antonio encuentra un neumático bajo el colchón del hombre muerto, y entre él y Carolina se lo ponen al carro. Es una llanta pequeñita e inadecuada, que apenas entra en el rin, pero servirá. Vendamos los ojos del cerdo y le hacemos varios nudos sobre las esposas. Los faros apenas escupen un poco de luz sobre la tierra, y subir las empinadas curvas del cerro es algo parecido a jugar una ruleta rusa. El camino se corta de repente, cae en abruptas depresiones, reaparece por el lado contrario, punteado por gigantescas piedras y extrañas criaturas que huyen de nosotros. El grupo elige el silencio. Los acontecimientos los han cambiado. Si no fuera quien soy, si no hiciera lo que hago, me habrían cambiado a mí también. Pero no me engaño. Todos tenemos un límite. Todos nos acabamos y nos vemos obligados a volvernos a empezar. Todos tocamos el fondo, y descubrimos que era una máscara, que el abismo era mucho más profundo. Todavía no he cambiado. Pero cambiaré.

Me detengo junto a un extraño monolito, alrededor del cual vuelan tres murciélagos. Antonio y Carolina abren la cajuela y bajan al policía. Continúa inconsciente.  Lo arrastramos hasta la entrada de una cueva crepuscular. Le quitamos la venda y descubrimos que ya ha despertado. En sus ojos no hay miedo, ni furia, sólo vacío. Ya ha aceptado que morirá. A mí me cuesta aceptarlo.

—Antonio, entonces, ¿tú lo haces?

—Sí.

—Okay, adelante.

Se acerca al cerdo y le quita la mordaza. Este escupe una abundante sangre y saliva. Mira las piedras, mira el cielo. Me mira.

—Ustedes son unos pendejos. ¿Piensan que si me matan aparecerán todos esos perros? No aparecerán. Esos perros ya no existen. Se los vendí a unos pinches satanistas. Ellos deben estar escribiendo sus nombres ahora mismo, con la sangre de esos mismos perros. Ellos deben estar echándoles encima una maldición bien culera y espantosa. Van a ver rostros en cada esquina. Van a escuchar voces que no salen de ninguna boca. Van a sentir escalofríos cuando abracen a quienes aman. No se reconocerán en ningún espejo. Están muertos.

El cerdo empieza sonríe. La sangre le oscurece los dientes. Ríe a carcajadas con los ojos desencajados. Mis ojos empiezan a humedecerse. La mano de Antonio tiembla, Carolina mira nerviosa a nuestro alrededor.

El silencio parece amplificarse. Caigo en cuenta de lo lejos que estamos del mundo. Las luces de la estación televisiva me sonríen desde arriba, y las nubes empiezan a brotar entre yo y el aire, entre el aire y la vida. Carmela ha despertado, y su primer impulso es tomar el telescopio y ponerse a mirar el cielo. Pero como en el cielo no hay nada, mira las cosas que están aquí.

—Bere…—Adrián empieza a reconocer lo que ocurre.

Unas sombras pequeñitas y rápidas se aglomeran a nuestro alrededor. Son siluetas que flotan y se desplazan de manera extraña, organizándose milimétricamente para después romper la formación.

—Carmela—las palabras salen difícilmente de mi boca—, ¿qué miras con el telescopio?

Yo me recosté sobre el asiento y me puse a ver el mundo. Estaba dado vuelta, invertido verticalmente. La noche desnuda, sin nada que enseñarme más que su propia oscuridad. Luego bajo la lente y me pongo a ver las cosas que siento cercanas. La cara estremecida de Marco mientras piensa si quiere matar a un hombre; Berenice disociada, lejos de nosotros; Carolina y Pessoa con ese gesto de frialdad propio de los pendejos y de los fascistas; y hubo un momento, un maravilloso pedacito de segundo, en el que pude ver mi reflejo, mi ojo engrandecido y proyectado sobre mí misma. Entonces llegó un manchón nebuloso que se movía. Era como ver la atmósfera de un planeta, y que bajo esa atmósfera se movieran músculos, piel, pelo. Era precioso, era ver morir y renacer las flores de algún jardín secreto, y observar la coreografía de sus pétalos acariciarse, poética geométrica, algo más allá de mí, algo que es más de lo que nunca he sido. Lo tengo frente a mí. Respiro su respiración.

Júpiter aparece en el telescopio.

Poco a poco, a la misma velocidad que mis ojos, entiendo que estas sombras de aquí son las jaurías. Entiendo, también, que el perro más grande, peludo y viejo, es Júpiter. Entiendo que Pessoa deja de apuntarle al policía y comienza a apuntarle al perro. Entonces el oficial entiende todo esto que yo acabo de entender, y se gira sobre el piso para mirar de frente.

—Mátenlo, maten al pinche perro y me olvido de ustedes. Maten a ese pinche asesino, y les prometo que nunca hablaré de nada de esto, ni de la patrulla, ni de su posesión de armas y drogas. Los olvidaré, los olvidaré, pero mátenlo, por favor.

Sus palabras se convierten en llanto. El pastor herido brinca del carro, camina hacia las sombras. El policía llora con fuerza.

Orgulloso, eterno, Júpiter camina hacia nosotros. No se le escuchan los pasos, es como si la tierra se moviera bajo sus pies mientras él permanece quieto, y todos flotamos hasta tenerlo de frente. Mercurio es ciego, sus ojos están cruzados por largas cicatrices. Me arrodillo y le acaricio la cara. Él busca mi mano.

—Él no necesita ver el mundo. Ha aprendido a mirar con todo su cuerpo.

La voz es la de un niño. Junto a las pequeñas sombras, se alzan otras más grandes.

—Jaime…—Guzmán reconoce al chico. Sonríe.

—Te extrañamos mucho, Guzmán.

Adrián corre, cruza el umbral de los faros encendidos, y abraza al nuevo líder de Los Ojos Invisibles. Pronto, los otros niños se acercan, y había por lo menos 100 de ellos. Se habían enfrascado en una lucha clandestina con una secta ocultista-fascista de la ciudad, a la cual pertenecían un montón de municipales deprimidos. Los perros que desaparecían o eran asesinados, eran parte de los rituales ejecutados por el culto.

—Los cabrones se mantienen de las mordidas que la policía le exige a la raza. Es una campaña financiada por el estado. ¿No es asqueroso? Por eso entrenamos a estos perros. Todos estaban heridos, o abandonados. Nos reconocimos en la mirada triste de estos perros, y nos levantamos contra lo que les estaba ocurriendo. Nos hiciste falta muchas veces, pero nos enseñaste a hacer bien las cosas, hermano. Llevábamos persiguiendo a este puto cerdo durante meses. Nos has ayudado y nunca podremos pagártelo.

—No hay nada que pagar. 

Los niños nos ofrecieron dinero a cambio de nuestro trabajo. Todos, con excepción de Carmela, aceptamos. Dijeron que se encargarían del cerdo. Mientras bajábamos el cerro, no escuché ningún disparo. Llegamos a la Michoacana del Azteca, y me estacioné en el mismo lugar de la mañana. Todos decidieron irse a casa en Uber, y yo descansé un momento recargado contra el Honda, fumando el último Camel de mi cajetilla. Carmela dormía en el asiento trasero. Frente a mí, un perro se peleaba con un vagabundo, por una pieza de virote duro.

Sólo entonces, Marco se animó a mirar de frente la noche. El cielo vacío. Ni rastro de lunas, o de estrellas. Tijuana había apagado sus brillos, como velitas en un cumpleaños. Marco recordó los peces de Rosarito, y pensó que aquello había sido una premonición, una advertencia para que dejara de mirar hacia arriba. Sacó su cigarro, saboreó el papel seco entre los labios, deslizó el dedo en el encendedor, y un cosquilleo de calor le viajó por la boca, la lengua, la garganta, los pulmones. Y por el corazón. Pensó en Carmela, que dormía en el asiento del carro, y soñaba con que se reconocía frente a un espejo. Pensó en Ganímedes, pensó que Ganímedes pensaría en él, y que ambos se encontrarían mutuamente en la nostalgia que sentían por el otro. Pensó en Júpiter, pensó en su sombra que los había rodeado como una pequeña noche crecida a su alrededor, como un viento de otro cielo, como un sueño extranjero. Pensó en el valor de aquellos niños, el valor que él nunca tendría.  El vapor del cigarro escaló hasta las nubes, y luego siguió escalando hasta fundirse con el frío de la estratósfera. Eventualmente, el humo cruzaría un océano de nebulosas e hipotéticas supernovas. Eventualmente, el humo se encontraría con el brillo de la última estrella que quedaba en el sistema solar. El humo del cigarro entraría sigilosamente en la órbita de Júpiter, y haría una danza gravitatoria a su alrededor. El humo comenzaría a sublimarse poco a poco mientras se volvía parte de la gran Mancha Roja, de la tormenta cósmica incrustada en todos los telescopios de la humanidad. El humo caería como plomo, como una llovizna mineral sobre el núcleo de Júpiter, y allí encontraría el momento, el delicioso éxtasis bioquímico, en que los tardígrados lo transformaran en fuego vivo.

Al menos olvidaré este momento, al menos el tiempo borrará sus rastros. Nada me pasará dos veces, ni volveré a ser quien soy ahorita. Todo se irá.

Y mil noches después de esa noche, una triste, solitaria, tibia estrella brotaría en el cielo de Tijuana.

Comentarios

  1. Lo leo con calma después y pongo un comentario que sirva de algo, xD. Empecé a leerlo sin ser consciente de que era largo. He desconectado en la parte donde se introducen a los "individuos inadaptados y altamente funables". No sé lo que significa funable. Y no está en la RAE. "Funable" en inglés veo que es algo así como divertirse con una persona con la que disfrutas; pasar el tiempo; palabra secreta para sexo. Lo siento, desconocer una palabra me saca del texto y ya no puedo volver hasta que la implemento. Voy a fustigarme y luego vuelvo.

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  2. Vale, perdón por repetir post: No me gusta Among Us. Más allá de ser una palabra específica de un videojuego, el significado real del término proviene de Chile. Funar significa “Efectuar un acto público de agravio y denuncia (una funa), contra una persona o entidad que ha cometido una mala acción o un crimen, usualmente frente a su domicilio o sede." Pues nada, ya puedo seguir. Disculpen el agravio. Mi siguiente comentario será sobre el relato, prometido.

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    1. no pasa nada! Entiendo que los localismos pueden suponer una barrera lingüística importante. He pensado en añadir notas al pie para las expresiones más difícilmente entendibles por la comunidad hispanohablante no mexicana o directamente no latina. Fuera de eso, muchísimas gracias por tomarte el tiempo de leer y comentarme, espero que te haya gustado el resto <3

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